Por si fuera poco, la elegancia escrita del poeta Javier Lostalé en sus palabras preliminares, las ilustraciones de Carmen Jiménez que cumplen también un rol tanto narrativo como visual para dar visibilidad al indiscutible protagonista de esta aventura poética, los gatos filósofos que fueron y serán. Si el mundo de los gatos representan la independencia por excelencia, irremediablemente, lo asociamos al pensamiento libro, al gusto de desentrañar las complejidades del día a día, es decir, un cerrar de puertas a la mediocridad que va avanzando poco a poco, una defensa apasionada y resistente a partir de la palabra meditada, distinguida y certera del poeta Acuyo. El marco también es inconfundible, el sumo cuidado de las ediciones Polibea, o como señala con mayor nitidez el poeta Lostalé: “Posar la vista en los versos de este nuevo poemario de Francisco Acuyo, acogido una vez más por ese huerto íntimo donde reinan la belleza, el pensamiento y la más secreta emoción que representa la editorial Polibea, es un gran festín para el espíritu, un banquete donde el lenguaje trasmina la mejor tradición poética española y extranjera, tanto moderna como clásica”.
Una docena de ilustraciones que conforman un relato poético en paralelo, con un trazo tan expresivo como nítido, con una perspectiva sobria, elegante en consonancia con los principios editoriales de la colección “el levitador”. Probablemente, el personaje principal, el gato Marramaquiz ocupa un segmento esencial, por sus pensamientos trascendentales, sus acercamientos a la naturaleza del ser la existencia y las categorías fundamentales de la realidad. Acuyo es un poeta que analiza la existencia de las cosas y también de qué manera lo hacen. Por tanto, la pregunta ¿quién ejerce de espejo, si el gato o el poeta? En cualquier caso, el reflejo de la luz y de lsa imágenes aportan también profundidad, juega con las inversiones de izquierda y derecha, más exactamente de delante con detrás, en ocasiones, como en el poemario Con súbita mudanza, se produce un efecto multiplicador tanto en lo formal como en el fondo, en lo ético y en lo estético que, nos empeñamos en discernir, cuando son conceptos que van de la mano y se colocan en el mismo plano. Los reflejos del universo poético y del universo felino encuentran en las ilustraciones de Carmen Jiménez, un refuerzo primordial capturando las posturas clásicas de los gatos, acaso ese enigmático ensimismamiento que se produce mirando al vacío, acechando desde un tejado, en la luna, o sobre unos libros, tal vez La Gatomaquia y El coloquio de los perros. La mirada de la diseñadora gráfica se convierte en diálogo con el poema de Acuyo, ironía, humor, misterios existenciales, en suma, el dibujo como puente que consolida la palabra. En gran medida, Con súbita mudanza se presenta con dos sonetos “Marramaquiz” y “Zapaquilda” para fijar método y nombres legendarios, mostrar que la impronta inicial del poema no es otra que la fascinación por ese animal extraordinario que se pierde en tiempos inmemoriales, pero de inmediato se inclina hacia una epistemología del conocimiento en la poesía que se vincula a otras disciplinas en forma y en contraste, de ahí que ahora aparezcan endecasílabos, eneasílabos, heptasílabos, alejandrinos en avalancha, ratificando el lado enigmático y libertario de los felinos, sus rasgos irónicos a la vez que establece una dialéctica sumamente simbólico y efectiva que muestra no al ser como creador filosófico sino al gato.
En la poesía grecorromano, encontramos la figura del felino, igual que perros, caballos, aves, como por ejemplo el epigrama de Agatías (siglo VI. d. C.) que lamenta la muerte de su perdiz devorada por un gato, exigiendo justicia contra el felino. Platón introduce el gato en una doble función conceptual y anecdótica. Percibimos ya símbolos de misterio, mística y refinamiento. El siglo de Oro se decantará por la sátira y humanización. La Gatomaquia no es sino un poema épico burlesco que parodia las epopeyas de Homero y Virgilio, aunque los héroes clásicos han devenido gatos madrileños. La edad moderna se centrará más en la perfecta fascinación que ejercen los gatos (Baudelaire, Rilke, Darío, Borges, Eliot, Neruda, Bukowski, Salvago, Acuyo), hasta el propio Cortázar nos dejó bien claro: “Yo no tengo gato. Soy del gato”. Precisamente, estaba con la lectura y reseña de este poemario Con súbita mudanza, cuando escucho un programa cultural denominado “La ciudad ilustrada" en Granada, (107.4 FM), un programa que coordina el propio poeta Francisco Acuyo, pero esta vez, no actúa como entrevistador habitual sino como entrevistado excepcional, para tratar del poemario, o si se quiera, para ofrecer un modo de entender el mundo, de dar forma a la vida y a la muerte, un quehacer que propone como poeta y sus circunstancias y con las aportaciones de una historia de gatos, con música de Louis Armstrong y Miles Davis como fondo. De nuevo, el esquema singular, innovador y potente del poeta que traspasa el umbral de lo puramente sentimental para bucear en las fuentes del conocimiento, la pasión y la técnica con “una lírica narrativa que crea personajes, los gatos esencialmente” como bien señala el periodista entrevistador, Juan Vellido. Añadiríamos que es una tarea que tiende a un lenguaje interdisciplinarmente humanista. Un humanismo solidario tan documentado como real y tangible. Esa fusión y confusión de poesía/filosofía es un rasgo determinante de su escritura, con el que me identifico, en la medida en que trato de teorizar lo poético y poetizar la realidad. Acuyo parece multiplicar las funcionalidades del folio en blanco, ciencia, filosofía, poesía, enigma y luz, fábula y reflexión, los desdoblamientos del felino y del poeta. Una escritura cercana al ámbito del ensayo poético, nos recuerda las aspiraciones del ser humano, el sentido, razón y significado de la vida, por supuesto de la poesía, el trascender el poema como aspecto puramente sentimental, como suceder con las nuevas modas que pululan de objetos de consumo nuestro espacio, sin denominarlas por su nombre exacto. ¡Ay! “¡Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas!”. A este respecto, recomendaría, el artículo de Eduardo Battaner titulado “El universo y la nada” que bien explora las relaciones entre poesía, ciencia y filosofía, reflexionando sobre la nada, el vacío y la información como elementos esenciales del universo y la creación literaria. También quiero destacar el artículo de Consuelo Aguayo Ruiz-Ruano, “Ciencia con conciencia” que analiza precisamente el poemario que nos ocupa, abordando igualmente, el diálogo entre ciencia, filosofía y ética así como la necesidad de una ciencia motivada y guiada por la conciencia moral.
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