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colaboración literaria

Hoy amaneció nublado, y ahora el sol sigue sin querer salir. Encuentro despojos de plegarias escritas en mi mente,
Y descubro que el pasado continúa acechando por momentos, y quizá el intentar olvidar no hace nada más que
Buscar un trozo de tiempo, blanco, redondo, indefinido.

De "Verdad y Método" (Ediciones Salamanca, 2012), de Gadamer, sale el presente palique (páginas 354-358)

¿Podemos decir que las obras literarias pueden adueñarse de las palabras "derecho científico"? Un conocimiento, sea poético o novelesco, físico o sociológico, es científico cuando es certero, es decir, cuando nos permite hacer algo siempre sin yerro.

De un modo sintomático, pudiera aceptarse que de la observación nace el dominio. Una forma de dominio que, a modo de relación implícita e inmediata, se establece de una manera dual o, lo que pretende ser lo mismo, en una doble dirección: de lo observado hacia el que observa, ya sea en razón de su belleza u originalidad, y del observador a lo observado como una relación implícita de posesión, de superioridad, sentido que suele manifestarse como algo común, no distinguido.

La ciencia ficción ha empezado a invadir los rincones de la cultura. Es un proceso que se ha gestado paulatinamente, que no debería sorprendernos pero al que tampoco deberíamos restarle importancia pues en más de una ocasión el género aludido estimula los resortes que sostienen nuestras ficciones contemporáneas.

El vulgacho, al oír la palabra “poesía”, imagina magias, inspiraciones y sensiblería, y al oír la palabra “filosofía” imagina vagabundeo intelectual, conjeturas cósmicas y teorías deformadoras. La poesía se ha convertido para mí, que la frecuento diariamente, en instrumento epistemológico, en vía intuitiva, y la filosofía en maquinaria de destrucción de ilusiones, quimeras y laxitudes conceptuales, y también en útil para movilizar lo estático, para silogizar.

No hay libertad absoluta, pero sí grados de libertad. El esclavo con gran imaginación literaria es más libre que el neoyorquino atado a la ambición monetaria. Poetizar lleva a la ataraxia, mas no el acumular riquezas que pueden ser robadas o maltratadas.

Hay, dice Kant, tres tipos de objeciones que todo buscador de verdades conocerá en su andar por el necio mundo, a saber: las dogmáticas, las escépticas y las críticas.

Impertinente, filosófico lector, sabed que el palique que lees quiere ser el andamio de una monografía, trabajo recto, duro e imparcial no idóneo para cabezas como la mía, tan dada a las diversiones poéticas, bagatelas históricas y husmeos biográficos. Los amedrentamientos de la academia donde calculo el ir y venir de la fama de los poetas y de sus libros me han movido a releer la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, quien de acuerdo a los juicios del perito don Marcelino Menéndez y Pelayo es juglar superior a muchos de los de España.

"Nada más frágil que la facultad humana de admitir la realidad, de aceptar sin reservas la imperiosa prerrogativa de lo real", ha escrito Clement Rosset(1). Pues bien, ¿qué decir cuando la realidad que se nos ofrece como verdadera es una realidad falsa, virtual, irreal?

Los elementos atmosféricos -el viento, la lluvia racheada- dotan a la noche de una naturaleza distinta a la suya propia. La hacen más dúctil, más inmediata, más sugeridora (Le otorgan una sustancia tan humanizada que es difícil no sentirse vinculado a lo que pudiera ser su sentimiento, tal vez su pensamiento) El que camina a través de una noche así percibe su propia realidad de un modo inexcusable, por lo que es fácil que surjan aquellos supuestos, aquel gesto -altivo, escrutador- que ha venido en conformar nuestra memoria.

La poesía, al ser leída sin avisos estéticos, sin método, sin educación artística, es convertida en hontanar de símbolos transformables y útiles (piezas) para cualquier menester. El patriotero, por ejemplo, halla en Whitman pretextos para cantar su país, para el racismo y el chauvinismo, y el nostálgico halla en Rimbaud pinturas para describir los infiernos mentales que padece.

Son las estaciones de la Naturaleza las responsables de mejorar y aún ordenar la vida del hombre. Es así como la primavera trata de rescatarle del frío, el verano de la lluvia, otoño del árido calor y el invierno de las lluvias más tristes.

FIRMA INVITADA

Por José Calvo Poyato, Doctor en Historia y autor de “El espía del Rey”.

El éxito de la novela histórica, que va mucho más allá de una moda temporal -propia de la primavera-verano y del otoño-invierno-, al no haber dejado de gozar del favor de un importante número de lectores desde que Walter Scott publicara Waverley en 1814, ha planteado el debate sobre si es posible aprender historia leyendo novelas históricas.

La melancolía había nacido ya, había llegado antes que él. De hecho, le esperaba a la sombra de un árbol antiguo y esbelto. Rostro de expresión serena; ¿un rictus de complacencia, de aceptación, de ironía en los labios? Sus ojos reflejaban el hábito de quien ejerce la reflexión como una forma de ser. Todo lo cual resultaba reconocible salvo su sexo, que era incierto.