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Las calicatas por la Santa Librada

03/02/2023@13:00:00
Quizá les extrañe el título, pero así fue; durante algunos años de mi vida la Biblioteca Nacional se convirtió en mi socorro y hasta en el aliviador cobijo contra mis estrecheces. Era entonces su director Luis Alberto de Cuenca, a quien debo —aunque él ahora ni lo recuerde— el carnet de investigador que renuevo de tanto en tanto y que en aquellos días resultó el visado imprescindible para ganarme el sustento.

Todavía recuerdo cuando, apenas comenzada El nombre de la rosa (1980), el novicio Adso se quedaba absorto ante la portada de la capilla de la abadía. En aquella sucesión de figuritas sobre las arquivoltas, rodeando a la divinidad de su tímpano, el jovenzuelo hallaba prefigurada minuciosamente la gloria a la que aspiraba su alma tras la muerte. Al reproducirnos estas ensoñaciones del frailecico, Umberto Eco deseaba transmitirnos la mentalidad dominante durante el Medievo, donde lo icónico se había impuesto arrasadoramente sobre la palabra escrita; circunstancia capital para entender la época. Y tal vez porque la había orillado en “La Edad Media ha comenzado ya”, primera de las ponencias recogidas en el tomo La nueva Edad Media (1974), le urgiese exponerla con el detenimiento con que se explaya en este singular pasaje novelesco.

Este año, que se va consumiendo poco a poco, ha sido pletórico en buenos y malos libros. En obras entretenidas y aburridas, alegres y tristes, originales y vacuas, y sobre todo en trabajos sobrevalorados y otros desdeñados. Algunas listas que circulan por ahí de grandes medios da vergüenza leerlas. Una lástima que algunos de los consagrados críticos de los grandes medios en papel prioricen los intereses de editoriales amigas que a la calidad. Como Don Quijote, intentaremos desfacer entuertos dando a los lectores una lista creada sin presiones por nuestros críticos.

"Las calicatas por la Santa Librada" es un relato desbordante sobre un extraordinario hecho real acaecido a comienzos de nuestra posguerra. La novela resultó finalista absoluta del XXIII Premio Azorín de novela.

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Como ya sabrán, la semana pasada se cumplieron veinte años de la muerte de Camilo José Cela. Y no quería sustraerme a la ocasión para recordarlo, pues le debo una máxima que siempre me ha regido: el novelista solo precisa de tiempo y memoria; el resto es accesorio, aunque haya que saber procurárselo. De otro modo —es decir, entre escaseces y estropicios— arduamente se puede transitar —y menos, contar renglón a renglón— las peripecias de un semejante, con sus insospechados apuros y logros. Porque una novela, a fin de cuentas, no es más que eso y no debe de tener mayor aspiración que el lector —como su escritor antes— compadezca en la alegría o en la desdicha al protagonista. A veces, si se acierta, puede hasta dar qué pensar, pero esa pretensión —o al menos en mi caso— no debe guiar el relato, porque persiguiendo tal empeño se puede perder por el camino lo netamente humano, verdadera cualidad que palpita en toda buena novela desde el Satiricón (s. I d. C.) hasta hoy, y ya ha llovido.

Entrevista al autor de "Las calicatas por la Santa Librada"

Han tenido que pasar veinte años para que la novela de Gastón Segura Las calicatas por la Santa Librada viese la luz. Dicha obra resultó finalista absoluta del Premio Azorín de 1998. Sin embargo, la editorial Planeta no la quiso publicar y el manuscrito dio vueltas por más de veinte editoriales españolas. Como es una novela excesiva y genial, no consiguió editarla hasta que Drácena Ediciones se atrevió.