Un griego del siglo de Pericles lo hubiera identificado sin vacilar. Ese carruaje solar no podía ser otro. El de Artemisa, tirado por sus ciervos dorados. Pero, en lugar de la diosa, aparecía un anciano barbudo y barrigón que tampoco podía ser el joven Faetón. ¿De quién se trataba? Naturalmente, de Papá Noel, tal como lo estaba viendo yo, adornando un escaparate. Con otro mensaje, bastante más espurio. No traía la bendición del sol, sino una montaña de paquetes con el sello de su franquicia.