El poema "Casida de la mano imposible" de Federico García Lorca expresa el anhelo del yo poético por una mano amiga que lo acompañe en la vida y en la muerte. A través de imágenes simbólicas, se refleja la búsqueda de conexión y consuelo ante la fugacidad de la existencia. Casida de la mano imposible
Yo no quiero más que una mano, Sería un pálido lirio de cal, 5 Yo no quiero más que esa mano Lo demás todo pasa. mientras las hojas huyen en bandadas. Federico García Lorca: Diván del Tamarit.Barcelona, Editorial Lumen, 2010.
Poema este del todo irregular desde el punto de vista métrico, dividido en cuatro agrupamientos estróficos de versos anisosilábicos. El primero está compuesto por dos eneasílabos (versos 1 y 3) y dos decasílabos (versos 2 y 4); y riman en asonante /á-o/ el primero con el tercero, ya que se repite la palabra “mano” a final de ambos versos (y no parece que el poeta “busque” la rima consonante /áno/, pues no se mezclan asonancia y consonancia en el mismo poema). La versos 2 y 4 permanecen sueltos. El segundo agrupamiento estrófico está constituido por un endecasílabo dactílico corto (verso 5, con acentos en las sílabas 2.ª, 4.ª, 7.ª y 10.ª), un hexadecasílabo -u octonario- (verso 6, en el que la cesura impide la sinalefa [7//9]), y dos versos tridecasílabos (el verso 7 [5//8] y el verso 8 [7//6]). Estos cuatro versos carecen de rima. El tercer agrupamiento estrófico está formado por dos eneasílabos (versos 9 y 11, que son idénticos), un vigintasílabo (verso 10 [8/12]), y un endecasílabo sáfico corto (con acentos en las sílabas 4.ª, 6.ª y 10.ª). Y otra vez se repiten los versos 1 y 3 (los eneasílabos 9 y 11), por lo que la palabra “mano”, a final de verso, rima consigo misma y mantiene la asonancia /á-o/; los otros dos versos (10 y 12) quedan sueltos. El cuarto agrupamiento estrófico puede ser considerado como un cuarteto lira, y está compuesto por un heptasílabo (verso 13), seguido de tres endecasílabos: un endecasílabo heroico corto, al haber eliminado la sinalefa ante la contundencia de la pausa interna (verso 14, con acentos en las sílabas 2.ª, 4.ª, 6.ª, 7.ª -antirrítmico- y 10.ª), un endecasílabo sáfico largo (verso 15, en el que también se ha suprimido la sinalefa, con acentos en las sílabas 3.ª -antirrítmico-, 4.ª, 6.ª, 8.ª y 10.ª), y un endecasílabo sáfico corto (verso 16, con acentos en las sílabas 4.ª, 6.ª y 10.ª). Los versos 13 y 16 riman en asonante /á-a/, y aun cuando los dos restantes carecen de rima, el verso 14 repite la asonancia /é-o/ del verso 4. y el verso 15 la asonancia /í-e/ del verso 2, lo que no tiene la menor trascendencia rítmica. Estamos, pues, ante una “perfecta asimetría”, y sería, en todo caso, la alternancia en la longitud de los versos (estrofas primera y cuarta por un lado, y segunda y tercera por otro), lo que crearía un cierto ritmo musical, al que contribuyen las reiteraciones anafóricas de los versos 5 (“Sería un pálido lirio...”), 6 (“Sería una paloma amarrada...”) y 7 (“Sería el guardián que en la noche...”), y también de los versos 13 y 15 (“Lo demás…”), así como la reiteración léxica múltiple “Yo no quiero más que esa mano” (versos 1, 3 -en la estrofa primera-, y 9, 11 -en la estrofa tercera-). El poema arranca con un verso que se va a repetir hasta cuatro veces: “Yo no quiero más que una mano” (versos 1, 3, 9 y 11). En esta oración el “yo poético” aparece enfatizando su presencia a través del pronombre personal “yo”; y a la vez se emplea la construcción “no […] más que”, cuyo valor sintáctico es equivalente a “nada más/solamente”, por lo que el sentido de la oración deja de ser negativo para convertirse en una afirmación más enérgica, e incluso excluyente: “Yo nada más/solamente quiero una mano”; una “mano” que le sirva de auxilio y socorro, una mano le acompañe en el día a día (verso 10: “para los diarios aceites”), pero también en el momento de la agonía (verso 10: “y la sábana blanca de mi agonía” -la “sabana blanca” es la referencia metafórica al sudario con que se amortajará su cuerpo-) y de la posterior defunción (verso 7: “sería el guardián en la noche de mi tránsito”; una mano que simbolizaría la del ángel de la muerte -Ezrael- y que, a modo de picopompo, lo traquilizara anímicamente en ese estado de transición entre la vida y la muerte, y cuando el ánima abandona el cuerpo). Y una “mano-guardián” que “prohibiera en absoluto la entrada a la luna” (verso 8, que hay que interpretar en el sentido de que de ningún modo -“en absoluto”- impidiera la entrada, en el recinto mortuorio, de la luna -con el reflejo de su luz- que, a fin de cuentas, es símbolo de la muerte). En definitiva, el yo poético aspira a que una mano amiga esté a su lado a lo largo de la vida y sea inseparable en el instante de su muerte (verso 12: “para tener un ala de mi muerte”). La presencia de la “luna” -en el verso 8- hace, pues, más redundante la idea de la muerte: es esa “noche de mi tránsito” -verso 7- que, por alusión a la nocturnidad, adquiere el adecuado tono lúgubre.
En la segunda estrofa, el poeta emplea una serie anafórica empleando el verbo en condicional (“Sería...”) para describir el papel que estaría llamado a desempeñar esa mano amiga, convertida metafóricamente en “lirio de cal” (verso 5), “paloma” (verso 6) y “guardián” (verso 7). El lirio y la cal tienen en común el color blanco, y así se simboliza, de forma redundante, el amor puro y bienintencionado (verso 5: “Sería un pálido lirio de cal”; el adjetivo “pálido” adquiere el significado de “blanquecino”, por lo que se insiste en el concepto de inocencia”. La paloma es el símbolo de la paz, en el ámbito espiritual, pero también, en el ámbito pagano, del erotismo -por referencia Venus, la diosa griega de la belleza, que siempre se hacía acompañar de una paloma posada en su mano-; por lo tanto, el poeta busca esa mano amiga que le acompañaría espiritual y corporalmente (verso 6: “sería una paloma amarrada a mi corazón”; la contundencia significativa del verbo “amarrar” -como sinónimo de “encadenar”-, y el hecho de que “lo amarrado” por medio de esa mano fuera el corazón del poeta, intensifica la expresividad de la imagen). Y en cuanto al “guardián […] del tránsito”, es una clara referencia al “ángel custodio” que conforta al moribundo para que sobrelleve con serenidad el amargo trance de la muerte; es lo que el poeta buscaría en ese mano, dispuesta a tenerla cogida a la suya cuando a él le llegara la última hora, pues habla expresamente de “mi tránsito”; y acompañado, a su vez, por la luz de la luna, que completa un cuadro lúgubre en noche serena (versos 7-8: “sería el guardián que en la noche de mi tránsito / La tercera estrofa es un insistente desarrollo de las ideas vertidas, en parte, en la segunda, y con la peculiaridad de que el verso 10 alcanza las 20 sílabas: “[…] esa mano / para los diarios aceites y la sábana blanca de mi agonía”. Aspira el poeta, pues, a encontrar esa mano amigable en la vida cotidiana y mantenerla hasta la “última hora”, convertida en mano celestial, de ángel custodio (es esa “ala” mencionada en el verso 12: “para tener un ala de mi muerte”. La última estrofa está transida de patetismo: el tiempo transcurre inmisericorde (verso 13: “Lo demás todo pasa”); la fugacidad de la vida es un hecho irremediable (verso 16: “mientras las hojas huyen en bandadas”); y esa mano amiga no acaba de surgir (verso 15: “Rubor sin nombre ya, astro perpetuo”); y un ambiente de melancolía rodea el entorno afectivo del poeta (verso 14: “Lo demás es lo otro; viento triste”), condenado a unan frustración permanente, al no encontrar el compañero -esa “mano salvífica y, en cierto modo, taumatúrgica”- junto al que desarrollar toda su identidad personal. Versión musical. Carlos Cano. https://www.youtube.com/watch?v=iGoy5kwS5L En esta misma revista digital hemos publicado el comentario de tres casidas. El 13 de marzo de 2026, la "Casida de la mujer tendida"; y el 14 de noviembre de 2025, la "Casida del llanto" y la "Casida de los ramos". A ambos comentarios se accede en los siguietes enlaces: 13/03/2026.
14-11-2025.
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