Una nueva y documentada obra sobre el Medioevo de la editorial Desperta Ferro, original y esencial, que nos aproxima a los pueblos germanos (anglos, jutos y sajones) que invadieron la gran isla británica, viniendo desde el continente europeo, tras la presión que sobre Germánia realizaban otros pueblos, que provenían de las Estepas del Asia Central. El Imperio romano estaba en la máxima amplitud territorial en el final del siglo III d. C., ya que abarcaba desde el Atlántico y las Columnas de Hércules o el Finisterre hasta las tierras orientales del desierto de Arabia, todo ello envuelto por el Mediterráneo, que la soberbia romana denominó como Mare Nostrum. Tan dilatado territorio necesitaba una mejor administración, y para ello el SPQR/Senatus Populusque Romanus dividió su imperio en una parte occidental que abarcaba Italia, Hispania, la Galia Comata y Narbonense y la Britania, con capitales en Roma, Rávena y Milán/Mediolanum; y la parte oriental que comprendía los Balcanes, Grecia, Palestina y Egipto, cuya capital sería a la mayor gloria del Emperador Constantino I “el Grande” bautizada como Constantinopla. Por supuesto, que entonces ya existían dos emperadores gobernando dos imperios separados, que estaban defendidos por dos cuerpos legionarios bien diferenciados. Se estima que el desmoronamiento de esta estructura, que parecía tan asentada, tuvo como factor desencadenante la aparición de un pueblo sumamente belicoso, y que pretendía establecerse en las tierras del SPQR occidental. Existían, asimismo, otros pueblos que por esa presión fortísima de los hunos se vieron obligados, hacia el año 376 d. C., a intentar cruzar el limes del río Danubio y penetrar en las tierras romanas de la zona, me estoy refiriendo a los godos, unos visigodos u occidentales y otros ostrogodos u orientales. No obstante, esos comportamientos tan disimiles entre romanos y godos, conllevó que las relaciones entre los refugiados godos y los civilizados-romanos se enturbiasen, por lo que los godos-tervingios comandados por su caudillo Fritigerno se enfrentaron a las legiones romanas del Emperador Flavio Julio Valente (328-378) en la batalla de Adrianópolis/Proelium Hadrianopolitanum, actual ciudad turca de Edirne; en dicha batalla los romanos fueron aplastados y aniquilados, con el propio emperador muerto en el combate. Esta hecatombe militar junto a Trasimeno, Cannas, Teutoburgo, Carrhas sería una de las grandes derrotas de Roma, a lo largo de su dilatada historia. “Esta catástrofe en el este acarreó unas consecuencias inmediatas para occidente. Es probable que algunas tropas fueran enviadas a oriente para compensar las pérdidas en Adrianópolis, pero resultó aún más importante la decisión de reubicar la capital occidental. Durante el siglo anterior, la mitad occidental del imperio había sido gobernada desde la ciudad de Tréveris (actual Trier), en la actual Alemania y entonces en la provincia romana de la Galia. No obstante, en el 381, el emperador Graciano, probablemente debido a la crisis en los Balcanes, abandonó Tréveris y trasladó su corte a Milán. Una mala noticia para la Galia, ya que la presencia del emperador era una fuente de patrocinio para las élites locales y un importante respaldo para la economía regional”. La isla británica sufrió una enormidad por este hecho, ya que estaba muy imbricada en la evolución política y económica del SPQR, y porque desde Britania se enviaban grandes cantidades de cereales para alimentar a las legiones-continentales de Roma, en la frontera del río Rin. Por consiguiente, en el año 383 d.C., los soldados romanos de Britania se levantaron en armas y decidieron colocar a su cónsul como nuevo emperador romano de Occidente, se llamaba Magno Máximo; cruzando el Paso de Calais se enfrentó a Graciano, lo derrotó de forma aplastante, lo asesinó y volvió a restablecer como sede imperial a Tréveris. Pero, en el año 388 d. C., Magno Máximo sería derrotado y muerto por el hispano de Coca, quien venía desde el trono de Bizancio, se llamaba Teodosio “el Grande”, y sería, nuevamente un hispano, otro de los grandes emperadores de Roma. «A comienzos del siglo V de nuestra era, un acosado y exhausto Imperio romano abandonó Britania a su suerte, y la isla se precipitó en el caos y la ruina, asaltada por invasores venidos del otro lado del mar que se establecieron como nuevos amos. Estas bandas guerreras y emigrantes de raigambre germánica acabarían fundiéndose, con el devenir del tiempo, en los anglosajones. Esta obra narra la turbulenta historia de este pueblo a lo largo de los seis siglos siguientes, desde su arribada a las playas britanas a su ocaso tras la batalla de Hastings, desde las incesantes pugnas de reyes ‘dadores de anillos’ que competían por la gloria hasta la embestida de los vikingos, que casi los aniquiló. Explora cómo anglos y sajones abandonaron a sus viejos dioses por el dios cristiano, cómo pasaron de cantar a los ‘matadores de dragones’ en Beowulf a fundar cientos de iglesias, cómo trazaron el renacimiento de las ciudades y el comercio, y diseñaron los orígenes del familiar paisaje inglés de condados y burgos. Una historia que Marc Morris, reputado medievalista, recorre de manera original, a partir de las vidas y trayectorias tanto de figuras conocidas -monarcas como Offa, Alfredo el Grande o Eduardo el Confesor- como de personajes más oscuros, pero no menos importantes: reinas ambiciosas, santos revolucionarios, monjes intolerantes o nobles codiciosos. De esta manera, Anglosajones proporciona un rico y plural relato de una época todavía envuelta en brumas, que consigue separar la historia de la leyenda, para contar cómo surgió una nueva sociedad, una nueva cultura y un pueblo. Para contar, en definitiva, el nacimiento de la primera Inglaterra, ‘la tierra de los anglos’». En el año 395 d. C., Teodosio pasaría a mejor vida, y obviamente dividió el imperio entre ambos hijos: Arcadio para el territorio de Oriente, tenía diecisiete años, y el menor Honorio, de solo diez años, para el territorio de Occidente. “Las disputas por el trono se sucedieron, al igual que las guerras civiles entre facciones, mientras que la amenaza de los bárbaros seguía agravándose: en los años 401 y 402, los godos invadieron la propia Italia”. Un historiador y cronista llamado Gildas en su obra ‘Sobre la ruina y conquista de Britania’, escribe epistolarmente a los gobernantes britanos de su época, sobre lo que deberían haber hecho y no hicieron, provocando la ruina británica. Realiza un ejemplo paradigmático sobre el notable Muro del Emperador Adriano, que se construyó para defenderse de los pictos irredentos, estos valerosos confederados celtas que habitaban en el norte y el centro de Escocia, y que se pintaban el cuerpo de tonos azules para la batalla. Con este análisis, que deseo sea prístino, es para recomendar este libro de calidad. ¡Excelente obra! «Iustitia est unicuique dare quod suum est. ET. Quod omnes tangit ab omnibus approbari debet».
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