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Antonio Machado
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Antonio Machado

Las viejas de Castilla

El Diario de Burgos de fecha 20 de marzo de 2023 ofrecía una amplia información, a cargo de Rodríguez Pérez Barredo, acerca de la aparición en el “Fondo Zugazaga” (José María Zugazaga Marina fue secretario de Manuel Machado, hermano de Antonio), depositado en la Institución Fernán González, con sede en Burgos,, de un breve poema inédito de Antonio Machado, localizado por su director, René Jesús Payo. El poema está escrito en una cuartilla, en versos alejandrinos, y lleva por título “-Las viejas de Castilla-”.

Manuscrito de las viejas
Manuscrito de las viejas

La atribución de este poema a Antonio Machado se justifica por el membrete del papel –ya casi amarillento, por el paso del tiempo–: “El catedrático de Lengua Francesa del Instituto de Soria”; por la propia caligrafía perfectamente reconocible del autor; y, en especial, por el contenido del poema y por la forma de expresión lingüística y estilística.

Podríamos especular con la idea de que el poema pudiera haber sido pensado para incorporarse a Campos de Castilla, pero que el poeta terminó desechándolo, por las razones que fueren. Pero lo que sí que nos parece claro es que estamos ante un poema inconcluso, porque el título “-Las viejas de Castilla-” no se corresponde con su contenido. Quizá haya pensado en aquellas “gentes” a las que se referirá al final en el poema IX de “Campos de Soria” (y en cuyos poemas I, II y III el poeta describe el paisaje de los campos de Soria en primavera): “¡Gentes del alto llano numantino / que a Dios guardáis como cristianas viejas, / que el sol de España os llene / de alegría, de luz y de riqueza!”.

Empecemos por transcribir el poema, que consta de 16 versos, dos de los cuales –que reproducimos en cursiva y entre corchetes– están tachados:

-Las viejas de Castilla-

Un día cabalgaba por la ancha carretera

que va de Soria a Burgos, mediada primavera,

por estos altos llanos la primavera tarda

a abrir sus manos rosas sobre la tierra parda.

Y ya es abril mediado cuando el verdor renace,

donde los potros juegan, donde la oveja pace,

[el pescador furtivo apresta sus reteles

y tienen las abejas donde libar sus mieles]

cuando de blancas flores se cuajan los ciruelos

y la cigüeña madre enseña a los hijuelos

a usar las alas torpes, y al comenzar de mayo,

es blanca todavía la espalda del Moncayo.

Y al hombre que trabaja el pegujal tardío

castiga la ventisca y azota el cierzo frío.

Mas sol y azul... Prefiero los yermos de Castilla

a las floridas vegas de Córdoba o Sevilla.

Antonio Machado ha recurrido al verso alejandrino, que es relativamente frecuente en poemas más o menos amplios de Campos de Castilla, y que emplea con gran maestría. Un alejandrino es precisamente el verso “Estos días azules y este sol de la infancia...”, tal vez último que compuso, escrito en un pedazo de papel arrugado que encontró su hermano José, metido en un bolsillo de un abrigo gastado, pocos días después de la muerte del poeta.

Suprimidos los dos versos tachados por el propio poeta, quedarían catorce alejandrinos que, obviamente, no constituyen un soneto, sino una agrupación de pareados monorrimos (mejor que llamarlos “dísticos”), con diferentes rimas consonantes bastante contundentes en cuanto a sonoridad, según el siguiente esquema: A/A, B/B, C/C, D/D…; una combinación que, por otra parte, no es inusual en Antonio Machado, pues la emplea, por ejemplo, en un fragmento del poema “La mujer manchega”, incluido en Campos de Castilla; escrito en alejandrinos, y que comienza con estos pareados: “Por esta Mancha –polvo, viñedos y molinos– / que so el igual del cielo iguala sus caminos, / de cepas arrugadas sobre el tostado suelo / y mustios pastos como raído terciopelo;” [...]; es decir: A/A, B/B…; y también en el poema “Al maestro Azorín por su obra Castilla” –de Campos de Castilla–, que consta de 32 versos alejandrinos distribuidos en 16 pareados con rimas consonantes. Y lo que está fuera de toda duda es que Machado domina el arte de la versificación, con independencia del metro elegido y del tipo de combinación estrófica o estructura poemática empleada.

Pero volvamos al poema. Una grata musicalidad lo recorre de arriba abajo, que responde fundamentalmente –pero no en exclusiva– a factores de timbre. A la consonancia monorrima de los pareados se unen alguna que otra aliteración y asonancias internas en varios versos. Tal es el caso, por ejemplo, de los versos 1-2, en los que la aliteración del fonema vocálico /a/, de gran perceptibilidad acústica, sugiere la amplitud de la carretera que une Soria con Burgos: “Un día cabalgaba por la ancha carretera / que va de Soria a Burgos, mediada primavera”; o de las muchas asonancias internas repartidas por todo el poema: “por estos altos llanos primavera tarda” (verso 3, una asonancia /á-o/ que se prolonga al verso siguiente: “manos rosas”); “Y ya es abril madiado cuando el verdor renace” (verso 5, asonancia /á-o/), “donde los potros juegan, donde la oveja pace” (verso 6, asonancia /é-a/), “cuando de blancas flores se cuajan los ciruelos” (verso 7, asonancia /á-a/), “y la cigüeña madre enseña a los hijuelos” (verso 8, asonancia /é-a/), “a usar las alas torpes, y al comenzar de mayo” (verso 9, asonancia /á/ en formas verbales agudas), “es blanca todavía la espalda del Moncayo” (verso 10, asonancia /á-a/), “castiga la ventisca y azota el cierzo frío” (verso 12, asonancia /í-a/), “Mas sol y azul... Prefiero los yermos de Castilla” (verso 13, asonancia /é-o/), “a las floridas vegas de Córdoba o Sevilla” (verso 14, asonancia /í-a/). Hay que tener presente, además, la importancia de la acentuación en los dos hemistiquios de cada alejandrino, que la cesura marca a la perfección y que aporta un ritmo pausado que contribuye a la eufonía del poema, y al que no es ajeno, en ocasiones, el paralelismo estructurado en secuencias, ya trimembres, ya bimembres: “donde [A1] los potros [B1] juegan [C1], // donde [A2] la oveja [B2] pace, [C2]” (verso 6); “Y al hombre que trabaja // el pegujal tardío // castiga [A1] la ventisca [B1] // y azota [A2] el cierzo (frío) [B2]” (versos 11-12).

Y a todo ello hay que sumar la simplicidad sintáctica del texto, muy en la línea machadiana de rehuir la ampulosidad retórica. Las oraciones fluyen sin complejos enlaces subordinativos, unidas fundamentalmente por la conjunción copulativa “y”, que aporta la idea de adición a la hora de describir un paisaje primaveral tardío en las sierras sorianas: “A+B+C+D... +N elementos”. Por lo demás, al encabalgamiento oracional de los versos 1-2, introducido por el relativo “que”, cuyo antecedente es “carretera” (“la ancha carretera / que va de Soria a Burgos”) se añade el empleo del adverbio relativo de lugar “donde” introduciendo oraciones subordinadas, si bien este uso es arcaico, al llevar antecedente temporal (hoy, si la sintaxis de la oración lo permite, es preferible reemplazar en este caso “donde” por “cuando”): “Y ya es abril mediado cuando el verdor renace, / donde los potros juegan, donde la oveja pace, / cuando de blancas flores se cuajan los ciruelos [...]” (versos 5-7). En cualquier caso, Machado ha preferido evitar la reiteración de “cuando” hasta cuatro veces, combinando sabiamente “cuando.../donde.../donde.../cuando...”. Y al llegar al verso 13, introduce la conjunción adversativa “mas” –en uso literario y arcaizante– para establecer el oportuno contraste entre los yermos castellanos, por él preferidos, y las floridas vegas cordobesas y sevillanas (versos 13-14: “Mas sol y azul... Prefiero los yermos de Castilla / a las floridas vegas de Córdoba o Sevilla”). Adviértase, además, el valor evocador de los puntos suspensivos (“Mas sol y azul...”, frase en la que el vocablo “azul” tiene el significado poético de “cielo”). Esta sintaxis tan sencilla facilita la comunicación autor-lector, pese al carácter arcaizante de ciertas construcciones que sirven para elevar la calidad estética del poema.

Antonio Machado conoce bien “la ancha carretera / que va de Soria a Burgos” (versos 1-2). A ella alude en el poema “Al maestro Azorín por su libro Castilla”, al reparar en la venta Cidones; un poema muy cercano a la prosa lírica de Azorín y a la minuciosidad descriptiva de la que hace gala el autor alicantino en tantas páginas de Castilla. Y a partir del verso 2, inicia Antonio Machado una de sus emocionadas evocaciones de la primavera, frecuente en tantos otros poemas de Campos de Castilla. Cuando el poeta escribe “[...] mediada primavera, / por estos altos llanos la primavera tarda” (versos 2-3), está haciendo una clara referencia al “retraso” con que el tiempo primaveral llega a las tierras sorianas (por cierto, distingue bien el paso del tiempo, aunque el periodo sea breve: “mediada primavera” –verso 2–, “abril mediado” –verso 5–, “al comenzar de mayo” –verso 9–). Encontramos, además, una perfecta ambientación del marco geográfico: “[...] y al comenzar de mayo, / es blanca todavía la espalda del Moncayo” (versos 9-10, que contienen un leve hipérbaton); con la naturaleza reviviendo: “[...] el verdor renace” (verso 5), “[…] de blancas flores se cuajan los ciruelos” (verso 7, que incluye otro suave hipérbaton); con los animales dedicados a las funciones que les son propias: “donde los potros juegan, donde la oveja pace” (verso 6), “y la cigüeña madre enseña a los hijuelos / a usar las alas torpes [...] (versos 8-9); y con los duros trabajos campesinos en una climatología adversa: “Y al hombre que trabaja el pegujal tardío / castiga la ventisca y azota el cierzo frío” (versos 11-12, montados sobre un fuerte hiperbaton que potencia su perfecta andadura rítmica). Puede llamar la atención, quizá, el empleo del vocablo “pegujal” en el verso 11 “[...] el pegujal tardío” [pegujal: ‘pequeña porción de terreno inculto que se siembra por su dueño o que este cede en arrendamiento para que otro lo trabaje y explote’].

Doce adjetivos emplea Machado en el poema. En algunos casos, la anteposición (“ancha carretera”, verso 1; “mediada primavera”, verso 2) o la posposición (“tierra parda”, verso 4; “pegujal tardío”, verso 11; “cierzo frío”, verso 12) viene pedida por exigencias de la rima consonante; en otros casos, y siempre dentro del primer hemistiquio del alejandrino, la anteposición (“altos llanos”, verso 3; “blancas flores”, verso 7; “floridas vegas”, verso 14) o la posposición (“manos rosas”, verso 4; “abril mediado”, verso 5; “alas torpes”, verso 9) puede deberse a una mera cuestión eufónica en la rítmica de los versos. Y hay un único caso en el que figura un adjetivo conexo y no adjunto al nombre: “es blanca todavía la espalda del Moncayo” (verso 10, montado sobre un hipérbaton, en el que el adjetivo tiene un valor atributivo, equivalente a “blanca espalda”). Por lo demás, la adjetivación aporta al poema un matiz cromático indudable: “manos rosas” (verso 4), “tierra parda” (verso 4), “el verdor” (verso 5, con la sustantivación del adjetivo), “blancas flores” (verso 7), “blanca espalda la del Moncayo (verso 10), “floridas vegas” (verso 14); cromatismo que de manera indirecta complementan algunos sustantivos, como “oveja” (verso 6), “cigüeña” (verso 8), “pegujal” (verso 11).

Hay en el poema ciertas reiteraciones léxicas (verso 2: “mediada primavera”/verso 5: “abril mediado”; verso 2: “mediada primavera”/verso 3 “primavera tarda”; verso 7: “blancas flores”/verso 10: “blanca todavía la espalda del Moncayo”) que no estimamos que confieran al poema monotonía por falta de variedad léxica; más bien creemos que resultan “necesarias” a los contextos en que figuran, tanto por el lugar que ocupan como por los valores semánticos denotativos y connotativos que aportan.

Nos queda ahora hacer referencia a los dos versos tachados por Antonio Machado: “el pescador furtivo apresta sus reteles / y tienen las abejas donde libar sus mieles”. El poeta hace referencia a la pesca de cangrejos de río con retel, fuera de la época autorizada, y de ahí que califique al pescador con el adjetivo “furtivo”, en una sinécdoque de singular por plural; y sin mencionar ninguna flor concreta, presenta a las abejas sorbiendo suavemente el jugo para convertir su néctar en miel, proceso que expresa con este singular verso: “y tienen las abejas donde libar sus mieles”. El pareado presenta la rima consonante /-éles/ (“reteles/“mieles”). Y el esquema rítmico de ambos versos facilita un ritmo muy marcado: “el pescador furtivo// apresta sus reteles” (acentos en las sílabas 4 -en palabra aguda-, 6 // 8 y 13); “y tienen las abejas donde libar sus mieles” (acentos en las sílabas 2, 6 // 11 -en palabra aguda- y 13). En el primero de los versos apreciamos una leve aliteración del fonema /t/ (“furtivo/apresta/reteles”), e incluso de los fonema /s/ (“apresta sus reteles”) y /p/ (“pescador/apresta”). Y en el segundo de los alejandrinos destaca la asonancia interna /é-e/ entre la primera y la última palabra del verso (“tienen/mieles”), así como una leve aliteración del fonema /b/ con sonido fricativo (“abejas/libar”). De incorporarse, pues, este pareado al poema, no se rompería ni el ritmo sostenido ni la suave musicalidad que caracteriza al conjunto, ni desentonaría con su contenido “primaveral”, algo nostálgico.

[…] y al comenzar de mayo, es blanca todavía la espalda del Moncayo. (Antonio Machado)
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[…] y al comenzar de mayo, es blanca todavía la espalda del Moncayo. (Antonio Machado)
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