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"La España de los Reyes Católicos", de Miguel Ángel Ladero Quesada

Alianza Editorial. 2018
viernes 20 de marzo de 2026, 22:21h
La España de los Reyes Católicos
La España de los Reyes Católicos

Estamos ante una de las obras más importantes sobre los Reyes Católicos, y concretamente en su segunda reimpresión. En la época de los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y de León y Fernando V de León y de Castilla y II de Aragón, no se encuentran cambios importantes o superlativos en la organización de la sociedad. Las mutaciones sociales se vinculaban, directamente, al poder de Dios Todopoderoso.

No existía, por lo tanto, ningún tipo de visión evolutiva o dialéctica de la sociedad, aunque se percibían las diferencias económicas, las tensiones entre grupos, las injusticias funcionales, pero, en su conjunto, prevalecía una imagen estática de la sociedad, basada en el respeto a la posición y el derecho de cada grupo, en el reconocimiento de unas jerarquías -de diversas calidades- en cuya cima estaba la nobleza, y arraigada, igualmente, en la convicción de una común ciudadanía religiosa, que permitía relativizar y restar importancia a otros aspectos de la realidad social, pero que impedía, también, la plena entrada en el cuerpo social de los grupos no cristianos”.

Pero, esto no es una estructura que se pueda generalizar, ya que la Baja Edad Media presenta una importante cantidad de tensiones sociales, porque la burguesía tiene ya poder bastante como para defenderse y reivindicar sus derechos. Existen varias causas para todo ello, desde la superación de la depresión económica, hasta la mayor estabilidad en el trono de las monarquías occidentales, que ya gobiernan con auctoritas et potestas, sin dejar de lado el incremento de la demografía, y la aparición de unos no tan incipientes fenómenos de capitalismo mercantil y agrario. Los Reyes Católicos con su preclara inteligencia supieron vivir y gobernar en este complicado y proceloso mundo europeo del siglo XV. Consiguieron asegurar la propia autoridad de ellos como monarcas, fundamentando su actuación regia en el predominio del modelo social aristocrático y sostenido ese orden social por el cristianismo católico, que necesitó para tener futuro excluir, bélicamente o políticamente, a los infieles musulmanes o a los hebreos, y a los disidentes cristianos o herejes, y para estos últimos aceptarían el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición.

Las características del grupo social aristocrático permiten integrar en él no solo a la nobleza propiamente dicha en sus varios niveles habituales, sino también a personas que pertenecen a él en condiciones más limitadas, al compartir algunas de tales características, aunque no hayan dado lugar aún a linajes nobiliarios”.

Lo que caracterizaba, de forma prístina, a la nobleza del momento histórico de los Reyes Católicos, era el dominio sobre la renta de origen agrario, ya que la nobleza civil es la propietaria de forma patognomónica de los campos de labranza, a lo que es preciso añadir los beneficios indubitables, que obtienen por ir al fonsado de los soberanos. Las rentas de los magnates provienen, también, de los señoríos; y, para finalizar, es preciso indicar que, asimismo, suelen participar en los negocios rentables de la ganadería y del comercio, o de las rentas de la Corona de los Reinos de Castilla y de León, y de la misma Iglesia. Los nobles poseen, en su alrededor, un número indeterminado de clientes, que conforman un marco de solidaridad que engloba a los miembros de la misma sangre, con sus criados, sus vasallos y sus allegados.

Los bandos, ligas y parcialidades solían fundamentarse en alianzas y tensiones de base familiar. Isabel y Fernando aceptaron aquel estado de cosas, cuyos ideales compartían, y lo fortalecieron en sus estructuras, aunque combatieran sus abusos o los malos efectos que podían producir con relación a la autoridad regia. Tal es el sentido de sus intervenciones, como primeros nobles del reino más que como soberanos, en asuntos matrimoniales, disputas sucesorias, conservación e incremento de patrimonios transmitidos por vías de mayorazgo, cuestiones todas ellas de indudable importancia política”.

Los Reyes Católicos también mantienen una relación con la ya, más concienciada en su clase, nobleza urbana, que es más distante, pero asimismo protectora. Los Reyes Católicos siempre se vieron impelidos a tomar decisiones muy graves para tratar de resolver las espinosas cuestiones políticas que les acuciaban; y quizás lo más grave fue, lo que es indubitable, el pleito histórico sobre la presencia del Islam en la Península Ibérica, que consiguieron resolver sin el más mínimo género de dudas. Además, por este resultado fueron capaces de llevar a buen puerto una nueva política para el Norte de África, incorporando a las Islas Canarias, culminando la conquista entre 1478 y 1496. Asimismo, por lo tanto, ya estaban capacitados social, política y militarmente para tener unas nuevas y favorables relaciones con el resto de los Estados del continente europeo. Por todo lo que antecede, durante estos tiempos, los Reyes Isabel I de Castilla y de León y Fernando II de Aragón consiguieron que en el resto de Europa se considerase a las Españas como una estructura política de primer nivel, y no solo como una entidad geográfica e historiográfica. Este sentido de preeminencia produjo, casi de inmediato, la conquista del Reino de Nápoles, y la reintegración histórica rigurosa, obvia y correcta del Reino de Navarra a la unión con Aragón, León y Castilla, como lo había sido siempre, solo restaba Portugal para retornar a la situación sociopolítica correcta y rigurosa de los cinco reinos medievales. El final de todo ello sería la llegada a Las Indias o al Nuevo Mundo.

De manera que no hay exceso en suponer, como ya entonces se hizo, que en torno a 1492 comenzaba una época de la historia española nueva, y a la vez más influyente en la de otros muchos pueblos y países, sobre todo europeos”.

Cuando se produce la derrota regia rodericiana en la batalla de Guadalete, año 711, la caída del Reino visigodo de Toledo no será restablecido en la nueva estructura islámica andalusí. Nunca hubo un régimen político unitario mahometano, sino que el deseo centrífugo siguió existiendo, aunque el esfuerzo de emires y califas en contra de todo lo contrario sería indudable. Será bien en el Reino de los Ástures o Asturorum Regnum y en el ulterior Ovetao Regnum donde se conciba la idea de retomar el ancestral concepto político romano y visigótico, que será prístino y superlativo; y el que no lo conciba así es que ignora el Medioevo; en el Reino de León, desde sus primeros monarcas, bien Ramiro I u Ordoño I, hasta el último privativo que sería tras Alfonso IX “el Legislador o el de las Cortes”, uno de los hijos del Rey Alfonso X “el Sabio” de Castilla, y de León y del Andalucía, el denominado como Juan I de León “el de Tarifa”; fundamentándose el concepto político legionense en diversas normas y crónicas, con sus pertinentes cronistas o historiadores, y todo ello dará luz propia al simpar Regnum Imperium Legionensis del Alto Medioevo; creador primigenio de la foralidad, de las cortes como cuna del parlamentarismo, los concejos o conceyus, los pendones concejiles, los filandones, los infantazgos, las cartas-puebla y, en suma, todo lo que iba a modernizar a la sociedad medieval hispana y europea. “… la España cristiana y europea de los siglos XI al XIII se definió a través de unos amplios conceptos político-religiosos: si en los otros pueblos europeos hubo un cristianismo cemento y armazón de la sociedad medieval, ¡cuánto más en los españoles! El patronazgo de Santiago lo simboliza a la perfección”.

Es más que interesante el concepto isidoriano con respecto a lo que es una nación, y que él define, con suma inteligencia, como un conjunto de hombres que reconocen un origen común y están ligados por lazos de sangre. Se citan reiteradas veces las inexistentes y ahistóricas Coronas de Castilla o de Aragón, como uniones perfectas conformadores de los diversos Reinos. Por consiguiente, siempre consideraré, desde el máximo rigor historiográfico que la malhadada e incrementada historiográficamente Castilla debe ser considerada, de forma totalmente ortodoxa, con el calificativo riguroso y serio de los Reinos o la Corona de los Reinos de Castilla y de León, ya que así se definen todos sus monarcas, stricto sensu, incluyendo hasta los Habsburgos Felipe IV o Carlos II “el Hechizado”. En la otra parte debería indicarse, tal como la definiría Fernando “el Católico” V de Castilla y de León, II de Aragón y I de Navarra, como los Reinos de Aragón. Así lo indica, de forma taxativa, la Reina Isabel I “la Católica” de Castilla y de León al arzobispo metropolitano de Toledo Alfonso Carrillo: ‘¡Porque yo soy la Reina e subcessora destos Reynos de Castilla et de León!’. El matrimonio entre Isabel I y Fernando II, que eran primos carnales y ambos de la Dinastía de los Trastámara, fue esencial para el nacimiento de las Españas, ahora ya como un Estado, que era parangonable con el de Francia o el de Inglaterra, ya que el hecho se cimentaba en que existía una coherencia de sentimientos y de fundamentos.

«Marcado por acontecimientos como la unidad peninsular, el fin de la Reconquista, la expulsión de los judíos, el inicio del Renacimiento y el descubrimiento de América, el reinado de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón articuló en la Península la transición de la Edad Media a la modernidad y el comienzo de la transformación de España en un estado-nación. En el presente volumen Miguel Ángel Ladero Quesada estudia con rigor y claridad La España de los Reyes Católicos sin perder de vista la importancia de sus raíces medievales y deja patente la riqueza de su legado en los terrenos político, social, cultural y diplomático». Por consiguiente, recomendación obvia completa y precisa. «Primum non nocere, secundum cavere, tertium sanare».

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