Cuando un lector y, en el caso que nos ocupa, un crítico se adentra en la lectura de un nuevo libro sabe que tiene que estar preparado para afrontar una aventura, y no porque espere, necesariamente, de esa lectura grandes acontecimientos de una épica relevante, sino porque el leer tiene que ser para el buen amante de la literatura una constante aventura, un descubrir nuevos mundos que deambulen entre la magia de lo narrado y la perfección en la forma de hacerlo. Un servidor se ha adentrado en la maravillosa aventura de leer la nueva obra narrativa del poeta –porque el autor (dejémoslo claro desde el principio) es, sobre todo, poeta, y uno de los mejores del panorama poético actual- Antonio Daganzo, Leila Sebastián (Ondina Ediciones), y ha salido de la “aventura” más sabio y mejor persona. ¿Exagero? Voy a intentar convencerles de lo contrario. Empecemos situando biográfica y bibliográficamente al autor: Antonio Daganzo (Madrid, 1976) es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, y es un polifacético autor que, dentro de su ya nombrada actividad de poeta, ha visto publicados una decena de libros de poesía, de entre los que me gusta destacar La sangre Música (2021) y El murciélago entre fuegos de artificio (2024), ambos aparecidos bajo el sello de RIL editores; además ha cultivado –y cultiva- la crítica literaria y musical, siendo un renombrado musicógrafo con dos excelente ensayos en su haber –Clásicos a contratiempo (Ediciones Vitruvio) y Música, delicias del asombro (Ondina Ediciones)-, y la narrativa, cuya primera obra en este género, la novela Carrión (2017) ganó en 2018 el Premio de Narrativa “Miguel Delibes” de Valladolid. Como ven, una carrera literaria sólida que ha tenido la fortuna, merecida, de ser reconocida por público y crítica. Y, entrando en la obra que nos ocupa, esta Leila Sebastián que tan magníficamente ha editado el sello Ondina y cuya preciosa portada ha realizado Eugenio Rivera, tengo que inclinarme ante las Horcas Caudinas de la mejor narrativa de siempre. Antonio Daganzo ha realizado un trabajo de orfebrería narrativa para crear una obra atemporal y, al mismo tiempo, moderna, algo que no es fácil de realizar si tenemos en cuenta que la narrativa actual está constreñida a unos hábitos estructurales (con algunas notables excepciones) que se mueven entre un estilo literario (permítanme decirlo sin tapujos) facilón, de andar por casa, para que cualquiera lo pueda asimilar de un trago, y unos contenidos (o si lo prefieren, unos argumentos) que rozan la vulgaridad, cuando no la estupidez más supina. Decía el añorado filosofo alemán, estrecho colaborador de la Escuela de Frankfurt, Walter Benjamin: “El trabajo de un buen escrito se desarrolla en tres niveles: uno musical, donde se compone; uno arquitectónico, donde se construye; y por último, uno textil, donde se teje”. Pues bien, en estos tres niveles ha trabajado Antonio Daganzo para llevar a cabo la tarea de escribir los nueve relatos que componen su obra Leila Sebastián. En el nivel musical, Daganzo, como excelente musicógrafo y amante de la música clásica, ha tejido unos acordes lingüísticos que entrelazan todos los relatos de una manera tan perfecta como rica en matices armónicos, para terminarlos con una coda maestra como es su último relato, realmente una nouvelle, “Es un fracaso el mundo”, donde, de forma magistral, establece una narración en la que se mezclan la primera persona, las voces de los personajes al modo teatral, cual Pirandello y sus Seis personajes en busca de autor, y la intromisión, cual Unamuno redivivo, del escritor con sus personajes y viceversa. Todos los relatos forman un conjunto que se mueve al unísono, en perfecta armonía, al modo de una ópera wagneriana (universo tan querido del autor), y cuyo leitmotiv no es otro que el darnos una visión del mundo muy particular, pero al mismo tiempo muy reconocible por todos. En el nivel arquitectónico, el autor ha tratado de construir una obra total, cual edificio autosuficiente, en el que la solidez de los materiales empleados, entiéndase los ejercicios lingüístico y de estilo, dan un empaque a la obra que nos hace disfrutar de cada frase, de cada párrafo (algunos memorables, como este del relato “La idea”: “Se estremeció entonces sin remedio. Abolidos por obsoletos el asombro y el enojo, los dominios del misterio acostumbran a imponer su ley natural, la del temor, y con el fin de escapar de su influencia, él salió rápidamente de la casa en busca de claridades. Quizá también de soluciones”), y también de cada relato al completo. Daganzo, ya un narrador consagrado gracias a su novela Carrión, ha dado un paso adelante, casi habría que decir dos, pues es muy grande la evolución, para bien, de su estilo y de sus contenidos, y ha alcanzado un cenit de madurez narrativa que puede equipararse a su otro cenit, el poético, este ya alcanzado hace tiempo (y reconocido unánimemente), desde (y esta es mi modesta opinión) que publicara su obra maestra, La sangre Música. Y por último, el nivel textil que, dicho así, sin intención de molestar al maestro Walter Benjamin, tiene un algo de coser y descoser que le da un carácter humorístico, pero que no quiero desdeñar pues la palabra de este gran filosofo para mí es ley. Y es que, si lo pensamos bien, no anda descaminado Benjamin en cerrar su filosofía del trabajo literario con esta metáfora textil, ya que de unir, enlazar y dar un sentido esencial al conjunto de la obra es de lo que, a fin de cuentas, se trata. Y aquí debemos hablar del contenido de estas nueve narraciones, de su sentido filosófico ante la vida, pues es aquí donde Antonio Daganzo desgrana todo su saber de autor moderno, actual, que escribe sobre nuestro mundo sin guardarse nada: la crítica más descarnada pero, al mismo tiempo, sutil; el exquisito tratamiento del personaje de la mujer en todos los relatos, con una exaltación maravillosa de lo femenino; el humorismo más delicado para las situaciones más inesperadas; la pequeña tragedia diaria convertida en un deambular paciente por la vida; la estupidez de un mundo a la deriva como objeto de un análisis de lo cotidiano… Sí, de todo este tejido está hecho este traje, todo él a la medida de los buenos lectores, de los que prefieren una obra exigente, una obra capaz de conmover y emocionar tanto como de divertir y encantar. Puedo asegurarle al lector que la lectura de las nueve narraciones que Antonio Daganzo ha reunido en Leila Sebastián le van a suponer un reto, una aventura y, sobre todo, una vez leídas, un gozoso sueño, pues como dijo el maestro Jorge Luis Borges: “La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido”. Y Antonio Daganzo ha conseguido dirigirnos a un maravilloso sueño con la magia de su escritura. Puedes comprar el libro en:
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