¿En qué se funda entonces la efervescencia veraniega? En eso que Ortega anticipó en 1930 -la rebelión de las masas traducida en culto colectivo a cualquier forma de masificación-. O en lo que diseccionó Canetti treinta años después en ‘Masa y Poder’: “de pronto, todo está lleno de gente y todos tienen prisa por llegar allá donde se encuentra la mayoría”.
Ambos bebieron de un pensador francés del siglo anterior, Gustave Le Bon. En 1895 y en ‘La Psychologie des foules’ avanzaba todo lo previo. La manera en que los individuos experimentan una mutación emocional al fundirse en una masa candente, su comportamiento comparable al de las células de un organismo vivo. Y, dentro de él, la anulación del juicio crítico. Con una clarividencia visionaria, Le Bon anticipa: “Lo que mueve a las multitudes no es la razón, sino la imagen”.
¿Qué imagen? La de los imaginarios colectivos que nos enardecen. Vistos desde fuera, aterran, porque los vemos con mirada crítica. Desde dentro es otra historia, porque no vemos nada. Al hervor bacteriano en la cazuela de San Fermín, al que atesta los estadios americanos o las playas de moda, le basta con sentirse el alma de la fiesta. Un alma colectiva, impulsiva y feliz por decreto, guiada por emociones primarias.
Resulta muy significativo que en el francés de Le Bon multitud -foule-, y locura -folie-, parezcan sinónimos. Añadamos la definición de Ortega: “el hombre masa es aquel que no tiene conciencia de sí mismo; no se angustia por perder su individualidad, sino que se siente a sus anchas al sentirse idéntico a los demás”. Lo que se traduce en el imperio de la vulgaridad sin restricciones. Con sus dos derivadas criminales: la aniquilación de toda excelencia y la complacencia en compartir lo ínfimo. Los signos distintivos de nuestro tiempo.
Vengo de pasar unos días en una aldea perdida de Asturias. No más de veinte habitantes, un hórreo apartado frente a las cortaduras del Naranjo de Bulnes. “Es el hórreo del inglés”, me explicó un paisano. “En el mismo año, le tocó la lotería y murió su mujer. Y se vino aquí, él solo. ¿Qué mejor compañía que estas montañas?” Aunque he vuelto a San Sebastián, creo que me voy a pasar todo el verano en el hórreo del inglés.
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