Los comienzos poéticos de Josefina de la Torre. III miércoles 19 de agosto de 2026, 16:15h
Actualizado el: 20/08/2026 19:55h
En 1927 aparece publicado en la emblemática revista malagueña “Litoral”, fundada por Manuel Altolaguirre y Emilio Prados, y convertida en la plataforma impulsora y difusora de nuevas sensibilidades poéticas, el primer libro de Josefina de la Torre, titulado Versos y estampas, prologado por Pedro Salinas; dos hechos que no responden a la mera casualidad y que tienen su porqué. En primer lugar, la revista “Litoral” publicaba, en la Imprenta Sur, y como suplementos, obras de los entonces jóvenes poetas de Generación del 27; y, en segundo lugar, el “apadrinamiento poético” de Pedro Salinas que le lleva a escribir el prólogo se debe a la admiración mutua que entre ambos existía y a la favorable impresión que le produjo esa mezcla de verso y prosa poética de una escritora canaria que frisaba la veintena de años; una obra intimista, de desbordado lirismo, en la que se evocan, con sencillez formal y tono nostálgico, recuerdos de infancia (estampas de los juegos infantiles, de los seres queridos, de objetos cotidianos transidos por un aureola de afectividad…).
La obra se estructura intercalando textos en prosa poética (16 “estampas”) y poemas por lo general breves, en versos de arte menor (17, en total); y queda dividida en dos partes gracias al “Romance del buen guiar” (106 versos distribuidos en dos partes de 60 y 46, respectivamente, y con asonancia aguda /á/en los pares). Y si las “estampas” son auténticas “pinturas” de gran fuerza plástica por sus matices sensoriales, los poemas sirven de evocación de una niñez de la que el paisaje marinero forma parte insustituible. Puede consultarse la edición original de Versos y estampas en el siguiente enlace: https://mdc.ulpgc.es/s/mdcte/item/238847 Excluido el “Romance del buen guiar”, los poemas oscilan entre los 6 versos (el 10) y los 24 (el 17). Y este es el número de versos del resto de los poemas:
7 versos: poema 12; 8 versos, poemas 2 y 6; 9 versos: poemas 9 y 16; 10 versos: poemas 11 y 14; 13 versos: poemas 4, 5, 13 y 18; 14 versos: poemas 1, 3 y 15; 16 versos [10+6]: poema 8;
Acerquémonos a uno de los poemas más breves del libro:
No te acerques al estanque:
antes me he mirado en él
y vi su fondo
a través de mi sombra. No te acerques
al estanque
tendrás el pecho hondo y frío
y tembloroso del agua.
En este caso, la brevedad es compatible con la densidad conceptual. Conforman el poema 7 versos heterométricos: un tetrasílabo (verso 4), un pentasílabo (verso 3), cuatro octosílabos (versos 1, 2, 6 y 7), y un endecasílabo melódico (verso 4); versos sin rima, pero con una buscada desagradable sonoridad obtenida mediante la aliteración del sonido velar/oclusivo [k] (versos 1 y 4-5. repetición del 1, que ayuda a remachar una obsesiva admonición del yo poético a un interlocutor -ausente-: “No te acérques l al estánque” (clara metonimia del continente -el estanque- por el contenido -el agua)-. Parte de la eficacia expresiva del poema reside en la forma elegida para su construcción: el apóstrofe lírico con el que el yo poético advierte seriamente a la segunda persona -un interlocutor genérico-, y utilizando el presente de subjuntivo negativo con valor imperativo- de los riesgos de efectuar un análisis introspectivo de la propia personalidad que pudiera traducirse en una experiencia dolorosa; una manera metafórica con la que el yo poético manifiesta su angustia. En efecto, en el agua estancada, como si de un espejo se tratara, queda reflejada no solo la propia interioridad, sino su trasfondo oscuro (verso 3-4: “vi su fondo / a través de mi sombra”; esa “sombra” no es más que la exteriorización metafórica de los recovecos más tenebrosos de la personalidad). A partir de aquí, y tras la reiteración léxica múltiple “No te acerques / al estanque” (versos 4-5), el yo poético emplea el futuro con valor performativo (“tendrás”) para exponer las consecuencias de desoír sus advertencias: “tendrás el pecho hondo y frío / y tembloroso del agua” (versos 6-7), forma bastante tétrica de expresar la desolación anímica, una vez que el agua del estanque le devuelva su propio reflejo, calificado con tres adjetivos de sorprendente fuerza connotativa. La frialdad de lo que se puede descubrir y que sería mejor evitar le lleva al yo poético, desde su propia experiencias, a insistir en una tajante proclama: “No te acerques al estanque”. La referencia al “pecho” se justifica por el papel del corazón para sentir las emociones; y para recalcar esa triada adjetival con marcados ribetes sinestésicos, aplicada a “pecho” (versos 7-8: “hondo y frío / y tembloroso” 7-8) se ha recurrido al polisíndeton. La sensación resultante es la del lento hundimiento en un agua profunda, gélida y agitada, a la que la prosopopeya dota de mayor fuerza expresiva. La identidad entre la naturaleza estancada, con toda su carga negativa, y el sufrimiento humano al que puede conducir el autoconocimiento justifica plenamente la intencionalidad última del poema, recogida en un verso que se repite: “No te acerques al estanque”. Solo 7 versos (¡solo 52 sílabas!) le han bastado a la poetisa para desnudar su alma e impactar en sus lectores, mudos interlocutores de unos versos de enorme profundidad existencial. ********** Por el simple placer de leer ofrecemos seguidamente la “estampa” número XII, que antecede al anterior poema, que también lleva el número 12, pero en arábigos. Aquella mañana blanca, ¡cómo la recuerdo! Nos habíamos levantado un poco más tarde que otros días, después de haber estado unos momentos con el sopor del último sueño, percibiendo de cuando en cuando, al abrirse los ojos, los barrotes de las camitas que parecían jaulas de hierro. Nos pusieron unos delantales largos, anchos, que se nos escurrían por todo el cuerpo, y nos empujaron al patio. El patio estaba frío, brillante de las primeras horas de la mañana y verde de enredaderas. A un tiempo todos hicimos la misma pregunta: “Y la niña, ¿cómo está”. Nadie respondió. En el comedor nos esperaban las tazas humeantes del café con leche, y el pan y la manteca. La mano que nos guiaba estaba muy pálida. Alguien dijo, de pronto: “Los niños, que los lleven arriba”. Y subimos todos, despacio, en silencio. ¡Qué larga, qué penosa nos pareció la escalera! Y no tuvieron que darnos la noticia. Cuando entramos en la alcoba ya llevábamos el corazón lleno de flores, y los ojos llorosos. Sobre la cama ancha, blanca de rosas, había una caja de muñecas también blanca, Y luego se la llevaron. Desde la baranda del corredor la vimos cruzar por el patio, bajo la enredadera, a través de las lágrimas. Y ya no la vimos más. Quedó temblando entre las flores, en el aire, la sombra blanca de la caja toda la mañana. *** Y otra mañana estábamos en el muro de piedra y nos llegó en el aire el eco de una queja, y todos nos miramos en silencio, temblorosos. Pero llegó la hermana y nos dijo: “Es que se arrullan las palomas blancas”, y todos quedamos consternados, mirándolas ahora revolotear en la azotea. Y un día, cuando jugábamos gritando en el cuarto grande, nos hicieron salir uno a uno, y nos separaron silenciosamente. A la noche aquella nos dijeron: “Sabes, la abuelita se ha muerto”. Y toda la casa se llenó de gente. Y a la mañana nos despertó la queja lejana de las alondras blancas, y todos se levantaron aturdidos, presurosos”. Esta “estampa” tiene un marcado todo elegíaco: Josefina de la Torre evoca, entrelazándolos, los recuerdos de la pérdida de su hermana pequeña María de la Encarnación -que murió a los cuatro meses de nacer, cuando la poetisa tenía 7 años- y de la de su abuela, Encarnación Millares (el texto en todo momento evita mencionar la palabra “muerte”; el poema titulado “Lo que es la muerte” es una delicada elegía dedicada a su hermana en la que expresa el dolor que su ausencia le produce). En la “estampa XII”, hermanita y abuelita están alojadas en la memoria de una niña que ahora, a sus veinte años, y difuminado en el pasado el luto familiar, aparecen vivas en el recuerdo. Y para no perderse en barroquismos que pudieran frenar la emotividad, la escritora emplea una sintaxis elemental: las oraciones se ligan por adición, mediante la conjunción “y”, lo cual, por otra parte, es muy propio del lenguaje infantil. Y ese clima de emotividad se logra, además, mediante una sugestiva adjetivación que recorre todo el texto potenciando el valor connotativo de la palabra poética. Puedes comprar su obra en:
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