En esos años, de principios de siglo XIX, se conocía a los españoles que defendían a los gabachos como afrancesados. Hoy, algunos, dicen que un tal Sánchez es un amarroquinado como todos sus seguidores. Pero ahora no vamos a hablar de bajezas, sino de historia. Los leones son un símbolo de España y de una de sus comunidades. Es símbolo también de bravura y coraje, además de soberanía nacional. Cuando se empezó a construir el Congreso en 1843 no estaba previsto colocar unos leones, pero como la fachada quedaba muy desangelado se pensó en colocar unos leones. Así fue como Ponciano Ponzano, autor del frontispicio, se hizo cargo de preparar unos leones que diesen lustre a la entrada. La situación económica del país era francamente mala y se decidió, para que saliese lo más barato posible, hacer los leones de yeso pintado en bronce. Se colocaron en el año 1851. ¡Fue una mala idea! La lluvia y las inclemencias meteorológicas hicieron que la pintura se destiñese y los leones quedaron en unas pésimas condiciones ante la risión de la ciudadanía.
El gobierno volvió a encargar a Ponzano unos nuevos leones, esta vez con materiales más noble y resistentes, pero su presupuesto fue tan elevado que se optó por otro más ajustado que presentó el escultor José Bellver y Collazos, que diseño un par de leones que parecían más dos perros rabiosos porque no asustaban a nadie. A los madrileños les parecieron estrambóticos y los volvieron a quitar, esta vez para trasladarlos a los Jardines de Monforte, en Valencia, donde se pueden ver hoy en día.
Como a la tercera va la vencida, se volvieron a encargar unos leones como Dios manda otra vez al gran Ponciano Ponzano, que utilizó el bronce de unos cañones que el ejército español consiguió en la histórica batalla de Wad-Ras. Esos cañones se entregaron a Ponzano y los fundió en la Real Fábrica de Artillería de Sevilla en el año 1865. Por fin, esos leones fueron del agrado del público y se colocaron en 1872 en el mismo sitio en el que ahora están. El peso de los leones es diferente. El de la izquierda pesa 2668 kilos y el de la derecha 2219. Esa diferencia de peso se debe a que el menos pesado carece de testículos; la cola del león sirve para tapar esa falta. Ese el Atalanta o como otros dicen, Daoíz.
No acabaron aquí las polémicas porque un grupo de diputados no estaba de acuerdo en haber utilizado el bronce procedente de los cañones conquistados en Wad-Ras, y eso que el de izquierdas sí tiene los testículos. Hace pocos años hubo una campaña para que le colocasen unos homólogos a Atalanta, pero la verdad, no quedarían tan bonitos como los de los de Hipómenes que muestra orgulloso sus atributos levantando el rabo.
El bronce, como nos han contado diferentes políticos, proviene de una batalla que tuvo lugar cerca de Tetuán en 1860, pero 4487 kilos de bronce son muchos kilos, por lo que se confiscaron cañones de las poblaciones de Wad-Ras, Castillejos y Tánger. Lo que no se conoce es que cuando se conquistó Tetuán, la bandera española ondeó en la ciudad gracias a un grupo de castellers del Cuerpo de Voluntarios Catalanes.
Efectivamente, este cuerpo se fundó el 24 de diciembre de 1859 para que "todo aquel que quisiera se pudiese alistar para ir a combatir contra el Reino de Marruecos". Así lograron reunir unos 466 soldados catalanes bajo el mando del general Victoriano Sugrañes. Llegaron a Marruecos el 3 de febrero de 1860 y el día siguiente ya habían entrado en acción en la Batalla de Tetuán. Todos llevaban la barretina vermella de pana como parte de su uniforme y, casi la mitad de los expedicionarios, murieron en las diferentes contiendas que se llevaron a cabo ese año. En el fragor de la batalla, el general Prim, que era de Reus, ordenó llevar una acción descabellada, pero muy simbólica. Sería formar un castell improvisado en el campo de batalla, para colocar la bandera española en la alcazaba de la ciudad como símbolo de la conquista.
El sargento Lluís Baró se aupó a lo más alto del castell para colocar dicha bandera, lo que significaba la toma de la ciudad. La guerra realmente duró poco tiempo. Finalizó con el tratado de paz del 26 de abril de 1860. Los castellers fueron repatriados poco más tarde y fueron recibidos en Barcelona en loor de multitudes en el puerto de la ciudad. El botín de aquella guerra fue, entre otras cosas, la anexión de Tetuán al Reino de España, o cientos de cañones que se fundieron para poder construir los leones del Congreso. En Madrid también se quiso hacer un recibimiento acorde con la gesta, pero no se llegó a realizar. Las tropas estuvieron esperando al norte de Madrid mucho tiempo y en ese lugar, se fundó el pueblo de Tetuán de las Victorias, que posteriormente fue anexionado por Madrid como un barrio más.
La gesta se recuerda gracias a esos leones y sentirían vergüenza en su corazón de bronce que se cediesen Ceuta y Melilla, que son españolas mucho antes de que se fundase el Reino de Marruecos. Nadie entendería ese seguidismo marroquí de algunas personalidades políticas españolas.