Los “remansos líricos” de la prosa narrativa de Pío Baroja. I miércoles 14 de octubre de 2026, 08:07h
Para Pío Baroja, la novela "es un saco en el que cabe todo". Y, en efecto, sus novelas son de construcción muy libre y no se ajustan a ningún plan. Predomina en ellas la acción ("La acción por la acción -dice Baroja- es el ideal del hombre”), pero no son menos importantes sus amargas consideraciones sobre la vida y la sociedad, así como la pintura de paisajes -más emotivamente líricos los vascos que los castellanos, por lo general tétricos y hoscos- y de los más variados personajes, cuyos perfiles físicos y psicológicos están trazados con sorprendente rapidez y energía.
Porque, en efecto, la vena lírica de Baroja se plasma en descripciones paisajistas y estados anímicos de sus personajes que introducen en sus escritos un halo de poesía en medio de las miserias humanas que relata. Su primer libro de cuentos, Vidas sombrías -de 1900-, está considerado por la crítica como obra muy cercana al poema en prosa; lo cual se manifiesta por medio de la ornamentación lingüística: triadas adjetivales, estructuras rítmicas reiterativas que crean un clima puramente lírico, etc. (Aconsejamos la lectura de cuentos como “O trasgo” y “Médium). Si tenemos en cuenta el ritmo dinámico que imprime a sus novelas -una atropellada sucesión de escenas en las que aparecen y desaparecen infinidad de personajes-, un ritmo realmente vertiginoso que les confiere una extraordinaria vivacidad, esas descripciones que animan los relatos les añaden una sorprendente fuerza plástica, y en muchas de ellas la lengua aparece cuidadosamente trabajada.
O trasgo. https://ciudadseva.com/texto/el-trasgo/ Médium. https://ciudadseva.com/texto/medium/
Centrémonos en La busca (edición de referencia: Madrid, Editorial Caro Raggio, 1972). Recordemos que La Busca, junto con Mala hierba y Aurora roja, forman la trilogía La lucha por la vida. La obra, publicada en 1904, está ambientada en los barrios humildes madrileños, en los que malvive Manuel Alcázar, llegado a Madrid en plena adolescencia, y que se ve abocado a peregrinar incesantemente de trabajo en trabajo, lo que le permite entrar en contacto con personajes cada vez de más baja extracción social, envueltos en un mundo de miseria y sordidez del que es imposible escapar -incluso llega a formar parte de una sociedad de maleantes, con su primo Vidal y con el Bizco-. No obstante, su sentido práctico de la vida le permitirá salir adelante y decidirse por llevar una conducta honrada. A continuación entresacamos imágenes del viejo Madrid de comienzos del siglo XX. En estas descripciones podemos observar la concisión y el antirretoricismo propios de Baroja y contrarios a la novela decimonónica (frases cortas y párrafos breves); el impacto de la impresión visual por medio de la cual evoca cuadros de gran viveza; la apertura de todos los sentidos para captar cuanto ayuda a dar autenticidad a las realidades descritas y aquí la adjetivación tiene máxima importancia; etc.
Fragmento 1. El madrileño que alguna vez, por casualidad, se encuentra en los barrios pobres próximos al Manzanares, hállase sorprendido ante el espectáculo de miseria y sordidez, de tristeza e incultura que ofrecen las afueras de Madrid con sus rondas miserables, llenas de polvo en verano y de lodo en invierno. La corte es ciudad de contrastes; presenta luz fuerte al lado de sombra oscura; vida refinada, casi europea, en el centro, vida africana, de aduar, en los suburbios. [...]. (Op. cit., pág. 59). Fragmento 2. Bajaron después a la calle del Arenal, cruzaron la plaza de Oriente, y por el Viaducto, y luego por la calle del Rosario, siguiendo a lo largo de la pared de un cuartel, llegaron a unas alturas a cuyo pie pasaba la ronda de Segovia. Veíase desde allá arriba el campo amarillento que se extendía hasta Getafe y Villaverde, y los cementerios de San Isidro con sus tapias grises y sus cipreses negros. [...] (Op. cit., pág. 61). Fragmento 3. Se veía Madrid envuelto en una nube de polvo, con sus casas amarillentas. Las altas vidrieras relucían a la luz del sol poniente. Del paseo del Canal, atravesando un campo de rastrojo, entraron todos por una callejuela en la plaza de las Peñuelas; luego, por otra calle en cuesta, subieron al paseo de las Acacias. [...]. (Op. cit., pág, 78). Fragmento 4. Desde allá surgía Madrid, muy llano, bajo el horizonte gris, por entre la gasa del aire polvoriento. El cauce ancho del Manzanares, de color de ocre, aparecía surcado por alguno que otro hilillo de agua negra. El Guadarrama destacaba de un modo confuso la línea de sus crestas en el aire empañado. […] (Op. cit., pág. 97). Fragmento 5. En el cielo, ya despejado, nadaban nubes oscuras, blancas en los bordes, como montañas coronadas de nieve; a impulsos del viento corrían y desplegaban sus alas; el sol claro alumbraba con rayos de oro el campo, resplandeciente en las nubes, las enrojecía como brasas; algunos celajes corrían por el espacio, blancos jirones de espuma. Aún no manchaba la hierba verde las lomas y las hondonadas de los alrededores madrileños; los árboles del Campo del Moro aparecían rojizos, esqueléticos, entre el follaje de los de hoja perenne; humaredas negruzcas salían rasando la tierra para ser pronto barridas por el viento. Al paso de las nubes la llanura cambiaba de color; era sucesivamente morada, plomiza, amarilla, de cobre; la carretera de Extremadura trazaba una línea quebrada, con sus dos filas de casas grises y sucias. Aquel severo, aquel triste paisaje de los alrededores madrileños con su hosquedad torva y fría le llegaba a Manuel al alma. […]. (Op. cit., págs. 171-172). Fragmento 6. Se veía Madrid en alto, con su caserío alargado y plano, sobre la arboleda del Canal. A la luz roja del sol poniente brillaban las ventanas con resplandor de brasa; destacábanse muy cerca, debajo de San Francisco el Grande, los rojos depósitos de la fábrica del gas, con sus altos soportes, entre escombreras negruzcas; del centro de la ciudad brotaban torrecillas de poca altura y chimeneas que vomitaban, en borbotones negros, columnas de humo inmovilizadas en el aire tranquilo. A un lado se erguía el Observatorio, sobre un cerrillo, centelleando el sol en sus ventanas; al otro, el Guadarrama, azul, con sus crestas blancas, se recortaba en el cielo limpio y transparente, surcado por nubes rojas. […]. (Op. cit., pág. 196). Fragmento 7. Alboreaba la mañana, ya no llovía; el cielo, aún oscuro, se llenaba de nubes negruzcas. Por encima de un seto de evónimos brillaba una estrella, en medio de la pálida franja del horizonte, y sobre aquella claridad de ópalo se destacaban entrecruzadas las ramas de los árboles, todavía sin hojas. Se oían silbidos de las locomotoras en la estación próxima; hacia Carabanchel palidecían las luces de los faroles en el campo oscuro entrevisto a la vaga luminosidad del día naciente. Madrid, plano, blanquecino, bañado por la humedad, brotaba de la noche con sus tejados, aunque cortaban en una linea recta el cielo; sus torrecillas, sus altas chimeneas de fábrica y, en el silencio del amanecer, el pueblo y el paisaje lejano tenían algo de lo irreal y de lo inmóvil de una pintura. Clareaba más el cielo, azuleando poco a poco. Se destacaban ya de un modo preciso las casas nuevas, blancas; las medianerías altas de ladrillo, agujereadas por ventanucos simétricos; los tejados, los esquinazos, las balaustradas, las torres rojas, recién construidas, los ejércitos de chimeneas, todo envuelto en la atmósfera húmeda, fría y triste de la mañana, bajo un cielo bajo de color de cinc. Fuera del pueblo, a lo lejos, se extendía la llanura madrileña en suaves ondulaciones, por donde nadaban las neblinas del amanecer. Serpenteaba el Manzanares, estrecho como un hilo de plata; se acercaba al cerrillo de los Ángeles, cruzando campos yermos y barriadas humildes, para curvarse después y perderse en el horizonte gris. Por encima de Madrid, el Guadarrama aparecía como una alta muralla azul, con las crestas blanqueadas por la nieve. [...]. (Op. cit., págs. 209-210). Fragmento 8. Estaban asfaltando un trozo de la Puerta del Sol; diez o doce hornillos, puestos en hilera, vomitaban por sus chimeneas un humo espeso y acre. Todavía las luces blancas de los arcos voltaicos no había iluminado la plaza; las siluetas de unos cuantos hombres que removían la masa de asfalto en las calderas con largos palos, se agitaban diabólicamente ante las bocas inflamadas de los hornillos. […]. (Op. cit., pág. 290). Fragmento 9. En los escaparates y en los balcones de las casas iban brillando luces; llegaban los tranvías suavemente, como si fueran barcos, con sus faroles amarillos, verdes y rojos; sonaban sus timbres, y corrían por la Puerta del Sol, trazando elegantes círculos. Cruzaban coches, caballos, carros; gritaban los vendedores ambulantes en las aceras, había una baraúnda ensordecedora... Al final de una calle, sobre el resplandor cobrizo del crepúsculo, se recortaba la silueta aguda de un campanario. [...]. (Op. cit., pág, 291). En “Retazos de Madrid por Pío Baroja”, escribe Carlos Viñas-Valle (13 de marzo de 2013), de quien hemos reproducido -y ampliado- su selección de fragmentos de La busca, y que hemos ordenado según figuran en el texto original de Baroja: “En 1904, Pío Baroja publicó su trilogía La lucha por la vida, y de ella he entresacado las referencias concretas que plasmó en La Busca acerca del paisaje de Madrid y algunas pinceladas de cómo era la ciudad por dentro y vista desde las afueras de más allá del Manzanares, único lugar en el que aún cabe contemplar paisaje urbano de Madrid. Al margen queda, obviamente, el mundo negro, mísero y siniestro de barrios y gentes que describe en la obra, mucho más conocido. [...]. Las impresiones de Baroja son como imágenes fotográficas del viejo Madrid de comienzos de siglo XX, pero vivas y en movimiento, llenas de detalles y matices que nos descubren cosas que nadie hasta él había constatado, a excepción quizá de Benito Pérez Galdós. Eran los tiempos de mayor pobreza y barrios míseros, casi infernales, que él observó en sus frecuentes paseos por la ciudad recóndita. Muchos leerán las citas entresacadas sin apenas atención; otros en cambio puede que descubran matices que ignoraban o que no pensaban encontrar. Por eso no está de más dejar al margen el relato de las miserias sociales de Madrid, la deprimente vida de pensiones y pupilajes, los vendedores del Rastro y hurgar en busca del alma de la ciudad tal cual era hacia 1900, a los ojos de un joven escritor vasco de 32 años, afanado por aquel entonces en no perder ripio de Madrid”.
Bibliografía.
Edición crítica de La busca a cargo de Juan María Marín Martínez en Ediciones Cátedra, Madrid, 2013 (2010) Colección Letras Hispánicas]. Guía de lectura de La busca, preparada por Joan Estruch Tobella (Madrid, Alhambra/Pearson Educación, 1988).
[Una tempestad]
Los nubarrones iban ocultando el cielo; el viento venía denso, húmedo, lleno de olor de tierra; en las laderas, las ráfagas huracanadas rizaban la hierba amarillenta; en las cumbres, el aire apenas movía las copas de los árboles de hojas rojizas. Luego, las faldas de los montes se borraron envueltas en la niebla; el cielo se oscureció más; pasó una bandada de pájaros gritando… Comenzaron a oírse a lo lejos los truenos; algunas gruesas gotas de agua sonaron entre el follaje; las hojas secas danzaron frenéticas de aquí para allá; corrían en pelotón por la hierba, saltaban por encima de las malezas, escalaban los troncos de los árboles, caían y volvían a rodar por los senderos... De repente, un relámpago formidable desgarró con su luz el aire y, al mismo tiempo, una catarata comenzó a caer de las nubes. El viento movió con rabia loca los árboles y pareció querer aplastarlos contra el suelo. Los relámpagos se sucedían sin intervalos; el monte, continuamente lleno de luz, temblaba y palpitaba con el fragor de la tempestad y parecía que iba a hacerse pedazos. -No hay que retroceder -se decía Juan a sí mismo. La hermosura del espectáculo le admiraba en vez de darle terror; en las puntas de los hastiales de ambos lados, de esquistos agudos, caían los rayos como flechas. Juan siguió, a la luz de los relámpagos, a lo largo de aquel desfiladero hasta encontrar la salida. Al llegar aquí, se detuvo a descansar un instante. Ya la tempestad huía abajo: por la otra parte de la quebrada, se veía brillar el sol sobre la mancha verde de los pinares...; el agua clara y espumosa corría a buscar los torrentes; entre la masa negruzca de las nubes aparecían jirones de cielo azul. Pío Baroja: Aurora roja. Madrid, Caro Raggio, editor, 1994.
Apoyo léxico. Hastial. Cara lateral de una excavación. Esquisto. Roca de color negro azulado que se divide con facilidad en hojas. Quebrada. Paso estrecho entre montañas. El texto está incluido en Aurora roja, novela que, junto con La busca y Mala hierba, integran la más unitaria de todas las trilogías barojianas: La lucha por la vida; tres novelas ambientadas en el Madrid suburbial de principios de siglo. Baroja describe en este texto, buen ejemplo de impresionismo literario, y en prosa de alto valor lírico, una tempestad. Su lectura desmiente el juicio injusto que de la prosa de Baroja formularon algunos críticos academicistas, censurándole su incorrección, vulgaridad y falta de pulcritud estética; y da la razón a Azorín cuando elogia el dominio del difícil arte de la sencillez, “la claridad, la precisión y la rapidez” que caracterizan el estilo de Baroja. Y aunque Baroja rehuye los artificios estilísticos -que considera “adornos de cementerio”-, lo cierto es que este fragmento hay una buena carga de retórica, aunque alejada del modernismo preciosista y decadente que suele revestir de nostalgia la evocación en la memoria de paisajes y ambientes. A la viveza de la descripción contribuye un lenguaje poético que presta gran importancia a las experiencias sensoriales. Todo tipo de sensaciones confluyen en el texto: Efectos de color y de luz: nubarrones que iban ocultando el cielo, hierba amarillenta, hojas rojizas, niebla que envuelve las faldas de los montes, un relámpago formidable que desgarra con su luz el aire, el monte lleno de luz a causa de sucesivos relámpagos, el sol que brilla sobre la mancha verde de los pinares, los jirones de cielo azul que aparecen entre la masa negruzca de las nubes… Sensaciones auditivas: las ráfagas huracanadas de viento, un bandada de pájaros que grita, los truenos que se oyen a los lejos, las gruesas gotas de agua que suenan entre el follaje, la danza frenética de las hojas secas, la catarata que cae de las nubes, los árboles movidos por el viento… Sensaciones táctiles: "el viento venía denso, húmedo"; "las faldas de los montes se borraron en vueltas en la niebla";… Sensaciones olfativas: "el viento venía [...] lleno de olor de tierra". Sensorial es también la tópica imagen de los rayos que caían como flechas. Singular acierto alcanza Baroja con las humanizaciones del paisaje: “Las hojas secas danzaron frenéticas de aquí para allá”; “El viento movió con rabia loca los árboles y pareció querer aplastarlos contra el suelo”; “el monte [...] temblaba y palpitaba con el fragor de la tempestad”; “Ya la tempestad huía abajo”… Baroja confirma en este texto su preferencia por el párrafo corto, frente a los párrafos elocuentes y caudalosos tan abundantes en la novela del siglo XIX. “Para mí era la forma más natural de expresión, por ser partidario de la visión directa, analítica e impresionista” -afirmaba el propio Baroja-. Las oraciones se yuxtaponen o coordinan, y sus elementos están lógicamente dispuestos (sujeto + verbo + complementos): “Los nubarrones iban ocultando el cielo”; “el viento venía denso, húmedo, lleno de olor de tierra”... En contadas ocasiones, un leve hipérbaton anticipa los complementos verbales: “En las laderas, las ráfagas huracanadas rizaban la hierba amarillenta”; “en las cumbres, el aire apenas movía las copas de los árboles de hojas rojizas”… El brío, la veracidad y la sensación de vida caracterizan, en definitiva, la descripción de una tempestad, que Baroja efectúa en un estilo sobrio, de múltiple y vigorosa eficacia expresiva. Puedes comprar el libro en:
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