A la ternura le cuesta mucho trabajo tener cabida en los 1400 centímetros cúbicos de un cerebro revolucionado más que evolucionado y entregado a muerte -literal y figuradamente- a los trajines y ajetreos diarios. Del mismo modo, le resulta muy difícil encontrar un hueco hospitalario entre los 300 gramos de un corazón humano adulto, el mayor depredador de la biosfera sin más rival que él mismo. Por otra parte, el corazón cada vez se parece más a un simple músculo -nos están convenciendo- que bombea como una máquina -otra más- la sangre a todas las células del cuerpo. Función y utilidad práctica es lo que exigen el sistema y los poderes económicos. Lo disfuncional o lo inútil están abocados a la extinción, los seres vivos también, todo lo inservible para unos intereses concretos. La progresía andante, si de verdad cree en la opresión de cualquier naturaleza, en la igualdad y en la pluralidad, debería empezar a denunciar este darwinismo soterrado y apartarse de las batallas electoralistas. La ternura es progresista, recupera la trascendencia y la mística de lo cotidiano en el simbolismo de un latido que es capaz de escaparse de la aburrida cadena de montaje del corazón. Reclama para sí misma el silencio de los últimos y la muerte de las cosas y de los seres que nadie reclama -ni el llanto ni la dignificación- para susurrar un canto de agasajo frente al aniquilamiento.
La ternura, cuando se da, de pequeña es infinita, y de infinita se vuelve íntima y pequeña. Es el afecto más valiente, tiene apariencia de colibrí y aliento de dragón. Hueco recóndito que se abre como un universo nuevo entre la basura del espacio y del tiempo. No pertenece al reino tiránico de la virtualidad y el exhibicionismo. Intimidad salvaje que vive plenamente su marginalidad y se niega a ser publicada. Es comunicación superior humana y humanística, en vías de extinción. Ofrecerla y recibirla es el feedback más perfecto que existe para el paso de los días.
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