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Nuestro poema de cada día

La compatibilidad del “realismo estricto” de Pérez Galdós con su profunda sensibilidad poética. V

La poetización de la pobreza extrema y de la mendicidad a través de la mirada compasiva de Pérez Galdós
jueves 29 de octubre de 2026, 08:07h
Retrato de Benito Pérez Galdós. Félix Badillo es el autor del dibujo original, y Arturo Carretero el del grabado. Se publicó el 30 de marzo de 1883 en la revista cultural madrileña “La Ilustración Española y Americana” (año XXVII, número 12, página 189. [Este tipo de retratos enmarcados en óvalos xilográficos eran muy comunes en la prensa de la época para homenajear o ilustrar perfiles de las grandes figuras de las letras y la política española del siglo XIX].
Retrato de Benito Pérez Galdós. Félix Badillo es el autor del dibujo original, y Arturo Carretero el del grabado. Se publicó el 30 de marzo de 1883 en la revista cultural madrileña “La Ilustración Española y Americana” (año XXVII, número 12, página 189. [Este tipo de retratos enmarcados en óvalos xilográficos eran muy comunes en la prensa de la época para homenajear o ilustrar perfiles de las grandes figuras de las letras y la política española del siglo XIX].

A la hora de situarse ante la pobreza en el Madrid de finales del siglo XIX, Pérez Galdós trasciende el “documento social extremo” -más propio del determinismo naturalista”- para inyectar en su relato -y en particular en la descripción de lugares y personajes- un lirismo de gran eficacia estética, transido de una alta dosis de espiritualidad que lo convierte en auténtica poesía en prosa. Sírvanos como ejemplo -tomado de la novela Misericordia- la descripción de la Iglesia de San Sebastián y de los mendigos que se amontonan en sus puertas en demanda de caridad a los feligreses.                                                                                                                                                            

[“Iglesia de San Sebastián (a finales del XIX)”]

 

Dos caras, como algunas personas, tiene la parroquia de San Sebastián... mejor será decir la iglesia... dos caras que seguramente son más graciosas que bonitas: con la una mira a los barrios bajos, dándoselos por la calle de Cañizares; con la otra al señorío mercantil de la Plaza del Ángel. Habréis notado en ambos rostros una fealdad risueña, del más puro Madrid, en quien el carácter arquitectónico y el moral se aúnan maravillosamente. En la cara del Sur campea, sobre una puerta chabacana, la imagen barroca del santo mártir, retorcida, en actitud más bien danzante que religiosa; en la del Norte, desnuda de ornatos, pobre y vulgar, se alza la torre, de la cual podría creerse que se pone en jarras, soltándole cuatro frescas a la Plaza del Ángel. Por una y otra banda, las caras o fachadas tienen anchuras, quiere decirse, patios cercados de verjas mohosas, y en ellos tiestos con lindos arbustos, y un mercadillo de flores que recrea la vista. En ninguna parte como aquí advertiréis el encanto, la simpatía, el ángel, dicho sea en andaluz, que despiden de sí, como tenue fragancia, las cosas vulgares, o algunas de las infinitas cosas vulgares que hay en el mundo. Feo y pedestre como un pliego de aleluyas o como los romances de ciego, el edificio frontero, con su torre barbiana, el cupulino de la capilla de la Novena, los irregulares techos y cortados muros, con su afeite barato de ocre, sus patios floridos, sus hierros mohosos en la calle y en el alto campanario, ofrece un conjunto gracioso, picante, majo, por decirlo de una vez. Es un rinconcito de Madrid que debemos conservar cariñosamente, como anticuarios coleccionistas, porque la caricatura monumental también es un arte. Admiremos en este San Sebastián, heredado de los tiempos viejos, la estampa ridícula y tosca, y guardémoslo como un lindo mamarracho.

Con tener honores de puerta principal, la del Sur es la menos favorecida de fieles en días ordinarios, mañana y tarde. Casi todo el señorío entra por la del Norte, que más parece puerta excusada o familiar. Y no necesitaremos hacer estadística de los feligreses que acuden al sagrado culto por una parte y otra, porque tenemos un contador infalible: los pobres. Mucho más numerosa y formidable que por el Sur es por el Norte la cuadrilla de miseria, que acecha el paso de la caridad, al modo de guardia de alcabaleros que cobra humanamente el portazgo en la frontera de lo divino, o la contribución impuesta a las conciencias impuras que van a donde lavan.

Los que hacen la guardia por el Norte ocupan distintos puestos en el patinillo y en las dos entradas de este por las calles de las Huertas y San Sebastián, y es tan estratégica su colocación, que no puede escaparse ningún feligrés como no entre en la iglesia por el tejado. En rigurosos días de invierno, la lluvia o el frío glacial no permiten a los intrépidos soldados de la miseria destacarse al aire libre (aunque los hay constituidos milagrosamente para aguantar a pie firme las inclemencias de la atmósfera), y se repliegan con buen orden al túnel o pasadizo que sirve de ingreso al templo parroquial, formando en dos alas a derecha e izquierda. Bien se comprende que con esta formidable ocupación del terreno y táctica exquisita, no se escapa un cristiano, y forzar el túnel no es menos difícil y glorioso que el memorable paso de las Termópilas. Entre ala derecha y ala izquierda, no baja de docena y media el aguerrido contingente, que componen ancianos audaces, indómitas viejas, ciegos machones, reforzados por niños de una acometividad irresistible (entiéndase que se aplican estos términos al arte de la postulación), y allí se están desde que Dios amanece hasta la hora de comer, pues también aquel ejército se raciona metódicamente, para volver con nuevos bríos a la campaña de la tarde. Al caer de la noche, si no hay Novena con sermón, Santo Rosario con meditación y plática, o Adoración Nocturna, se retira el ejército, marchándose cada combatiente a su olivo con tardo paso. Ya le seguiremos en su interesante regreso al escondrijo donde mal vive. Por de pronto, observable en su rudo luchar por la pícara existencia, y en el terrible campo de batalla, en el cual no hemos de encontrar charcos de sangre ni militares despojos, sino pulgas y otras feroces alimañas.

 

Benito Pérez Galdós: Misericordia, I. Madrid, Ediciones Cátedra, 2019 (1982). págs. 61-65. Colección Letras Hispánicas, núm. 170. Luciano García Lorenzo, editor literario.
[Las notas que acompañan a esta edición tienen gran interés histórico

 

Plaza del Ángel (Iglesia de San Sebastián)

 

El lienzo de la pintora brasileña Edith de Aguiar, realizado en 1930, visualiza fielmente el espíritu de la iglesia descrito por Galdós al inicio de su novela Misericordia (1897), donde el autor retrata las dos fachadas contrastadas del templo, una mirando a los barrios populares y otra al entorno mercantil de la Plaza del Ángel.

 

NOTA INTRODUCTORIA.

Pérez Galdós elige con pasmosa habilidad el nombre de los personajes principales de la novela: el viejo mendigo ciego que responde al mote de “Almudena”, y su lazarillo, Benina, símbolo de la misericordia, que inclina su ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos. Y de ahí el título de su obra -Misericordia-, en la que relata las andanzas mendicantes de ambos en el Madrid decimonónico, y presta especial atención a sus calles y plazas, a sus oratorios e iglesias, a sus barrios más populares, a los miserables interiores de las casas, a los ambientes de los bajos fondos por los que deambulan pordioseros, tullidos y menesterosos de toda índole... El propio Pérez Galdós, en el prólogo a la edición de Misericordia de 1913  (París, Nelson), explica los propósitos que le guían al escribirla: “En Misericordia me propuse descender a las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca o criminal y merecedora de corrección. Para esto hube de emplear largos meses en observaciones y estudios directos del natural, visitando las guaridas de gente mísera o maleante que se alberga en los populosos barrios del sur de Madrid. Acompañado de policías escudriñé las “casas de dormir" de las calles de Mediodía Grande y del Bastero, y para penetrar en las repugnantes viviendas donde celebran sus ritos nauseabundos los más rebajados prosélitos de Baco y Venus, tuve que disfrazarme de médico de la Higiene municipal. No me bastaba esto para observar los espectáculos más tristes de la degradación humana, y solicitando la amistad de algunos administradores de las casas que aquí llamamos "de corredor", donde hacinadas viven las familias  del  proletariado ínfimo, pude ver de cerca la pobreza honrada y los más desolados episodios del dolor y la abnegación en las capitales populosas...".

 

Grabaciones de Misericordia.

RTVE. 25 de abril de 1977. Con María Fernanda d'Ocón, José Bódalo, Luisa Rodrigo, Julia Trujillo, José Segura, Isabel Ayúcar, Carmen Segarra, Manuel Andrade, Luis García Ortega y Yolanda Cembreros en el reparto.

https://www.rtve.es/play/videos/teatro-en-el-archivo-de-rtve/misericordia/6468833/

 

En el Teatro Albéniz de la Comunidad de Madrid. 20 de marzo de 2001. Dirección de José Luis Alonso.

https://www.youtube.com/watch?v=r6JH9Hqtyfs

 

RTVE. Estudio 1, Adaptación y dirección de  Alfredo Mañas.

https://www.youtube.com/watch?v=fTYyaKB4Vkc

 

Apoyo léxico y referencias culturales. Parroquia/iglesia de San Sebastián. No se conserva el edificio que describe Pérez Galdós -construido entre 1554 y 1578 por el maestro de obras Antonio Sillero-, ya que fue saqueado y destruido en la Guerra Civil, y restaurado entre 1943 y 1959 por Francisco Íñiguez, que le da un aspecto general completamente nuevo. Tiene dos puertas de acceso: una por la calle de San Sebastián y otra por la de Atocha. (La iglesia es la denominación que recibe el templo cristiano; mientras que la parroquia es la iglesia en la que se administran sacramentos y se atiende espiritualmente a una comunidad de fieles católicos -los feligreses-, ubicada en una demarcación territorial concreta). La calle de Cañizares. Llamada primitivamente de San Sebastián, porque conducía a la iglesia de este nombre, debe su denominación actual a los cañizares que allí se encontraban. Está situada entre la calle de Atocha y la de la Magdalena. Plaza del Ángel. Formada por la confluencia de las calles de San Sebastián, Cruz, Espoz y Mina, Huertas, y los esquinazos de la plaza de Santa Ana al Este y la de Benavente por el Oeste. Campear. Destacarse de manera clara. Chabacana. De mal gusto. En la cara Sur campea, sobre una puerta chabacana [...]. La puerta de entrada por la calle de San Sebastián conserva la antigua portada, remodelada por Juan Antonio Cuervo en 1829. Ornato. Adorno. En jarras. Con los codos doblados y los puños a uno y otro lado de la cintura. Soltar cuatro frescas a alguien. Lanzarle una expresión desenfadada y algo desagradable. Anchura. Holgura, espacio suficiente para algo. Mohosa. Herrumbrosa, oxidada, corroída. [Tener] ángel. [Tener] gracia o encanto. Pedestre. Vulgar, que carece de buen gusto, elegancia y distinción. Pliego de aleluyas. Cada una de las estampas, con la palabra aleluya escrita en ellas y que, formando serie, contiene un pliego de papel con alguna explicación litúrgico-pedagógica, generalmente en versos pareados. Romance de ciegos. Romance poético sobre un suceso o historia que cantan o venden los ciegos por la calle Edificio frontero. Alusión a las dos fachadas -o caras- de la iglesia de San Sebastián. Babiana. Atrevida, audaz, bravucona [del caló barbán, engreído, vanidoso]. Cupulín [pequeña bóveda en forma de media esfera que cubre el techo] de la capilla de la [Virgen de la] Novena. Capilla construida a costa de la Congregación de Cómicos, cuya advocación adoptaron desde 1631. Afeite. Adorno, embellecimiento. Majo. Lindo, hermoso, vistoso. Tosca. Hecha con materiales de escasa calidad. Mamarracho. Desaliñado en el porte. Señorío. Conjunto de personas distinguidas. Excusada. Reservada, separada del uso común. Estadística. Conjunto de datos numéricos a partir de los cuales se obtiene inferencias basadas en el cálculo de probabilidades. Infalible. Seguro, que no puede errar. Alcabalero. Cobrador de tributos o impuestos. (La alcabala era el tributo del tanto por ciento que pagaba al fisco el vendedor en el contrato de compraventa y ambos contratantes en el de permuta). Portazgo. Derechos que se pagan por pasar por un sitio determinado; y edificio donde se cobra. Hacer la guardia. Permanecer en estado de vigilancia. Puesto. Lugar en que una o varias personas se encuentran realizando labores de vigilancia. Patinillo. Espacio cerrado (diminutivo de patio). Calle de las Huertas. Se extiende desde la Plaza del Ángel hasta el Pasos del Prado; y su nombre está motivado por las huertas allí  existentes en su momento. Estratégica. De importancia decisiva y fundamental. Riguroso. Duro de soportar, inclemente, extremado. A pie firme. Sin apartarse del sitio que se ocupa. Táctica. Sistema para conseguir o ejecutar algo. No se escapa ni un cristiano. Alusión a que nadie puede dejar de cruzarse con los mendigos para entrar en la iglesia. Glorioso. Digno de honor y alabanza. Paso de las Termópilas. En la Segunda Guerra Médica, un pequeño contingente griego, mandado por el rey espartano Leónidas, frenó el avance del poderoso ejército persa de Jerjes en el desfiladero de las Termópìlas. Aguerrido contingente. Agresivo grupo de personas que, a modo de fuerzas militares, colaboran para el logro de algún fin. Indómita. Difícil de sujetar, bravía, ingobernable. Machacón. Que repite algo con insistencia y pesadez. Acometividad. Brío, pujanza, decisión para emprender algo sin dar muestras de flaqueza. Postulación. Petición mediante súplica. Racionarse metódicamente. Distribuirse de forma ordenada. Brío. Pujanza, fuerza grande o robustez para impulsar o ejecutar una acción. Campaña. Conjunto de actos o esfuerzos de índole diversa que se aplican a conseguir un determinado fin. Novena. Práctica devota, dirigida a Dios, a la Virgen o a los santos, que se ofrece durante nueve días. Santo Rosario. Rezo de la Iglesia, en que se conmemoran los quince misterios principales de la vida de Jesucristo y de la Virgen, recitando después de cada uno un padrenuestro, diez avemarías y un gloriapatri. Adoración Nocturna. Exposición y adoración durante la noche del Santísimo Sacramento, que en la actualidad tiene lugar el Viernes Santo. Cada [uno/mochuelo] a su olivo. Expresión que se usa para indicar la acción de separarse varias personas que estaban reunidas, volviendo cada una a su casa o a su lugar de partida o procedencia.  Con tardo paso. Con lento andar. De primera intención. Por de pronto. Por el momento. Rudo. Tosco, zafio. Pícara. Desvergonzada, astuta. Campo de batalla. Sitio donde combaten dos ejércitos (en este caso, el de los mendigos y el de los feligreses que acceden a la iglesia). Alimaña. Animal dañino.

 

COMENTARIO.

Con el texto transcrito se inicia una de las mejores novelas de Pérez Galdós, Misericordia, y en la que, como señala Casadero, “su amargo pesimismo al contemplar la realidad española, se deshace en ironía, optimismo y bondad al soñar en un futuro mejor”. [1]

Si dividimos el texto en dos partes, en la primera Pérez Galdós ubica topográfica y socialmente la parroquia/iglesia de San Sebastián; y en la segunda, describe las maniobras del ejército de pobres que se hacinan en sus dos puertas, empleando toda clase de estratagemas para obtener limosnas de los feligreses.                                                    

Pérez Galdos comienza por señalar el doble rostro de esta parroquia/iglesia, en razón de cada una de sus dos puertas, según las calles por las que se accede al templo, y en consonancia con la posición social de sus gentes: la cara del Norte da a la calle Cañizares, y “mira a los barrios bajos”; y la cara del Sur da a la Plaza del Ángel, y mira “al señorío mercantil”; no obstante, ambas caras -“más graciosas que bonitas”- poseen una “fealdad risueña, del más puro Madrid”, en quien el carácter arquitectonico y moral se aúnan maravillosamente.”; afortunada imagen montada sobre un irónico oxímoron -“fealdad risueña”- y una feliz ocurrencia que lleva la imagen a sus últimas consecuencias: la admirable interrelación entre lo arquitectónico y lo moral tan propia del Madrid percibido por Pérez Galdós. Y como en la cara Norte -“desnuda de ornatos, pobre y vulgar”- se erige la torre, “podría creerse que [esta] se pone en jarras, soltándole cuatro frescas a la Plaza del Ángel”, forma muy coloquial y castiza de aludir, nuevamente desde la ironía, a esa diferencia de estatus ya señalada -“barrios bajos-cara del Norte/señorio mercantil-cara del Sur”-. Y el novelista arremete contra la imagen barroca de San Sebastián, colocada sobre una puerta -calificada de “chabacana”, para que dicha imagen no desentone del conjunto-: una imagen “retorcida, en actitud más bien danzante que religiosa”. Por otra parte, a la mirada del Pérez Galdós no escapan -en ambas fachadas- las “verjas mohosas” que cercan patios; “lo feo y pedestre” del edificio frontero -tanto como lo puedan ser un pliego de aleluyas o los romances de ciego-, cuyos muros presentan un “afeite barato de ocre”; “los hierros mohosos en la calle y en lo alto del campanario”; pero, asimismo, hay flores por todas partes -patios floridos que sirven de recreo a la vista, e incluso un mercadillo de flores-, y aun reconociendo que todo ello raya en la vulgaridad -aprovechando la presencia de flores, Pérez Galdós se refiere a la “tenue fragancia” que despiden de sí “las cosas vulgares”-, el novelista reconoce, además,   que el conjunto posee su encanto: tiene “ángel” y resulta “majo”. Si bien, recurriendo otra vez a una socarrona ironía, concluye: “Es un rinconcito de Madrid que debemos conservar cariñosamente, como anticuarios coleccionistas, porque la caricatura monumental también es un arte”.         

Y son varios los rasgos del estilo de Pérez Galdós que observamos en este primer párrafo, entre ellos, el empleo exacto de un lenguaje metafórico que mantiene su continuidad como eje vertebrador del discurso: así la identidad entre las dos caras de un mismo rostro y las  dos fachadas de la iglesia de San Sebastián; o la comparación de la iglesia, por su fealdad y vulgaridad, con “un pliego de aleluyas” y “los romances de ciego”; o la comparación del santo mártir con “un lindo mamarracho”; la eficacia de la adjetivación, que recalca -en este caso- rasgos peyorativos o aporta un matiz irónico (dos caras “más graciosas que bonitas”; “fealdad risueña” de las fachadas; “puerta chabacana” la de la cara del Sur de la iglesia; “imagen retorcida” la del santo mártir;  “desnuda de ornatos, pobre y vulgar” la fachada de la cara Norte de la iglesia; “verjas mohosas”; “cosas vulgares”; “feo y pedestre” el edificio frontero; torre babiana; “los irregulares techos y cortados muros, con su afeite barato de ocre, sus hierros mohosos” en la calle y en el alto campanario; “estampa ridícula y tosca” y “lindo mamarracho” el santo mártir...); las excelentes enumeraciones descriptivas con los adjetivos estratégicamente situados (“el edificio frontero, con su torre barbiana [a], el cupulino de la capilla de la Novena [b], los irregulares techos y cortados muros, con su afeite barato de ocre [c], sus patios floridos [d], sus hierros mohosos en la calle y en el alto campanario [e]; adviértase que la adjetivación ayuda a conferir una atmósfera vetusta a la enumeración); el manejo de la estilística verbal: los verbos están, fundamentalmente, en presente de indicativo, lo que confiere “actualidad” al texto a los ojos del lector, un lector al que a veces se dirige directamente Pérez Galdós (“Habréis notado en ambos rostros...”; “En ninguna parte como aquí advertiréis el encanto...”), o con el que se alía, empleando el plural sociativo para que comparta su punto de vista (“Es un rinconcito de Madrid que debemos conservar cariñosamente...”; “Admiremos en este san Seba0stián...”; “guardémoslo como un lindo mamarracho”).

En definitiva -y aquí aparece la ironía corrosiva de Pérez Galdós, este san Sebastián que el santo mártir simboliza es un lindo mamarracho”, aunque “heredado de los viejos tiempos” -puntualiza Pérez Galdós-, para recalcar el anacronismo religioso que encierra este rinconcito de Madrid, que “debemos conservar cariñosamente, como anticuarios coleccionistas, porque la caricatura monumental también es arte”. [2] 

El siguiente párrafo lo dedica Pérez Galdós a poner de manifiesto que la puerta  preferida por los pobres para mendigar “en días ordinarios, mañana y tarde” es la del Norte y no la del Sur, a juzgar por el mayor número de integrantes de “la cuadrilla de miseria” -imagen esta de fuerte realismo- situados en aquella, a la espera de recibir caridad por parte de los feligreses que asisten a ceremonias religiosas; y esa “cuadrilla de la miseria” actúa de forma similar a los recaudadores de tributos -los “alcabaleros”-, porque apelando a la conciencia de quienes van a purificar su alma, les cobran “el portazgo” por pasar del ámbito humano al divino; y, nuevamente, la continuidad de la imagen subraya cómo los pobres convierten la puerta de la iglesia en “la frontera de lo divino”, esto es, en  el  lugar más idóneo para que, con limosnas, los feligreses acallen sus “conciencias impuras” antes de penetrar en recinto sagrado; y, de esta manera, queda humanamente -hipócritamemte, por decir mejor- justificado ese “portazgo”.

Y en el párrafo con que cerramos el texto, Pérez Galdós presenta metafóricamente a los pobres como soldados de un ejército incansable al desmayo, atacando por todos los flancos al enemigo, sin importarles la climatología adversa, y diseñando las estrategias más apropiadas para doblegarlo -unos feligreses que no pueden liberarse de ellos, salvo que accedan al templo por el tejado-. Y para convertir a los pobres en “los intrépidos soldados de la miseria” -y, por tanto, a las limosnas obtenidas en un auténtico botín de guerra-, Pérez Galdós emplea términos militares, llevando a cabo una selección léxica que pone de manifiesto su total dominio del lenguaje, y trasladando aquellos al ámbito de actuación de unos pobres apostados en el pasadizo que sirve de entrada a la iglesia, en mendicante espera y con el propósito de lograr algunas limosnas: “hacer guardia”, “ocupar distintos puestos”, disponer de una “estratégica colocación”, “replegarse con buen orden”, “formar dos alas a derecha e izquierda”, efectuar una “formidable ocupación del terreno”, poner en práctica una “táctica exquisita”, constituir un “aguerrido contingente” que sabe “racionarse metódicamente, para volver con nuevos bríos a la campaña de la tarde”; y llegado el momento de “la retirada del ejército”, “cada combatiente marcha a su olivo con tardo paso”. El texto concluye despojando a este ejército de su brillante aureola militar -atravesar sus filas para acceder a la iglesia se compara por Pérez Galdós, en manifiesta hipérbole, con la defensa que realizó el rey espartano Leónidas del desfiladero de las Termópilas-, pues los supuestos soldados son pobres piojosos, y en “el terrible campo de batalla”, en lugar de “charcos de sangre” y de “despojos militares”, no hay más que “pulgas y otras feroces alimañas”. En cualquier caso, Pérez Galdós ya había advertido, para reforzar la continuidad de la imagen, que todos estos términos había que aplicarlos “al arte de la postulación”, precisamente cuando enumera quiénes componen este “aguerrido contingente”, enumeración  en la que no escatima los adjetivos: “ancianos audaces, indómitas viejas, ciegos machacones, reforzados por niños de una acometividad irresistible”, todos los cuales exhiben en sus comportamientos un “rudo luchar por la pícara existencia”.                             

 

NOTAS.

[1] Casalduero, Joaquín: Vida y obra de Galdós (1843-1920). Madrid, Editorial Gredos, 1974. Biblioteca Románica Hispánica. II. Estudios y ensayos, núm. 5; pág. 163.

[2] Quizá convendría recordar aquí que el anticlericalismo de Pérez Galdós -en una actitud propia del liberalismo español- no implica irreligiosidad; más bien al contrario: su profundo sentido cristiano le sitúa precisamente en una postura beligerante contra los males del clericalismo de su tiempo, desde el atraso con respecto a la evolución de la vida social que manifiesta, hasta el excesivo formalismo de unas prácticas religiosas carentes de auténtica espiritualidad.

Cf. Correa, Gustavo: El simbolismo religioso en las novelas de Pérez Galdós. Madrid, Editorial Gredos, 1974. Biblioteca Románica Hispánica. II. Estudios y ensayos, núm. 63.

El cuadro de la imagen es Dos viejos comiendo sopa (también conocido como Dos viejos comiendo o Dos viejas comiendo de una escudilla). Se trata de una de las célebres Pinturas negras de Francisco de Goya, realizada entre 1820 y 1823. En la actualidad está ubicado en el Museo del Prado, y se exhibe en  la sala dedicada a las Pinturas Negras. Originalmente, la obra fue pintada al óleo sobre el muro de la planta baja de la Quinta del Sordo, la casa de campo del pintor a las afueras de Madrid, antes de ser trasladada a lienzo a finales del siglo XIX.

 

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