Estamos ante un libro diferente y muy poco habitual, lo que incrementa su interés y su categoría. La obra se refiere a la historia bélica ocurrida en las Españas durante el Reinado de otro soberano de la Dinastía Borbón, me estoy refiriendo al enaltecido, a veces de forma excesiva, y llamado Carlos III. Creó, desde el punto de vista del concepto de un historiador, la dinastía venida desde los deseos del imperialismo voraz del Rey Luis XIV “el Rey Sol”, con su nieto Felipe V, fue bastante negativa y degenerando siempre en su evolución. El 10 de agosto de 1759, el tercer monarca de los Borbones, Fernando VI pasaba a mejor vida, después de que su gobierno prudente hubiese durado unos 13 años y, como el de su padre haber finalizado con un comportamiento de tipo psicopático. Era claro que entre los Borbones existían alteraciones de tipo psicológico, que conllevaban una evolución hacia estereotipaciones mentales dentro de sus comportamientos habituales. Fernando VI habría seguido una política pacifista y de negociación, muy diferente a la de su padre, Felipe V, belicoso, reivindicativo y que necesitaba dejar bien claro que era el auténtico heredero legal del Reino de los Austrias españoles. El primogénito había muerto pronto, Luis I, y parecía también bastante alocado. El segundogénito recientemente fallecido había conseguido llevar a buen puerto una serie de reformas internas, para conseguir modernizar aquel anquilosado Estado valetudinario y llamado España. Pero, por su corto espacio de tiempo habría dejado sin finalizar algunas de sus reformas, y todo quedaba al albur del nuevo monarca, tercer hijo de Felipe V, y una auténtica incógnita. “Fernando VI murió sin haber dejado ningún heredero al trono, por lo que la Corona Española pasó a recaer sobre su hermano Carlos, también hijo de Felipe V y de la influyente Isabel de Farnesio. Carlos había residido durante buena parte de su vida fuera de la Península, en territorio italiano, donde desempeñó un papel clave en el juego de alianzas europeas tejidas por el primer Borbón español. Allí primero había ostentado los títulos de duque de Parma (1731-1735) y posteriormente de rey de Nápoles y Sicilia (1731-1759). Carlos había sido el elegido por su padre, Felipe V, como la figura clave para tratar de recuperar la influencia de España en la Península italiana tras las mermas territoriales sufridas a consecuencia del Tratado de Utrecht (1713). Eso le llevaría a convertirse en el hombre de Felipe V en Italia. Fiel a sus principios dinásticos, durante todo su reinado en Nápoles y mientras su padre vivió, Carlos apoyó a su progenitor en todos los conflictos armados que este libró a lo largo del continente. Sería, precisamente, durante la Guerra del Segundo Pacto de Familia (1741-1748), cuando se produjo un acontecimiento que le marcaría profundamente durante toda su existencia. Inglaterra, aliada de Austria en este conflicto, desplegó frente a la ciudad de Nápoles una poderosa flota militar. Sus mandos le exigieron al rey Carlos que, el ejército napolitano abandonara las operaciones que estaba desarrollando de forma conjunta con las fuerzas españolas en el Norte de la Península italiana y adoptara una posición de neutralidad”. Si no se aceptaban las imposiciones de los Habsburgo apoyados por Inglaterra, su poderosa flota militar amenazaba con bombardear, sin ambages, a la capital de la región de la Campania, y acabar con ella de forma inmisericorde. Como Carlos de Nápoles no estaba en condiciones de defenderse, se vio obligado a humillarse ante los ingleses, y retirarse, por lo que de esta forma su padre Felipe V perdía su mejor y casi único aliado en Italia. Como buen Borbón, rencoroso y vengativo, no olvidaría este acto tan inmoral y espurio, y cuando alcanzase el trono de las Españas, sus principales deseos y objetivos serían los de acabar con el poder de Inglaterra en los territorios amputados, de forma amoral e indigna, a las Españas, durante el reinado de Felipe V. Por fin, Carlos III de Borbón alcanza el trono de las Españas, y para ser coronado, desembarcará en Barcelona, como es de rigor, el 17 de octubre de 1759. Como había sido rey de Nápoles durante 25 años, ya estaba en posesión de una importante experiencia como para poder regir, de forma aceptablemente exitosa, los destinos regios de aquel más que difícil y complicado Estado de las Españas, todavía inmerso en sus ancestrales tradiciones y tactismos sociopolíticos. Desde Nápoles había conseguido estudiar, de forma pormenorizada y global, como era el panorama europeo del momento histórico que estamos narrando. Quizás tuviese un estudio previo de que podía llegar al poder en las Españas, y por todo lo que antecede habría estudiado como reformar aquellas tierras de tanta historia y tradiciones. Las reformas abarcarían a todos los sectores sociales, pero sobre todo era muy importante comenzar a realizarlas en algo sumamente sustancial y vital para el nuevo monarca, y en este caso se encontraban el Ejército de Tierra y la Marina. En el horizonte ya tenía la Guerra de los Siete Años, entre los años 1756 y 1763. “El Casus Belli. Como paso previo a cualquier consideración, en primer lugar, se hace necesario analizar la situación política en la que se encontraba el continente europeo cuando se produjo la ascensión de Carlos III al trono de España. En ese momento en Europa se estaba librando la Guerra de los Siete Años, conflicto a escala continental en el que participaban todas las grandes potencias europeas del momento. Austria, Rusia, Prusia, Suecia, Inglaterra o Francia, así como otros estados de segundo orden aliados suyos, estaban interviniendo en el conflicto. En juego se encontraba el dominio sobre el centro de Europa, por lo que ninguno de los contendientes estaba escatimando medios materiales y humanos para conseguir lograr la victoria. España se había mantenido al margen de este conflicto, dada la política de neutralidad practicada en todo momento por Fernando VI”. La política de los Borbones había debido ir a remolque de los deseos imperialistas del Rey Sol, y Francia tenía muchas apetencias insatisfechas, bien en tierras o territorios, y en poder absoluto. Felipe V había seguido, a pies juntillas, a su abuelo, Luis XIV, en todas sus innecesarias guerras para las Españas, pero los recursos estaban ya agotados, por lo que Fernando VI se abstuvo de participar en el nuevo conflicto que había estallado. Lo más grave del caso estribaba en que Francia e Inglaterra se estaban enfrentando en América, y allí sí estaban prístinos los intereses españoles. En el Tratado de Aachen o Aquisgrán, del año 1748, los franceses estaban perdiendo y ya lo aceptaban. “Tras un corto periodo de paz, los enfrentamientos entre Inglaterra y Francia se reanudaron de nuevo en territorio americano en 1754. Los motivos que condujeron a la reapertura de las hostilidades eran muchos y variados, no habiendo quedado satisfactoriamente resueltos ninguno de ellos con los acuerdos de paz firmados previamente. El primero de los motivos de disputa, y quizás el más importante, era el mantenido con relación al control sobre las ricas zonas peleteras. Pero, también entraban en juego las querellas por la posesión del territorio ubicado al Oeste de los Montes Apalaches o las diferencias a causa de los derechos de pesca en las aguas de Terranova. A nivel geoestratégico, para Francia resultaba vital frenar la expansión inglesa hacia el Oeste. Lo que le llevó a construir una cadena de fuertes entre sus posesiones canadienses y Nueva Orleans”. Está claro que, por los obvios intereses hispanoamericanos, España ya estaba involucrada sensu stricto en el belicismo existente entre Francia e Inglaterra. Como las posesiones francesas-americanas habían desaparecido, Carlos III tenía miedo y prevención de que ahora Inglaterra dirigiera sus apetencias imperialistas hacia los territorios españoles en América y, por consiguiente, ya tenemos en el tablero político el caldo de cultivo necesario para comenzar la guerra. El resto está en la obra. «El reinado de Carlos III estuvo completamente condicionado por la herencia recibida de su padre Felipe V, además de por la humillación a que el propio Carlos se vio sometido frente a la escuadra inglesa cuando era rey de Nápoles. Esa animadversión hacia Inglaterra marcaría su vida, sucediéndose los enfrentamientos contra esa potencia durante buena parte de su reinado. Los fracasos militares fueron la tónica dominante durante de Guerra de los Siete Años (1756-1763), destacando la pérdida de La Habana y Manila; sin embargo, los ejércitos españoles consiguieron importantes triunfos frente a los portugueses en América del Sur. Aunque ambas plazas fueron devueltas en última instancia a su legítimo propietario, debió pagarse un alto precio por ello. El Norte de África constituiría durante el reinado de Carlos III otro de los escenarios calientes. A la exitosa defensa de Melilla en 1774-1775 frente al Sultán de Marruecos, le siguió el estrepitoso fracaso contra Argel ese último año. No obstante, la diplomacia se encargaría de solucionar aquello que no habían logrado las armas. Mejor suerte tendría España frente a Portugal en el Río de la Plata durante la nueva guerra desatada en 1776-1777 y que solucionó los problemas de forma definitiva en este complicado escenario». ¡Libro muy interesante y muy diferente al habitual panegírico sobre Carlos III, ‘el mejor alcalde de Madrid’! «Totus aut nihil. ET. Soli Deo Gloria. ET. Ut desint vires, tamen est laudanda voluntas». Puedes comprar el libro en:
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