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"Europa unida. Dieciocho discursos y una carta", de Winston Churchill

miércoles 22 de junio de 2016, 07:02h
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Europa Unida
Europa Unida

A escasos días de que Reino Unido determine, en el referendo previsto para el 23 de junio, si permanece o abandona la Unión Europea, nada más oportuno que recordar cómo entendió Winston Churchill la unidad europea y qué papel asignó a su país en la misma.

Para ello, Belén Becerril ha realizado un extraordinario trabajo de síntesis y análisis del pensamiento europeo de Churchill, a través de una cuidadosa selección de sus más significativos discursos. Sin embargo, la labor de la Doctora Becerril va más allá.

Al respecto, nos propone un prólogo en el que desentraña el objeto de estudio en sus partes integrantes y lo contextualiza. El resultado es un capítulo brillante en cuanto a su exposición, magistral en lo relativo a la documentación y con una capacidad para relacionar acontecimientos que corrobora su solvencia intelectual y su rigor científico. Asimismo, permite que el lector sepa qué va a encontrar más adelante, puesto que ordena el contenido, sin olvidar el valor de las fotografías que ilustran la obra.

Con todo ello, Belén Becerril nos advierte de cómo Churchill, por su mayúscula influencia, ha sido empleado como argumento de autoridad en diferentes etapas de la reciente historia británica, en ocasiones adulterándose sus argumentos. De esto último es buen ejemplo el escenario actual, donde sobresalen numerosos adalides del Brexit que distorsionan las tesis de Churchill para avalar posturas aislacionistas/nacionalistas.

En ese sentido, al término de la obra, el lector extraerá como conclusión principal que el protagonista abanderó la unidad europea, convirtiéndose en una suerte de “mecenas” de la misma, aunque en ningún momento dejó sentado que su país tenía como obligación formar parte de la misma como Estado miembro. No obstante, tampoco postuló una suerte de renuncia infinita. En este punto radica la originalidad de Churchill y la necesidad de estudios como el de la Profesora Becerril Atienza.

En efecto, Churchill contempló la unidad europea como la gran herramienta para evitar que se repitieran las guerras intestinas que habían destrozado al “viejo continente” durante la primera mitad del siglo XX. Así, en su discurso en el Royal Albert Hall de Londres (14 de mayo de 1947) espetó lo siguiente: “esperemos ver una Europa en la que hombres de todas las regiones se sientan tan europeos como miembros de sus respectivos países de origen, y que dondequiera que vayan en este amplio dominio puedan decir verdaderamente “aquí me siento en casa” (pág. 83).

En consecuencia, las ideas que sobre la unidad europea habían expuesto algunos intelectuales (como Richard Coudenhove-Kalergi) al término de la Primera Guerra Mundial, encontraron en Churchill el catalizador adecuado, cuya defensa de la unidad europea no admite dudas.

Además, propuso un rol protagonista para Alemania, consciente de que el revanchismo que caracterizó a los vencedores tras 1918, sembró las semillas del nazismo y el fascismo (cuyo funcionamiento liberticida él anticipó, sin ser escuchado).

Junto a ello, no debemos subestimar que se convirtió en el portavoz autorizado de los países del Este de Europa que habían caído bajo la tiranía del comunismo soviético y hacia los cuales siempre pronunció palabras de apoyo. A modo de ejemplo de esta afirmación, Churchill expresó lo siguiente: “las circunstancias actuales nos fuerzan a limitar nuestra acción a las naciones libres de la Europa democrática. Pero ni por un momento olvidaremos que detrás del Telón de Acero hay pueblos que comparten nuestra cultura y nuestras tradiciones, y que no tienen mayor anhelo que el de unirse a nosotros. Todos nuestros planes para la nueva Europa deben basarse en la firme asunción de que nuestros socios europeos ahora sojuzgados por el totalitarismo, tan pronto como sean libres, vendrán a ocupar su sitio en el Consejo de Europa” (pág. 136).

A partir de 1945, Churchill ejerció un liderazgo en la escena internacional, aunque no era el Primer Ministro británico. El laborismo se había impuesto en las elecciones celebradas al término de la Segunda Guerra Mundial, pese a lo cual, el gobierno de Clement Attlee tuvo escasa influencia en los planes que condujeron a la unidad europea, la cual percibió de manera cortoplacista y con elevadas dosis de indiferencia, que Churchill condenó y calificó como “socialismo insular” (pág. 142), el cual tenía en Hugh Dalton a una de sus principales figuras.

En este sentido, la obra también nos ofrece una excelente radiografía tanto del contexto interno británico como del panorama internacional. Dentro de este último, sobresale la voracidad territorial de la URSS al término de la Segunda Guerra Mundial. De este fenómeno daba cuenta Churchill en su histórico discurso de Fulton (5 de marzo, 1946): “por lo que pude ver de nuestros amigos y aliados rusos durante la guerra, estoy convencido de que no hay nada que ellos admiren más que la fuerza, y nada hay que les merezca menos respeto que la debilidad, especialmente la debilidad militar. Por esta razón, la vieja doctrina del equilibrio de poder resulta ahora inconveniente” (pág. 65).

En consecuencia, cuando en 1951 se produjo su retorno al número 10 de Downing Street, fueron muchos los que pensaron que bajo su gobierno, Reino Unido se uniría a la CECA. Los acontecimientos demostraron lo contrario. Sin embargo, el rechazo de Churchill a formar parte de la Europa unida fue elegante y no buscó el enfrentamiento. Simplemente, otorgó prioridad a otros escenarios como la Commonwealth y la relación especial con Estados Unidos (enfatizando la importancia de este país durante la Segunda Guerra Mundial y también con posterioridad a 1945, mediante la ayuda económica brindada a Europa a través del Plan Marshall). Con sus mismas palabras: “si los hijos de Europa no hubieran regresado, cruzando el Atlántico para rescatarnos con sus poderosas armas, todos los pueblos de Europa podrían haber caído en la larga noche del despotismo totalitario nazi” (pág. 50).

En este sentido, en Churchill aún primaba una visión grandilocuente de la función que a su país le correspondía jugar en el tablero global. Al respecto, sostenía que “Gran Bretaña es una parte integrante de Europa y deseamos desempeñar el papel que nos corresponde en el renacimiento de su prosperidad y grandeza. Pero Gran Bretaña no es un simple estado aislado. Ella es la fundadora y el centro de un imperio mundial y de la Commonwealth” (pág. 134).

Por tanto, el protagonismo que concedió a la unidad europea durante el periodo 1945-51 contrasta con el menor espacio de que dispuso dicho tema en sus discursos a partir de 1951. Aún así, avaló la primera petición de entrada (gobierno de Harold MacMillan), si bien guiado más por el pragmatismo/realismo que por la eurofilia.

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