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Adrian Shubert
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Adrian Shubert (Foto: Javier Oliaga)

Adrian Shubert: “La figura de Espartero ha sido borrada de la historia española”

Entrevista con el autor de “Espartero, el pacificador”

miércoles 31 de octubre de 2018, 12:56h
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Si hiciésemos una encuesta a los españoles sobre quién fue Espartero, muy pocos sabrían responder, algunos recordarían más a su caballo que a él. Su estatua ecuestre, a la entrada del Retiro, fue durante algún tiempo lugar de citas y reunión. Al menos, yo solía quedar con mis amigos bajo su monumento para ir a remar al Estanque del Retiro. Ese monumento fue erigido por suscripción popular; en la actualidad, yo no daría ni un duro para erigir un monumento a cualquiera de nuestros políticos.

Adrian Shubert
Adrian Shubert (Foto: Javier Oliaga)

Era muy normal, en aquellos tiempos, citar a los testículos de tan gallardo corcel atribuyéndolos mucho valor, quizá el que tuvo el insigne general y político manchego que comenzó su carrera militar de adolescente contra el francés en la primera década del siglo XIX. Pero ahí, no quedó la cosa, luchó en tierras americanas del Perú contra los independentistas y en las patrias contra los absolutistas carlistas. Curiosamente, quitaron el nombre suyo de algunas calles en el País Vasco y se dejaron las del general reaccionario Zumalacárregui. Cosas de la ignorancia, porque Espartero fue siempre un militar liberal y progresista.

Como político también se mantuvo en las filas liberales, pero con la Restauración, dejó de ser útil. “Era un político que no encajaba. La figura de Espartero ha sido borrada de la historia española”, afirma el hispanista canadiense Adrian Shubert en una entrevista que mantuvimos en la sede de su editorial Galaxia Gutenberg en Madrid a raíz de la publicación de la extensa biografía “Espartero, el Pacificador”.

Adrian Shubert cree que el interés que ha suscitado la historia del siglo XX ha eclipsado a la del XIX, “fue el siglo de la negación de todo lo español, la guerra de la Independencia, la pérdida de las posesiones americanas, las guerras carlistas y como colofón, la pérdida de Cuba y de las Filipinas, hicieron que fuese el siglo negro de la historia española”, recuerda.

Baldomero Espartero al ser una figura señera de XIX quedó eclipsado por tan infaustos acontecimientos. “Ahora, los únicos que recuerdan a Espartero, y para mal, son los carlistas y los nacionalistas vascos y catalanes. Los infundios han llegado a hacerle responsable de aquella penosa frase de: a Barcelona habría que bombardearla cada 50 años. Ni que decir tiene que nunca dijo semejante barbaridad, es más, su figura era muy apreciada en Cataluña y se le hicieron muchas alabanzas, incluso un largo poema en catalán de Víctor Balaguer, una de las figuras principales de la Renaixença, autodenominado El trovador de Montserrat.”, recapitula el historiador canadiense. Esa mala publicidad opacó al que fue el protagonista del abrazo de Vergara, que supuso el fin de la Primera Guerra Carlista.

“Espartero no tenía talante político y las dos veces que tuvo el poder político, fracasó”

Para el profesor Adrian Shubert, “Espartero siempre se vio ante todo como militar. Un militar que tuvo que asumir un papel de político para salvar al país y a la reina Isabel II en unos momentos catastróficos para el mismo. No tenía talante político y las dos veces que tuvo el poder político, fracasó estrepitosamente”, evalúa y añade “después de abandonar la política se recluyó durante 26 años en Logroño hasta que fallecío. Desde allí, mantuvo su influencia en el partido progresista. Se cuenta que en la capital decían que había que tener en cuenta lo que se decía desde Paris, Londres, Florencia -entonces, capital de Italia, y Logroño”.

Lo que decía Baldomero Espartero -eres guapo y con dinero, que más quieres Baldomero, se cantaba en una coplilla de la época, aludiendo a su matrimonio con una hacendada riojana- pesaba mucho en la Corte. Pese al apoyo que le demandaron los conspiradores del 68, Espartero siempre se mantuvo fiel a la reina, nunca habló mal de ella pese a los problemas que tuvo con esta reina que le gustaba meter mucha mano en la política, todo lo contrario que los monarcas británicos.

Espartero siempre estuvo a favor de las autoridades legítimas, aunque fuesen tan absolutistas como Fernando VII, un típico producto del XVIII. “Isabel II fue formada en un ambiente cortesano y no político, sólo durante la regencia de Espartero recibió algo de formación liberal”, alude el biógrafo de Espartero en un más correcto castellano y agrega “hay que tener un poco de simpatía por la reina Isabel II, aunque metiese mucha mano en la política”.

Los hispanistas extranjeros tenemos la ventaja de tener otra perspectiva diferente a los historiadores españoles

Durante las guerras carlistas, los británicos ayudaron a los liberales como antes lo hicieron en la Guerra de la Independencia -si a eso se le puede llamar ayuda, ya que arrasaron varias ciudades sin el mayor motivo-, porque “veían a los carlistas como aliados de los franceses, era una cuestión de geopolítica”, opina sagazmente.

Es curioso que haya tenido que ser un historiador extranjero el que abordase la biografía de Espartero. “Anteriormente, se publicaron un par de hagiografías, la última del Conde de Romanones, que era muy novelesca. Los hispanistas extranjeros tenemos la ventaja de tener otra perspectiva que los patrios”, expone con fluidez y abunda diciendo “que los historiadores angloparlantes están muy acostumbrados a escribir para un público no académico”, aquí se miran demasiado el ombligo.

Shubert cree que, en una biografía, “es muy importante que se oiga la voz del protagonista. Por eso, accedí a la correspondencia privada de Espartero con su mujer. Durante la guerra Carlista tengo contabilizadas 620 cartas del general a su esposa y de ella unas 210 cartas. Espartero tenía una fuerte dependencia emocional con su esposa”.

Para finalizar, el autor de “Espartero, el pacificador” nos ofrece un pormenorizado retrato del general. “Lo veo como un hombre de un valor físico increíble que acabó en la política, aunque no fuese su medio natural. No fue una persona ambiciosa, pero sí vanidosa. Llegó a creerse una persona que tenía un conocimiento privilegiado de lo español, un intérprete de la voluntad nacional, pero, realmente, era muy poco reflexivo, nunca parecía tener dudas, concluye Adrian Shubert

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