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Francisco J. Castañón: "Equipaje sin lastre"

Sociedad Española de Estudios Humanísticos (SEEHU), Madrid, 2019

viernes 23 de agosto de 2019, 12:38h
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Equipaje sin lastre
Equipaje sin lastre

Cuando el discurso tiene como origen no solo la inteligencia, sino también el corazón del que habla, el mensaje llega al lector de una manera más nítida, más humana: y eso, al fin, es cuanto pretende el autor y desea el buen lector. Se trata de que a éste se le trate con la consideración debida, con amistad y respeto, con sosiego y argumentos que validen todo aquello de la vida que nos confiere proximidad, entendimiento, y no palabrería innecesaria.

Es así que cuando el autor escribe, en el poema ‘Invierno’: “Es invierno/ La pálida nieve crece sin mácula/ sobre la sonámbula experiencia/del profundo reino de paradojas/ fundado por las larvas del escarabajo,/ mientras el septentrión pausadamente/ esculpe, a golpe de soledades,/ la faz de las cumbres…” Aquí demuestra, al tiempo de su vínculo sincero y limpio con la naturaleza, su vínculo con el sentido de amistad y trascendencia, alma de la sinergia que pretende le vincule con el lector –el que fuere- de un modo tan solidario como inequívoco. Esto es, le valora.

En todo tiempo la palabra ha de servir para descubrir y guardar, para pensar y vivir con una predisposición que habrá de ir, necesariamente, más allá de cualquier anecdotario pasajero, y sí para establecer la comunicación desde dentro, desde el que siente en su condición de igual, implicado sencillamente en la naturaleza. Y ello se confecciona a través del discurso del poeta, el que de verdad elabora belleza en lo que siente y la transmite a ese solitario que observa y, en ello, se observa. El discurso directo, humano, ha de ser implícito al paisaje exterior e interior: el uno lo piensa y el otro lo percibe y adopta según su parecer, pero la premisa ha de ser siempre la sencillez significativa; desde luego, lejos de ese comportamiento equívoco para sobrevivir, de esa máscara burladora, esto es, renegando de esa realidad que suponga: “Un día más sumido entre las máscaras/ que cordiales nos sostienen y se muestran/ en cada coyuntura de intensidades desiguales” Es decir: “Entre esas máscaras tratables/ o sin codiciarlo envilecidas,/ por complicidad acogedoras/ o con las tensiones bien fijadas/ para dar la cara a la intemperie”.

No, la razón para vivir ha de ser estrictamente constructiva, sin ambages, sin disimulos, para que así fluya ese vivir como concordia, como comprensión; sin ignorar el mal o lo desacorde, más con aceptación y un diálogo que comprenda y no excluya por falsos intereses. Muy atinadamente escribe Javier Velasco en el prólogo que estamos ante un autor que ‘examina e indaga en el alma humana, profundiza de manera certera en esos recovecos de la personalidad que no suele salir a la luz’.

El poeta, así, favorece la unión a los símbolos de la naturaleza y la significación de la realidad con esas palabras bien elegidas que propicien una concordia dialogante y crítica: el futuro nos espera. Ello a sabiendas de que “En el mes de las hojas terminales,/ deseos y utopías son rehenes/ de la ansiada y reveladora lluvia (…) En el mes de las hojas vencidas/ las hipótesis discurren turbias,/ con perfume de tierra distante/ y embebida,/ y entre los canchales se remugan llanas filosofías”.

Al fin, las nuestras, las cotidianas, las de cada cual, las de cada soledad.

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