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«Oh dulce España, patria querida», Miguel de Cervantes Saavedra

Miguel de Cervantes Saavedra
Miguel de Cervantes Saavedra (Foto: Archivo)

La fe de Miguel de Cervantes Saavedra, autor de El Quijote

sábado 08 de febrero de 2020, 12:12h
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El héroe de Lepanto, «católico y fiel cristiano» (El Quijote, I-XIX), y lector de unas Horas de Nuestra Señora, el 4 de junio de 1593 en Sevilla, no solo afirmó ser «hijo y nieto de personas que han sido familiares del Santo Oficio de Córdoba» (K. Sliwa, Documentos, 262-63), sino también aseveró creer «firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la Santa Iglesia católica romana» (El Quijote, II-VIII), y estar en Roma, donde «besé los pies al Sumo Pontífice, confesé mis pecados con el mayor penitenciario, absolvió me de ellos, y dióme los recaudos necesarios que diesen fe de mi confesión y penitencia… visité los lugares tan santos como innumerables que hay en aquella Ciudad Santa» (La española inglesa).

En 1570, Miguel, «camarero» del cardenal Giulio Acquaviva d’ Aragona (1546-1574), abandonó el Palacio cardenalicio en «La Ciudad Eterna» porque de las «cuatro cosas» por las que se «han de tomar las armas y desenvainar las espadas y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas, la primera [es] por defender la fe católica» (El Quijote, II-XXVII). Durante la batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571, Cervantes, «hombre de confianza» (K. Sliwa, Documentos, 101-04) exclamó: «más quería morir peleando por su Dios y por su Rey que no meterse so cubierta» (K. Sliwa, Documentos, 50-51).

A pesar de su primer fracaso del intento de escape, «un tiempo amargo» según el profesor Juan José Pastor Comín (Anales cervantinos, 2007, 354), Cervantes, hombre de la fe auténtica, no dejó de pensar en «alcanzar la libertad perdida» (El Quijote, I-XL). Su poder de la fe inquebrantable, sometido a pruebas de extremo a extremo, no solo fue basado en la Palabra de Dios: «no temas, solamente ten fe» (Evangelio de San Marcos, 5: 36) y «no temas, hombre apreciado, la paz contigo, sé fuerte y ten ánimo» (Daniel¸10:19), sino también se erigió sobre toda adversidad, y lo aplicó así: «si las prisiones no doblas, haz cuenta que me has perdido que, aunque me desmoches todo y me pongas de otro modo peor que éste en que me veo, tanto el ser libre deseo, que a la fuga me acomodo por la tierra o por el viento, por el agua y por el fuego; que, a la libertad atento, a cualquier cosa me entrego que me muestre este contento. Y aunque más te encolerices, respondo a lo que me dices, que das en mi huida cortes, que no me importa el ramo cortes, si no arrancas las raíces» (Los baños de Argel, I), y «si no me cortas los pies, al huirme no hay reparo» (Los baños de Argel, I). Sin ningún género de dudas, Cervantes brinda un ejemplo de la perseverancia, integridad y lealtad a Dios, un ejemplo de la victoria en la inimaginable prueba, ya que ninguna tormenta pudo alejarlo de Dios y su meta.

El 12 de octubre de 1580 en Argel, Juan de Valcázar juró que ««no solamente hizo un solo bien el dicho Miguel de Cervantes en encaminarles que se volvieran a la verdadera fe de Jesucristo que de antes tenían, más evitó a que no permaneciesen en andar por la mar en coso, martirizando a los cristianos que bogaban el remo» (K. Sliwa, Documentos, 88-90). Sin embargo, se nota la apatía de algunos biógrafos cervantinos, quienes no destacan las descripciones ejemplares del carácter y la conducta del héroe de Argel durante los 5 años de su cautiverio, quien «vivió como buen cristiano, y temeroso de la honra de Dios, quien confesaba y comulgaba, y cuando tenía prácticas con moros o renegados siempre defendía la fe católica, confrontando y animando a muchos, para que no se hiciesen moros o renegados y lo poco que tenía, lo había repartido en favorecer entre los pobres cristianos» (K. Sliwa, Documentos, 74-78). Incluso, se descarta que Cervantes ponía en práctica «la santidad [que] consiste en la caridad, humildad, fe, obediencia y pobreza» (El Quijote, II-XLIV).

Pese a los textos literarios y los documentos cervantinos que se respaldan y corroboran recíprocamente, se silencia la legitimidad de la declaración de Miguel, quien aseguró: «respeto y adoro como católico y fiel cristiano que soy» (El Quijote, I-XIX), y se borra de la memoria que Cervantes, juez ejecutor de la Contaduría Mayor de Hacienda de El Rey Prudente para el aprovisionamiento de la Armada Invencible y las Galeras de España y las Flotas de la Carrera de las Indias, demostraba su fe verdadera por obras, esto es: «el agradecimiento que sólo consiste en el deseo es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras» (El Quijote, I-L), y «así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta» (Santiago, 2: 26).

Las obras maestras de Cervantes, llenas del espíritu bíblico, testimonian «la connaissance précise qu’a eue Cervantès des textes sacrés» conforme al profesor Jean Canavaggio («Cervantès et La Bible», 3), y confirman que Miguel mantenía la pureza moral y espiritual de sus pensamientos porque «lo que sale de la boca proviene del corazón» (Mateo, 15: 18-20). Aún comprueban que practicaba el amor, la sinceridad, y la fidelidad a Dios al proclamar que «me atreveré a decirte, que si por algún modo alcanzara que la lección de estas Novelas pudiera inducir a quien las leyera a algún mal deseo o pensamiento, antes me cortara la mano con que las escribí, que sacarlas en público» («Prólogo», las Novelas ejemplares).

He aquí unos ejemplos espléndidos: el doctor Gutierre de Cetina al ostentar la licencia para imprimir las Novelas ejemplares (1613) alega que «no contenían cosa contra la fe ni buenas costumbres, antes con semejantes argumentos nos pretende enseñar su autor cosas de importancia y el cómo os hemos de haber en ellas» (K. Sliwa, Documentos, 354-55), fray Diego de Hortigosa sostiene que en las Novelas ejemplares «no halló en el cosa contra la fe y buenas costumbres, por donde no se pueda imprimir, antes halló el en cosas de mucho entretenimiento para los curiosos lectores, y avisos y sentencias de mucho provecho, y que proceden de la fecundidad del ingenio de su autor, que no lo muestra en este menos que en los demás que ha sacado a luz» (K. Sliwa, Documentos, 355), el maestro José de Valdivielso cede la licencia para imprimir el Viaje del Parnaso (1614) por no enseñar «en contra la fe católica ni las buenas costumbres, y por tener muchas apacibles y entretenidas, muy conformes que el autor honró la nación y celebró el mundo» (K. Sliwa, Documentos, 362), y Gutierre de Cetina da la licencia para la 2ª parte de El Quijote (1615) «por no contener ninguna cosa en contra la fe ni de las buenas costumbres, antes era libro de mucho entretenimiento lícito, y mezclado de mucha filosofía moral» (K. Sliwa, Documentos, 367). Igualmente, cabe destacar que el escritor Ramiro Pinto Cañón cita al profesor Emilio Sola, quien considera la novela Don Quijote de la Mancha¸ una especie de la Biblia, «libro sagrado, moderno, civil y laico» (Cervantes libertario, de Emilio Sola, en «Lecturas de Ramiro Pinto», 2017).

A los casi 66 años de edad, el 2 de julio de 1613, Cervantes, hombre de carne y hueso, aprovechó su paso por última vez a su ciudad natal, Alcalá de Henares, para tomar «el hábito en la Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís» (K. Sliwa, Documentos, 356) porque «tenía de confesar y publicar a voces la fe de Jesucristo» (El amante liberal), cuyo acto tuvo lugar «en el monasterio franciscano de Santa María de Jesús, conocido por el vulgo como de San Diego» acorde con el Cronista Oficial de Alcalá de Henares, Manuel Vicente Sánchez Moltó (Miguel de Cervantes, 18).

En ningún documento legal ni obra de uno de los comisarios más fieles, honestos y leales de «Friedensfürst» se encuentra la menor hipocresía del creador del personaje de Don Quijote, héroe de la fe, quien «piensa con la Biblia» de acuerdo con el profesor Juan Antonio Monroy Martínez (Cervantes y la Biblia, 2017, 3), prologada por el profesor Alfonso Ropero Berzosa, y quien dice y no hace como lo practicaban los hipócritas fariseos relatados por Jesús Cristo, y quienes decían creer en Dios, pero no le sirvieron realmente con el corazón y continuaban pecando intencionadamente. Añádase a esto que Miguel, «devoto humilde y nuevo peregrino de la Ciudad de Dios» (El Persiles), siempre vivía por fe, tenía sed de Dios, y subsistía con arreglo al versículo bíblico, donde Jesús Cristo aclaró que «no todo él me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mateo, 7: 21-23).

En concreto, a pesar de las duras e inimaginables pruebas, exemple gratia, las heridas en Lepanto, el cautiverio, el espionaje en Orán y Mostagán, el rechazo de sus dos peticiones de emigrar a América Latina, y los injustos encarcelamientos, Cervantes, temeroso de Dios, nunca perdió fe en su Dios. Siempre tenía la βιβλία, clave de su fe cristiana, en su corazón, la leía, meditaba y aplicaba para transformarse y transformar a otros, y más importante, alababa, bendecía, glorificaba, honraba y magnificaba a Dios como una forma de evangelizar. Para Cervantes, triunfo del espíritu humano, la Palabra de Dios fue la verdad, y por ello, no solo amaba, confiaba y creía en Dios, sino también todas sus obras se fundamentan en la «Santa Biblia», escrita por Dios, fuente de la sabiduría del «Príncipe de los ingenios españoles», donde «no puede faltar un átomo en la verdad» (El Quijote, I-2).

«Laus in Excelsis Deo».

Krzysztof Sliwa

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