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Mario Pérez Antolín
Mario Pérez Antolín (Foto: Javier Velasco Oliaga)

Diez microrrelatos del libro "Contrariedades", de Mario Pérez Antolín

domingo 12 de julio de 2020, 10:00h
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Publicamos en exclusiva diez microrrelatos del libro "Contrariedades", de Mario Pérez Antolín. El autor abulense es uno de los aforistas más importantes de nuestro país. Sus libros en este género (Profanación del poder, La más cruel de las certezas, Oscura lucidez, Crudeza y Contrariedades) han recibido elogios de escritores tan eminentes como Eugenio Trías, Victoria Camps, Joan Subirats, Vicente Verdú, Juan Carlos Mestre o Jaime Siles. Antólogo de Concisos, que reúne a los mejores aforistas españoles contemporáneos. Autor de cuatro poemarios: Semántica secreta, Yo eres tú, De nadie y Esta ínfima parte de infinito. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, al italiano y al francés.

Contrariedades
Contrariedades

Mi madre nunca me soltaba dentro de la barca. Ahora, esta mujer con una cruz roja en el chaleco también me abraza como si fuera su hijo. Reparten mantas y no pegan. Yo quiero volver a casa para jugar con mis primos. Tengo miedo del mar porque se enfada sin motivo. Mi madre decía que nos esperaban cosas buenas al final del camino. Ojalá. De momento, la tristeza, el hambre y el frío continúan conmigo.

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La rosa está harta de tanto simbolismo poético. El resto de las flores la consideran una pretenciosa. Como si fuera suya la culpa de semejante aluvión metafórico. De hacer caso a los poetas, ella contendría la belleza esencial, el tiempo inapelable y casi todos los conceptos de los manuales de estética y ontología. Desea que la liberen de esta responsabilidad. Ya son muchos años soportando el preciosismo reiterativo de la lírica empantanada. Se parece a un monarca, cansado de reinar, al que le asquean los halagos. ¡Que la cojan con otra! Una imagen más, incluso buena, y dejará de llamarse «rosa» para llamarse «nada».

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Abrí la puerta de la habitación 103 en el hotel, y una pareja de novios buscaban, arrodillados, el cheque sin fondos de su compromiso sincero. Abrí la puerta de la habitación 224, y un profesor interino veía en la televisión un canal porno para aliviar su soledad y su parafilia. Abrí la puerta de la habitación 300 y estaba desocupada. Según el recepcionista, yo había muerto ayer en ella después de ingerir una sobredosis de barbitúricos con el vodka cristalino del minibar.

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Ella me puso la condición de que teníamos que amarnos a distancia. Nuestro único vínculo era epistolar. Ni siquiera una foto me envió para que conociese su rostro. Un día, arrastrado por la curiosidad, me acerqué a su casa con el propósito de observarla desde la lejanía. Después de varias horas de espera, obtuve la recompensa que deseaba: su porte infundía respeto, aunque no le acompañara la belleza. A partir de entonces, y sin mediar palabra, sus cartas dejaron de llegar. Cuando quise consolarme releyendo las que guardaba en varias cajas, casi muero al comprobar que todas habían sido borradas. Mis lágrimas mojaron un montón de papeles en blanco.

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Escribo sobre la mujer de enfrente sin que lo sepa. Eso apenas importa porque yo tampoco sé que ella, ahora mismo, fantasea conmigo. Pronto nos olvidaremos. Nuestros caminos quizá nunca coincidan. Ni siquiera lograré informarla de que protagoniza uno de mis textos. Disfruto entablando relaciones ficticias y conjeturales, que evitan la odiosa proximidad de una desavenencia probable.

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El mensajero intentó dejarme un paquete. Tendrá que venir el próximo día laborable a entregármelo. Resulta difícil saber qué contiene por la forma y el tamaño. Debo abrirlo para salir de dudas. Tal vez se trate de algo importante. Dentro hallo solo una tarjeta que dice esto: «¿Te acuerdas de mí? Yo tampoco me acuerdo de ti, como demuestra el vacío completo de esta caja sin nada».

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Camina por el arcén, en pijama, un poco antes de que amanezca. Nadie se suele dar cuenta de su falta hasta que le toca tomar la pastilla de la noche. Su madre lo sigue queriendo con una ternura impropia de su edad. Aguanta las bromas mejor que la indiferencia y sospecha de tantas atenciones cuando no las necesita. Más que a una huida, su marcha obedece a una incitación.

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Aquí, donde me encuentro, los animales son libres. Están prohibidos las mascotas y el tráfico de especies. Aquel que humaniza, aunque lo haga con buenas intenciones, a una cría de gato montés, pongamos por caso, lo paga. Cada cierto tiempo se queman jaulas, trampas y pajareras para ahuyentar los malos espíritus de los adiestradores. Entre muchos convirtieron un zoológico en un memorial a las víctimas de la domesticación. Yo, como representante de todos los hombres, debo enseñarlo; y así me gano la vida, ejerciendo de guía dentro de este recinto, que me avergüenza con solo abrir sus puertas.

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Se acercan a la Tierra y nadie sabe de dónde vienen. Con estos alienígenas, los misiles intercontinentales no sirven de nada. Irradian una luz que atrapa los sobresaltos inmediatamente. A falta de una mejor denominación, la prensa los llama «ángeles galácticos», pero lo cierto es que ni pertenecen a la galaxia ni su espiritualidad tiene origen celestial. Algunas personas se han ofrecido para contactar con ellos. Incluso dos científicos están dispuestos a establecer una relación extrasensorial. De momento, los mayores esfuerzos consisten en seguir descifrando un mensaje interceptado de forma casual. El primer borrador, aún no hecho público, dice así: «Nos atrae vuestra endeblez / Queremos llorar como vosotros / Nos gustaría perder la omnisciencia / No albergamos intenciones hostiles / ¿Aceptáis un trueque? / La superioridad tecnológica que tanto os gusta por el sentimentalismo que tanto os molesta / El secreto del teletransporte por un verso triste capaz de reiniciar el universo».

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¿Cómo se la distingue? Porque te hace sentir frío en pleno agosto bajo un sol de justicia. También te reseca la boca, aunque hayas bebido un gran vaso de agua fresca. Consigue inspirar sentimientos tristes incluso al que baila en la fiesta más animada. Tiene un rostro hermoso tras el que esconde una máscara diabólica. Nunca exige porque sabe que, tarde o temprano, siempre se saldrá con la suya. Pero la mejor manera de detectarla es por su aliento. A pesar de mascar continuamente chicles mentolados, no logra camuflar el olor a tumba.

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