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Laberinto gozoso de la imaginación

sábado 03 de enero de 2026, 21:20h
Madera de deriva
Madera de deriva

En medio de la nadería y la cacofonía que nos envuelven a partes iguales, también por desgracia en la literatura, es siempre motivo de alegría saludar la publicación de un nuevo libro de Ángel Olgoso, uno de nuestros mejores cuentistas en lengua castellana. Si la difusión de una obra y el reconocimiento público en el mundo literario no se guiara por criterios que tienen que ver cada vez más con los arbitrarios criterios de la promoción, los algoritmos y los nichos de mercado, la imagen televisiva o el peso de una a menudo intrascendente y estúpida viralidad en las redes sociales, tal vez tendría Olgoso el puesto que merece en nuestras letras.

Ha construido Olgoso a lo largo de los años un sólido y fascinante universo literario con sus relatos, un denso y hermoso bosque cultivado libro tras libro, en el que siempre nos sumergimos con inmenso placer. Sus cuentos son ejercicios de una fecunda y desinhibida imaginación, llenos de materia vital, juegos con lo fantástico y pura literatura. Y guiños también de inteligente complicidad con sus lectores.

En su nuevo libro, “Madera de deriva” (Libros del Innombrable, 2025), Ángel Olgoso nos muestra una versión más híbrida de su literatura, que no se circunscribe a la ficción. Uno de los sellos dichosamente distintivos de Olgoso ha sido siempre el dominio de una multiplicidad de registros, el juego con estilos y tonos diferentes, con fuentes e inspiraciones diversas, siempre con suma habilidad y al servicio de la buena literatura. Ahora el autor incorpora, y en clave de miscelánea o mosaico (algo tan cercano a su imaginario), la memoria personal y la evocación, la crónica y el ensayo, el diario de viajes o la metaliteratura. Todo ello, por supuesto, junto al poema en prosa (la prosa poética o como decidamos llamarle), el cuento o el microrrelato, formatos tan propios de Olgoso. En medio de esta rica diversidad, “Madera de deriva” siempre consigue interesar y nunca se pierde en lo vacuo o insustancial. Olgoso es uno de nuestros grandes maestros de lo breve y esa maestría en la concisión permite que el libro jamás vacile en intensidad a la vez que equilibra gratamente el conjunto: nada se desborda aquí, excepto la imaginación.

Otros rasgos de la literatura del autor están felizmente presentes en este libro. El gusto por el fino humor y la ironía, que marca un cierto -y sabio- distanciamiento; la enorme capacidad de evocación y esa imaginación desbordante ya aludida; la riqueza de referentes literarios; una precisión y despliegue léxicos que abruman (y que hay que detenerse en paladear) o el gusto por lo fantástico, perturbador e inquietante. Tras todo ello late algo que preside siempre la literatura de Olgoso en mi opinión: la profunda autenticidad, la poderosa veracidad que destila su pluma, no importa el contexto (realista, fantástico) que nos proponga, la trama o el registro escogidos.

En “Madera de deriva”, y al calor de esa hibridez ya gratamente adoptada, Olgoso se muestra en primera persona en sus páginas. El autor se encarna (o desencarna) en muchas de las piezas de esta colección. Lo hace -siempre a través de la literatura, obviamente- de forma desinhibida, cuando así lo desea, sin disfraces. ¡Qué suerte esa capacidad de elegir si nos vestimos o desnudamos, si nos disfrazamos o no! Ese poder elegir… ¡qué fortuna en la literatura! Así, compartimos con Olgoso sus impresiones en ese diario de viaje que es “Chile en el corazón” de forma directa, cercana, con la autenticidad antes aludida. Los escritores también podemos sentir como próximas las reflexiones del autor al hablar de sus propios proyectos literarios, de los vericuetos de su proceso creativo, de cómo se nos acumulan la vida y las ideas a lo largo del tiempo, muchas de las cuales tal vez no puedan ver ya la luz ("Besos de fantasmas", "Carta a Marie de Vichy-Chamrond").

Sincera confesión personal y amor por la literatura hay a partes iguales en “Los fuegos fatuos”, y también compromiso con la última en “La lentitud del meteoro”. Una declaración esta que debería firmar todo creador, por cierto, y que se contrapone a esa crítica demoledora de la ciénaga literaria que es “La pocilga de la facilidad”. También cabe aquí el emotivo homenaje de Olgoso a escritores como Bioy (acertadísimamente solapado con el recuerdo personal en “Los secundarios”) Ribeyro (“Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro”) o el divertido juego de estilo con Cela en “Alcancía”.

Por otro lado, la crónica sobre lo cotidiano, sin perder el anclaje con la literatura, está presente con brillantez en “Odiadores del silencio” o “Bálsamo de Fierabrás”, en este caso sobre la enfermedad a través de la mirada del joven Stendhal y otros escritores al referirse a sus particulares “ferreterías de los dolores” (en expresión de Macedonio Fernández, como recuerda el propio Olgoso). El paso del tiempo y la vida se aborda con feliz ironía en “Enterradme en una nube” (con una revisión de posibles epitafios) o en esos prodigios de la reflexión sobre los momentos del pasado que son “Kairós” o “Tulpas”.

Encontramos también argumentos de ficción muy cercanos al gusto por lo fantástico, en los que siempre destaca Olgoso: el ya citado “Besos de fantasmas”, “El resplandor de lejanos incendios”, "Vino de viña submarina”, “Caminando sobre el mar de Tethys” u “Otra modesta proposición”. Asimismo, nos resultan también muy próximos a sus lectores y amantes de lo maravilloso esas muestras de su maestría en la pieza brevísima, con el formato de bestiario, mosaico o catálogo, en esos deliciosos “Asterismos de la constelación de la Osa Mayor” o “Gaveta de miniaturas”.

Son estos solo algunos ejemplos de los pasillos de este laberinto gozoso de la imaginación y la literatura que es “Madera de deriva”, como lo es el conjunto de la obra de Olgoso, por otro lado. Pero el lector puede escoger otros. Siempre se verá gratamente sorprendido en sus descubrimientos.

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