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De Nador a Nueva York, otra novela de amor y norteafricana de Antonio Abad

martes 17 de febrero de 2026, 14:31h
De Nador a Nueva York
De Nador a Nueva York

Acaba de salir a la calle a principios de este 2026, "De Nador a Nueva York", la última y séptima novela de Antonio Abad. El autor afincado desde hace mucho tiempo en Málaga y con una genealogía familiar y vital melillense/marroquí es una de las voces más vivas de las actuales letras andaluzas actuales. Su prolífica y enjundiosa obra repartida entre crítica del arte, poesía, narrativa breve y novela es más que una prueba, aunque, en mi modesta opinión, sigue siendo todavía injustamente marginada, poco conocida o estudiada a escala tanto local como nacional. Merece, de veras, más de una atención.

En 2017 dediqué todo un libro, Entre el Rif y Melilla, en que analicé lo que llamé entonces los espacios narrativos existentes en la narrativa magrebí de Antonio Abad; después publiqué una reseña crítica sobre El renegado, su sexta ficción novelesca en 2022, en un diario melillense; ahora toca hacer lo mismo con De Nador a Nueva York. Hace un año, tal vez algo más, leí el manuscrito muy atentamente. Tuve en su momento observaciones no escritas, virtuales digamos; no me dio tiempo ordenarlas y ahora es el momento idóneo para actualizarlas y darles cuerpo tras haber leído muy atentamente otra vez la novela, ya editada. Confieso que mi lectura es, qué duda cabe, literaria pero subjetiva, como cualquier otra lectura, y, sobre todo, norteafricana o marroquí porque el espacio narrado en la ficción pertenece al Nador colonial y poscolonial con que tengo vinculación sentimental y nostálgicamente familiar y personal. Esta coincidencia entre espacio narrado y lugar de recepción crea complicidad entre autor, mensaje y lector, y contribuye a hacer seguramente más parcial mi abordaje y perspectiva de análisis.

De Nador a Nueva York es una novela epistolar. No por azar, se subtitula: La carta. Toda la narración compuesta por ciento y diez capítulos breves es una larga epístola que escribe en una residencia española de ancianos la protagonista, una mujer de avanzada edad, con reuma y artrosis, al receptor, un famoso pintor afincado en Nueva York con quien establece desde el principio un diálogo sin respuesta, léase soliloquio, de tú a tú a lo largo de la narración. Es un relato esencialmente analéptico en que ella rememora el pasado y su historia familiar y personal transcurrida entre San Juan de Las Minas de Uixan y Nador durante el Protectorado español y en el Marruecos independiente y poscolonial. Es una historia de amor y desamor con un trasfondo dramático articulado sobre injusticia social, subordinación y agresión sexual. Un desamor forzoso, siendo ella menor de edad, con el marido de su tía, que generó en ella, aparte de violencia sexual y física, y secuelas sicológicas difícilmente borrables, otro amor también no correspondido e inverso que ella quería tener con un niño, menor de edad también, el actual pintor, el destinatario de la carta. Un amor muy sentido, hecho desde la transgresión de las normas patriarcales vigentes y una pasión interiormente verdadera. Lo resume ella con franqueza y sin complejo con estas palabras:

Te lo he vuelto a escribir porque, si bien te amé y te seguiré amando hasta mi último suspiro, sé que fui algo obscena. Quise que fueras mi hombre sabiendo que me estaba acostando con un niño. No te imaginas cómo temí, al principio, tu rechazo, que se lo dijeras a él, que tus padres lo supieran. Pero a mis temores los suplía mi pasión. Qué dulce y tierno fue quererte como te quise.

El amor no llegó a fructificar porque se vio truncado al salir el niño del pueblo para estudiar en Sevilla artes plásticas y acabar siendo afamado artista en Estados Unidos. La carta contiene una carga fuerte no solo catártica y terapéutica, sino esencialmente vital. Expresa fidelidad al amor del pasado y su continuidad en el presente. Pese a haber sufrido un segundo largo calvario en distintas cárceles marroquíes cumpliendo la condena por asesinato de su agresor familiar, vuelve a recalcar este amor y fidelidad sentimental con igual lenguaje optimista, desinhibido y confesante: “Sinceramente te digo que en este centro lo paso bien. Recordar es volver a vivir. Eso es lo que pretendía cuando siempre procuraba tenerte en mi pensamiento”. Estamos, en definitiva, ante un sincero, acaso maquiavélico canto al amor, que se pone por encima de todo como prioridad vital y ontológica. La dialéctica de la proyección del presente en el pasado o la reinstalación de este último en el primero a través de la memoria hace que el tema de De Nador a Nueva York sea actual y sirva de paradigma crítico a lo que ocurre en las relaciones de género actuales, siempre basadas, pese a los avances tecnológicos y en las libertades individuales, en las lógicas autoritarias y atávicas de poder de índole social, patriarcal y sexual.

De Nador a Nueva York tiene muchos ecos de varias de las anteriores novelas del autor, principalmente Quebdani, El cerco de la estirpe (1997), La mudanza (1997), Lucía o la inasible sustancia del tiempo (2014) y El renegado (2021, incluso muy difusamente del poemario: El arco de la luna (1987). Una presencia que se puede considerar como normal y natural puesto que todas ellas forman un todo indivisible y pertenecen, por el espacio en que transcurren y por su contenido que encierran, al ciclo magrebí del autor, articulado básicamente en la narración de su infancia, léase su locus mater, transcurrida entre Melilla, Quebdani, Uixan y Nador. Un mundo que Antonio Abad ficcionaliza desde la nostalgia conjugando, no sin maestría, vida e imaginación, vivencias personales y licencias literarias. Una nostalgia sinceramente original y hondamente deconstructiva que rehúye, además, dos arraigadas improntas estético-intelectuales del mundo occidental en su narración del moro o lo muslime: la orientalización exótica y la idealización. La frase de Milan Kundera que obra de epígrafe inicial de la novela: “siempre suele buscarse las raíces de un personaje en su infancia”, lo explica todo y sirve de expresa justificación. No obstante, De Nador a Nueva York tiene su propia poética e identidad en construcción formal e enunciación narrativa, así como en invención imaginaria. El espacio de esta breve reseña no da para hablar con detalle de ambas. Me conformo solo con exponer algunas observaciones puntuales poniendo el acento sobre varios puntos que me parecen más sobresalientes desde el punto de vista estético e imaginario-ideológico.

De Nador y Nueva York es de esta estirpe de novelas psicológicas, interiores, intensas y breves que atrapan desde el primer momento al lector y le obligan a seguir la ficción sin parar, con curiosidad y fruición hasta el final. Un espíritu de atracción que no es apaño de todos y lo consiguen excepcionalmente los escritores de oficio como Antonio Abad que asienta su escritura en la sinceridad, las vivencias personales y el corazón, no sin tomar en serio la necesidad de crear mundos posibles propios y la vocación de la escritura y sus imperativos estéticos particularmente. La anterior captación del lector la consigue nuestro escritor fronterizo melillense-malagueño, entre otros trucos y maneras, a través de la plasmación lingüística y la enunciación ilocutivo-narrativa de las que hace uso en su fabulación.

La lengua tiene la apariencia de ser convencional y sobria. Lo es, en cierto modo, pero tiene una carga tan emocional que la hace más viva, vívida y ágil. Contiene un componente vital y un dinamismo interior tan impresionante que la hace más poesía que prosa, prosa lírica digamos. Es, por eso, sugestiva la continua imaginería plástica que utiliza a la hora de describir, con visos comparativos y metafóricos a la vez, las situaciones reales de la ficción. Es una nota peculiar en su obra narrativa anterior, pero en la actual novela está lo suficiente y densamente acentuada que se torna en una vertiente característica ineludible de su forma de escritura. No debe sorprender este lirismo en Antonio Abad porque él ha tenido siempre, y la sigue teniendo aún, vinculación práctica con lo poético a través del cultivo tanto de la poesía propiamente dicha como de la pintura plástica. No es azar que el destinatario y protagonista ausente e invocado en la novela sea un afamado pintor. La lengua de la novela adquiere a veces y en innumerables pasajes otra dimensión: sutilidad filosófica y trascendencia intelectual en no pocas de las reflexiones existenciales que expresa la narradora al cogitar sobre temas abstractos como la muerte, la memoria, el amor y la temporalidad en general.

La enunciación narrativa atrae la atención del lector también, sobre todo al ser su voz dominante, una voz femenina. Es otro acierto de Antonio Abad. Lo ensayó en Lucía o la inasible sustancia del tiempo, pero en De Nador a Nueva York se sofistica y adquiere más fuerza, más proporción y más significado. El hecho de que la protagonista anónima e innominada cuente su historia pasada desde un presente, estando ya avanzada en la edad, da sinceridad al relato y lo hace más creíble y real en clave humana porque, no teniendo nada que perder, lo confiesa todo sin autocensura y otras consideraciones. Por consecuencia, se nota una más que profunda implicación personal y emocional en el relato lo cual redunda en proyección de más sentimiento y sensación en el discurso. Otra magia narrativa viene del hecho de que Antonio Abad sabe narrar el otro, apropiarse, en este caso, de la voz femenina hablando desde dentro y con verosimilitud. Lo hace con más acierto porque le interesan, por independencia de su género, los personajes rebeldes, excluidos o marginados. La “sentimentalidad enunciativa” a la que me refiero se concreta a escala formal del discurso en la brevedad de los capítulos que constituyen la estructura de la novela y en la intensidad semántica del contenido. No es ocioso volver a insistir que el sentimiento y la brevedad son componentes propios de la poesía y de la prosa poética. En óptica intertextual, la mujer protagonista se puede emparentar, en alguna que otra faceta vital y sentimental, con la saga de las famosas heroínas del siglo XIX como Ana Ozores de Clarín, Madame Bovary de Flaubert y Ana Carenina de Tolstoi. Esta última la cita la narradora alguna vez en el texto.

La historia dramática y privada de amor y desamor, que experimenta en su propia carne la mujer protagonista con su trasfondo de agresión sexual y ejercicio de poder, es la piedra neurálgica de De Nador y Nueva York. Sin embargo, la enmarca Antonio Abad con premeditación, propia de un autor comprometido con la historia en mayúscula y el pensamiento crítico, dentro de otra historia más colectiva y pública: la vida política y social en el Protectorado y en el Marruecos poscolonial. Aquí se desvela sin mediatintas la lectura crítica de la actuación de los colonizadores, pero también de los colonizados. No hay lugar a concesiones ideológicas, a complicidades políticas o a idealizaciones exóticas y orientalizantes. Antonio Abad hizo en Quebdani, como ningún otro autor español, una de las más audaces condenas, casi antiespañola, de la actuación colonial y colonialista de España en su Protectorado marroquí. Esta postura la mantiene con igual claridad en De Nador a Nueva York en su desaprobación explícita de la actuación de la Compañía de Las Minas del Rif en Uixan. Da por obvio el desprecio y la marginación del Franquismo a los marroquíes y a su cultura, y se explaya a través de la descripción de la dialéctica social y económica desarrollada por la Compañía en la zona en condenar la avaricia económica de las grandes familias capitalistas implicadas de la época, catalanas y vascas esencialmente; la explotación de los trabajadores, sean españoles o locales; y la corrupción generalizada del tinglado administrativo. Una metáfora en miniatura de todo el sistema colonial imperante a la sazón. El anticolonialismo en cuestión lo vehicula el autor desde la mera alusión y sin desarrollo narrativo. No podía ser de otra manera habiéndolo abordado bastante en Quebdani. Volver a mencionarlo de la manera con que lo hace es, sin embargo, una forma de reiteración y de dejar constancia de su existencia como realidad y también de rehuir cualquier supuesta complicidad intelectual al respecto. Semejante planteamiento intelectual crítico mantiene con respecto al Marruecos poscolonial. Pone de realce el despotismo de la élite política y del sistema imperante cuestionando su actuación autoritaria y represiva en el Rif después de la independencia. Señala también la escasa y mínima consideración de los derechos humanos en las cárceles marroquíes por las que tuvo que pasar la protagonista en Oukacha, Kenitra, Tánger y Tetuán cumpliendo su condena. No omite la política de deshispanización lingüística y cultural llevada a cabo por el Majzén en el Rif por la que dejó abandonadas, casi en ruinas, a las principales huellas materiales de la presencia colonial española en la zona. Antonio Abad expresa, a este tenor, su sentimiento filorifeño anteriormente desarrollado con más detalle en El renegado.

Una novedad de percepción de la alteridad marroquí aparece en De Nadort a Nueva York. Nunca ha sido, que yo sepa, tratada o insinuada en su narrativa anterior. Son dos hechos que tienen que ver con las relaciones hispano-marroquíes después de la inmediata independencia de Marruecos. El primero se refiere a la existencia entre los locales de recelo, incluso de cierto sentimiento revanchista, con respecto a los españoles que se quedaron en el país. El segundo consiste en la dificultad que tenían estos últimos a entender esta sorpresiva aversión antiespañola de los autóctonos. Esta realidad histórica-social es común en la narrativa española ambientada en el Marruecos inmediatamente postindependiente. Jesús Torbado, por ejemplo, la recoge en El imperio de arena (1998), novela en que afirmaba que los españoles de Ifni no entendían las filias promarroquíes de los locales durante la guerrita de 1958 y después. Por cierto, el Marruecos independiente tomó medidas poco amables con respecto a los residentes extranjeros, incluidos los españoles. Tengo dudas a que el aludido sentimiento hispanófobo fuera general, pero el colonialismo español, como cualquier colonialismo occidental, fue ocupación agresiva acompañada, además, de un inequívoco sentimiento etnocéntrico de superioridad. España tiene en el Rif toda una siniestra historia, primero de desprecio hacia los marroquíes en su propia tierra y de violencia sin precedentes contra ellos, cuál ocurrió en Anual en 1921 por dar un ejemplo en que se llegó a utilizar hasta las armas de destrucción masiva prohibidas a la sazón como el gas mostaza o iperita. El recelo entre españoles y marroquíes no solo es poscolonial, sino colonial. En el Protectorado, ambas partes coexistían, pero no convivían, y como bien describe otro escritor melillense, Severiano Gil Ruiz, en su aburrida novela, La tierra entregada (1994) “se observaban entre sí con respeto y recelo”. Ambas sociedades eran cerradas y muy replegadas sobre sí mismas y las intersecciones eran una excepción. Esto último hizo que nuestra historia común fuera triste y dolorosa desgraciadamente.

Debo resaltar el último aspecto que me parece asimismo relevante muy en línea siempre con la lectura norteafricana y local evocada al principio de este texto. De Nador a Nueva York es pura ficción sin lugar a dudas y le es imposible obviamente actuar de documento social o fuente histórica. No obstante, el realismo que la atraviesa en varios pasajes, particularmente los detalles con que se describe la vida en las minas de Uixan/San Juan de Las Minas y la cartografía urbana de la ciudad colonial de Nador reflejan una faceta que muchos de los nadorenses actuales desconocen. El Rif en general y Nador en particular han sido escasamente narrados e historiados en versión local. Una novela como esta, al igual que toda la producción colonial sobre la zona y la ciudad, constituyen, y siguen siéndolo todavía, unas de las únicas fuentes de conocimiento de su vida socio-histórica. Supongo que la novela cumple, aunque no le guste seguramente al autor esta instrumentalización interesada, esta útil función. Insisto en este punto porque he descubierto como lector la cartografía del Nador colonial e inmediatamente poscolonial que Antonio Abad cartografía con previo conocimiento de causa y verosimilitud por haber vivido in situ: Mar Chica, Morabito de Sidi Ali, Casa Pesca, Puerto, Aeropuerto de Tauima, Café/Pastelería de Galindo, Iglesia Santiago el Mayor, Estación de ferrocarril, Pabellón de los Regulares, Casas Baratas, los tres cines: Arroyo, El Rif y Nador, etc. Son edificios y lugares con que me familiaricé en mi adolescencia, algunos de ellos ya han desaparecido desafortunadamente. Por primera vez, descubro, para sorpresa mía, que había un bloque de casas llamadas Casas Baratas y también un tercer cine, Cine Nador, del que nunca, los de mi generación, oímos hablar. Lamento también, tomando como pretexto la novela y en perfecta sintonía con la opinión del narrador, el abandono en que siguen algunos monumentos como el Pabellón de los Regulares, y también la desaparición de muchas huellas materiales simbólicas de la identidad arquitectural de la ciudad (Casa Pesca, Cine Nador, el jardín andaluz cercano al actual Ayuntamiento, etc.). El Café de Galindo existente actualmente que lleva oficialmente otro nombre, se sigue llamando Galindo, pero es un simple café y nada tiene de pastelería ni vende las buenas milhojas que describe la ficción. Una memoria que se recupera, al fin y al cabo. No es tan inútil la literatura.

En resumen, De Nador a Nueva York es una novela que, siendo genéricamente epistolar, intensamente íntima y fuertemente poética, cuenta en voz femenina una historia amorosa individual dramática, pero vitalmente transgresora y universal, recordando la historia colectiva hispano-marroquí en perspectiva anticolonial y filorifeña, y recuperando una memoria local todavía desconocida. Un acierto literario múltiple.

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