Primer shock, el energético. Como referencia, el de 1973. Sucedió cuando los países productores del Golfo respondieron con un embargo de crudo al apoyo de EE.UU. a Israel, durante la guerra de Yon Kippur. Hoy, basta con una derivada no contemplada por los cerebros pensantes -es un decir- de la Casa Blanca. Hundir barcos iraníes les parece muy divertido. La diversión se acaba cuando Irán responde cerrando el estrecho de Ormuz. Y comienza a bombardear a sus aliados, los emiratos del Golfo.
Segundo shock, el económico. La crisis del ’73 cuadruplicó el precio del Brent. La de hoy ha llevado a los ministros de Finanzas del G7 a liberar 400 millones de barriles de sus reservas para evitar el colapso mundial. Está por ver que lo consigan. Ahora, a implementar desesperadas medidas anticrisis para contener el colapso. Si la guerra se prolonga pasaremos de la estanflación a una recesión sin precedentes.
Tercer shock, el geopolítico. ¿Qué ha conseguido Trump? No sólo radicalizar aún más la cruenta teocracia iraní. Al verse desprotegidos, sus aliados, los emiratos del Golfo, comienzan a evacuar sus activos, de las cuentas americanas a las chinas. Se fortalece la alianza Putin-Xi Jinping, y todo lo que orbita en torno a los BRICS, con otra derivada hipócritamente silenciada: Trump se ha visto forzado a liberar de sus sanciones a la “flota fantasma” rusa porque su carga de crudo y gas licuado resulta imprescindible para evitar el hundimiento global.
Cuarto y último shock, el humanitario. Cerca de un millar de civiles iraníes reventados por las bombas de la operación ‘Furia Épica’. Aunque lo negaron, hoy ya sabemos que el misil que impactó en una base militar iraní, cerca de una escuela, acabando con la vida de un centenar de niñas, era un Tomahawk americano. BBC Verify, nada sospechosa de simpatías iraníes, añade: “fue una operación deliberada y precisa”.
Crímenes de guerra, lluvia negra, lluvia ácida. Consecuencia de las nubes tóxicas que cubren Irán tras los bombardeos sobre sus instalaciones petrolíferas y nucleares. A nadie parece importarle, estamos en el lado correcto de la historia.
En una de sus obras, preciosamente en ‘Los Persas’, Hesíodo habla para nosotros: “Montañas de cadáveres, hasta la sexta generación, señalarán sin voz a los mortales que olvidan cómo de la simiente del ofuscamiento sólo se recoge la cosecha de la devastación”.
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