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Rufino Félix Morillón
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Rufino Félix Morillón

Rufino Félix Morillón: La elegancia hecha poesía. III

El poema "Piedra" de Rufino Félix Morillón expresa el desengaño amoroso a través de la transformación del corazón en piedra, simbolizando insensibilidad y soledad. La incapacidad de sentir deseo se contrasta con el dolor de buscar nuevas emociones en algo que ya es inerte, reflejando un vacío emocional profundo.
Rufino Félix Morillón: Memoria de la luz. Madrid, Huerga & Fierro Ediciones, 1998.
Rufino Félix Morillón: Memoria de la luz. Madrid, Huerga & Fierro Ediciones, 1998.
Piedra
Allí donde tu mano
posaba su caricia,
era mi corazón.
Pero se ha vuelto piedra,
y no responde 5
al calor del deseo.
Oscuro pedernal,
hará sangrar tu mano
si en él busca
nuevas palpitaciones. 10
Olvídalo. La piedra
es soledad sin lágrimas.
Rufino Félix Morillón: Memoria
de la luz. Madrid, Huerga &
Fierro Ediciones, 1998.

Empecemos por recordar unos versos de Luis Cernuda, pertenecientes a su obra Los placeres prohibidos (1931), aunque descontextualizados “[…] pero todos, temprano o tarde, / serán quemaduras que en otro cuerpo se agranden, / convirtiendo por virtud del fuego a una piedra en un hombre. // […] hasta que un día la quemadura se borra, / volviendo a ser piedra en el camino de nadie”. Cernuda viene a decirnos que lo que dignifica al ser humano y lo aleja de la materia inerte es su capacidad amorosa; perdida esta, queda anulado como persona. Y para ello ha recurrido a imágenes que contraponen el fuego (de la pasión compartida) con la piedra, que “ni siente ni padece”, en una muestra de total apatía. En una línea similar se mueve el poema de Félix Morillón -si bien las intenciones últimas de Cernuda y de Félix Morillón son muy diferentes-. El poeta extremeño aporta en su poema una original perspectiva a la hora de plasmar el desengaño amoroso que simboliza la oposición “corazón/piedra”: es la expresión de la incapacidad de volver a sentir “el calor del deseo” (verso 6), reemplazado por una total insensibilidad equiparable a la del “oscuro pedernal” (verso 7). Y lo primero que llama la atención en este poema es una gran condensación expresiva que afecta a todos los planos lingüísticos.

Empecemos por la métrica. El poema se divide en dos agrupamientos estróficos de seis versos cada uno, todos heptasílabos, menos los versos 5 y 9, que son pentasílabos, y que actúan a modo de pie quebrado: “y no responde [el corazón]” (verso 5), “Olvídalo. La piedra…” (verso 11, que contiene la única pausa interna, bien marcada por el punto. Y estos versos carecen de rima, aunque pueden rastrearse ciertas asonancias resultantes de la repetición a final de verso de la misma palabra: [/á-o/] “mano” (versos 1 y 8) y [/é-a/] “piedra” (versos 4 y 11). También hay una coincidencia en la asonancia /ó-e/ de los versos 5 y 10 (“responde/palpitaciones”). Este vocalismo, junto a otras terminaciones de verso (/í-a/ -verso 2-, /ó/ -verso 3-, /é-o/ -verso 6-; /á/ -verso 7-, /ú-a/ -verso 9-, /á-a/ -verso 12-) confieren al poema una grata eufonía, que nunca llega a ser estridente musicalidad, algo que no casaría con el estilo del poeta.

En el primer agrupamiento estrófico ya se pone de manifiesto la existencia de las dos personas gramaticales “tú/oyente y yo/hablante”, representadas por determinantes posesivos: “tu mano” (verso 1)/ “mi corazón” (verso 3). Y el poeta se expresa en pasado imperfectivo: “posaba” (verso 2). La introducción de la conjunción adversativa “pero” al inicio del verso 4 ya anticipa un cambio de situación, en tanto en cuanto indica contraposición con lo anteriormente dicho. Y, en efecto, el corazón “se ha vuelto piedra” (verso 4) -un pasado perfectivo próximo al momento de la palabra-; además, la construcción pronominal (“volverse”) alude a un proceso de transformación más o menos lento (“volver” ha perdido, por tanto, su significado original de “regresar”, para convertirse en un “verbo de estado”). Y los versos 5-6 recogen la culminación del proceso de desamor: se ha pasado del “calor del deseo” a la frialdad del sentimiento. Esa “mano entregada” (que cantó admirablemente y con elevada pasión Vicente Aleixandre en Historia del corazón) ya “no responde”, y la incapacidad para sentir el afecto de antaño se ha reemplazado por la indiferencia más absoluta.

El segundo agrupamiento estrófico es la constatación de la indiferencia. El corazón “se ha vuelto piedra”; pero no una piedra cualquiera, sino “oscuro [único adjetivo en todo el texto] pedernal” (que al ser golpeado produce chispas); es decir, que el pedernal simboliza la dureza (como dato anecdótico, recordemos que el sílex tiene una dureza de 7.0 en la Escala de Mohs) y la insensibilidad, la imposibilidad de correspondencia en el afecto (verso 7). De ahí que pretender encontrar “nuevas palpitaciones” (verso 10) en algo que ya está finiquitado produce un tremendo dolor (verso 8: “hará sangrar tu mano”). Con el tajante imperativo “Olvídalo” (verso 11) -con ribetes de auténtica imprecación- del yo, en plena desafección, al tú que intenta remediar lo inevitable, el poema alcanza su máxima tensión climática. Y en los dos versos finales (“La piedra / es soledad sin lágrimas”) se corrobora la falta de empatía, la indiferencia más absoluta, expresada con la mayor propiedad y contundencia léxica: la piedra -el “oscuro pedernal”- añade a su soledad la incapacidad para conmoverse, por tratarse de un ser inerte: “soledad sin lágrimas” es el grado máximo de expresión de un sentimiento de completo desdén, en el que ni siquiera tiene cabida la resignación hacia la parte que sufre el desamor. En muy pocos versos (12 en total), Félix Morillón ha puesto en pie un monumento literario sobre el vacío emocional irreversible, sintetizado en el título del poema: “Piedra”.

Y si ahora retomamos el conocido poema -completo- de Luis Cernuda al que aludíamos al comienzo de este comentario

https://www.poesi.as/lc31160.htm

de la comparación entre ambos poemas -que aunque andan por derroteros bien distintos albergan puntos de común- se podrá comprobar, sin deterioro de nadie, el grandísimo poeta que es Rufino Félix Morillón, capaz de encontrar originalidad en la expresión de contenidos habituales en la lírica de todos los tiempos.

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