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"Los hexámetros perdidos", de José Reyes Fernández

Aliar Ediciones, Granada, 2026
miércoles 24 de junio de 2026, 22:21h
Los hexámetros perdidos
Los hexámetros perdidos

Cada libro de José Reyes Fernández es una cita inevitable con la literatura en mayúscula, mágica, solvente y cautivadora. Desde que en 1983, obtiene el XIV Premio Armengot de novela con su obra En torno al Guimarán y otras imprecisiones (Castellón, 1983), hasta La mirada del espejo, una joya libresca, con un relato absorbente y unas ilustraciones impresionantes del pintor Juan Gómez Macías, publicado en la colección “Relatos del desertor del presidio” de 2023, se han ido sucediendo libros y reconocimientos, especialmente de relatos y novelas. Informaciones que omito por cuestiones de espacios, siendo lo esencial que es autor de una obra esencial dentro del panorama de prosa nacional. Hemos de resaltar también su condición de profesor de enseñanza secundaria y bachillerato, en Historia e Historia del Arte, formando parte de ese grupo de rara avis que pedía prórroga para no jubilarse. ¡Cuánta suerte tuvo su alumnado!

¿Y si fuera verdad que los hexámetros dactílicos de La Odisea hubiesen conocido unos hexámetros perdidos, unos hexámetros que el novelista Reyes nos retransmite, cumpliendo no solo con las premisas del placer del texto, sino más allá, conformando una novela absolutamente excepcional? Los libros de José Reyes Fernández tienen el prestigio de la marca de la desaparecida ciudad de Carteia. Tampoco sería descabellado, abordar la historia del Campo de Gibraltar, no ya como novena provincia andaluza, que podría serlo, sino por el nutrido grupo de artistas, pensadores, escritores, estudiosos que se concentran en esa zona, Castillo del Pino, José Luis Cano, Vázquez de Sola, Luis Ortega Brú, Paco de Lucía, Guillermo Pérez Villalta, Gómez Macías, Juan Galiardo, José Téllez, Muñoz Guerrero, Sánchez Espinel, A. Aldana, I.Cabezas, Trino Cruz, P. Fernández Gomá, R. Romojaro, y un larguísimo etcétera.

De cualquier modo, hacíamos referencia a la escritura de Reyes Fernández como garantía inequívoca. Para llegar a este punto, se necesita mucho tiempo de entrega, pasión, devoción y trabajo, pero además, Reyes Fernández es un lector entusiasta lo que documenta con mayor fervor, si cabe, su memoria y su proceder narrativo. Desde luego, la presencia de ese movimiento tan determinante como es el realismo mágico se deja entrever, aunque la narrativa de Reyes Fernández es pura magia para llegar al historicismo fundamentado en su personal concepción literaria y su singular esfera filosófica, todo ello bajo el manto de un espacio ciertamente extraordinario como sería Guadarranque, o por ser exacto, Guimarán. A menudo, el novelista ha reconocido que, de no haber nacido en San Roque, probablemente no hubiera escrito. Su trayectoria literaria lo confirma, novelas como En torno al Guimarán y otras imprecisiones, Paisaje de fondo o bien la titulada Guimarán, todas desembocan al lugar desde donde nos va a relatar, contar y novelar con exquisito estilo mitos, leyendas, historias. En la novela que nos ocupa, se produce además un abrazo espacio temporal que iluminan diálogos entre presente y pasado, ya que la acción transcurre entre dos siglos, el XIX y el XX, en concreto, las guerras carlistas, asume episodios propios de la picaresca y de la novela de caballería, con los vaivenes y las errancias de un circo, los elementos de un tiempo histórico ( que incide en la vida de una familia y el paralelismo entre el protagonista de la novela, Ulises, fiel admirador del mundo heleno y de los mitos y avatares de Homero, que como personaje no se desdobla sino que se convierte en el héroe. No obstante, el personaje indiscutible es el propio relato, su lenguaje tan sumamente lírico y expresivo, sugerente y profundo en ese impecable manejo de lo oral y lo escrito. Sin duda, el lenguaje es el tesoro de Guimarán y de su descubridor. Ciertamente, todo se multiplica, las voces, los secretos, los sucesos, las semejanzas, los reconocimientos, los encontronazos, las confusiones, los sueños, de ahí el papel tan crucial de la madre que por desconfianza, inicialmente, luego por puro placer, crea un sistema de escritura, secreto, personal y admirable, constituyendo el mensaje esencial del novelista, su amor por la lectura y la escritura que ya se evidenciaron en dos volúmenes magistrales, Tratado contra los libros de 2020 y Cuentos urgentes para un tiempo lento de 2022.

Los hexámetros perdidos encierran la entusiasta y propia fascinación por los libros del novelista, así como su aplicación práctica no exenta de densidad conceptual ni de intensidad intelectual. Un núcleo para avanzar en el tiempo narrativo es “El palacio de Ítaca”, una enorme casa en Betuelia que como su nombre aborda múltiples realidades, las relaciones familiares, es decir, los abuelos Orestes Quijano, Carola Manilva, y la convivencia también de los padres Ulises y Helena, las familias de los tíos Leónidas, Aquilas y las tías Minerva y Valeria, el solterón huraño que es el tío abuelo Adriano, las tías abuelas Amelia y Luisa “que refugiaban el empedernido ahíto de su soledad en la penumbra de altas estancias ruinosas dedicadas a labores de ganchillo y suspiros resignados de nostalgias entre jarrones mustios de flores podridas”. (Sólo faltaría el genial Bryce Echenique bebiendo el agua de los jarrones). La multiplicidad de relatos nos lleva a la fusión de realidad y ficción, acaso a la voluntaria confusión de sus plurales, una galería de difuntos tan visible como sorpresiva. Una multiplicidad de posibilidades interpretativas que figuran desde el inicio con las citas de Homero, Cavafis, Borges, Manguel y Alejo Carpentier. Del mismo modo, se multiplica los efectos del libro La Odisea, pues el niño Ulises lo leía tantas veces que se lo sabía de memoria y, su padre, al cumplir los doce años, le regala ese mismo libro. De igual modo, el novelista Francisco Muñoz Guerrero desempeña el papel de un historiador de la Iglesia que investiga todo lo concerniente al cardenal Eliodoro. La momia del santón supone cuantiosas ofertas del historiador Muñoz Guerrero al abuelo Orestes que siempre las rechazará, sorprendido que “una mojama polvorienta con muceta púrpura y deslustrada” fuera objeto de tanto deseo, además era “linaje familiar y patrimonio ocupacional de su hermana Amelia”. La ironía, la fina ironía de Reyes Fernández recorre todas sus obras.

Hay también deseos de huida, huir del futuro para regresar y enfrentarse al pasado, huir de los actos cotidianos para crear y recrear escenarios de aventura y al mismo tiempo huir de encantamientos y de cantos de sirena, los paseos del barquero que van rondando, la ternura, la belleza. No obstante, el mayor impacto novelístico, es la figura de la madre que inventa su propio sistema de escritura, narrado en un magistral episodio “El surgimiento de la escritura” cuando el políglota Jean-François Champollion descifra las claves de la escritura jeroglíca. Esos saltos temporales del antiguo egipcio, la época napoleónica y el quehacer de la madre conforman un pilar de gran valor y dimensión para hacernos visibles Los hexámetros perdidos. Si la realidad quiso que los primeros escritos tuvieran alma comercial, las codificaciones inteligibles y originales de la madre de Ulises surgieron precisamente para llevar la contabilidad de cosechas, trabajadores, enseres, rebaños. Y siendo verdad que “No se puede tener un pensamiento limpio mientras se mantengan las tripas llenas de mierda” aprendemos que “la filosofía nació una tarde de julio, bajo una higuera del Peloponeso, junto a una escombrera de probabilidades y un meadero de sátiros y centauros”. Otra novela que el entorno crítico, si tiene tiempo y ocasión, debería valorar y mucho. En cualquier caso, “la escritura sirve para vencer al olvido y burlar a la muerte; la escritura es, de este modo, un atajo seguro para encontrar la senda de la perdurabilidad”.

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