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Un periodista informa en vivo sobre un desastre natural, con edificios en ruinas y una multitud de espectadores atrás.
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Un periodista informa en vivo sobre un desastre natural, con edificios en ruinas y una multitud de espectadores atrás. (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial – Cibeles AI)

“VER PARA NO CREER”

sábado 29 de agosto de 2026, 08:07h

De Gredos a Huelva pasando por las Hurdes. Cuarenta grandes incendios transmitidos en vivo y en directo. Como los terremotos, de Colombia a Granada. Como las catástrofes humanitarias, de las masivas como la de Ceuta, a los crímenes cotidianos. ¿Qué es un telediario hoy? Una sucesión de desastres a todas las escalas convertidos en un espectáculo multimedia al servicio de la maquinaria del entretenimiento.

Crónicas breves, cuanto más impactantes mejor, alternándose con imágenes de playas atestadas, de semanas grandes de aquí y allá, de pasarelas festivas, de recetas triunfales. El manantial posmoderno de la banalización no repara en códigos éticos. La tragedia humana, el desastre natural, valen tanto como el último escándalo sexual en la bolsa de valores del consumo audiovisual.

Nada singulariza más nuestro incipiente y delirante siglo XXI: sus no menos catastróficas anomalías. Presentar el gran incendio de hoy, el terremoto estremecedor, la sequía alarmante, en términos disruptivos, de excepcionalidad y alarma social cuando, en realidad, definen la norma de una ingeniería informativa exenta de la menor responsabilidad social.

¿A quién le importa la banalización del dolor, la exposición de las víctimas, la obscenidad de presentarlas en estado de shock, la monetarización del sufrimiento?

La pregunta se responde con sólo pasar de pantalla. El siguiente evento trágico eclipsa al previo. Clave mayor de la nueva dramaturgia mediática y su peor enemigo: la fatiga del espectador. A fuerza de multiplicar secuencias catastróficas, la empatía deriva en apatía, y cambia de canal.

Lo advirtió el último maestro de periodistas, Ryszard Kapuscinski, hace veinticinco años, en su ‘Lapidarium’. Entre otros temas, abordaba la influencia de la televisión en la cultura de masas. Su diagnóstico, entonces, era desolador: “Hoy el mundo rebosa información en magnitudes nunca antes conocidas”, decía, “pero se trata de una información ficticia, inútil, no deseada. Sólo circo”.

Le faltó incluir en su diagnóstico a los que pagan la entrada de ese circo. Espectadores anhelantes de emociones fuertes. Las olvidarán en veinte segundos, pero la cascada de impactos crea en ellos una sensación de actualidad permanente. El sentido del mundo.

¿Cuál es, entonces? ¿Una sucesión de catástrofes espectacularizadas, un ir de mal en peor? ¿Así nos vemos? “Cuanto más miras menos sabes” -sentenció Kapucinski antes de concluir-: “La humanidad está en manos peligrosas, las propias”.

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