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Ángel Silvelo

La vida, en ocasiones, se asemeja a un junco. Un junco que se mueve al ritmo que el viento le marca. Un junco que permanece aterido bajo la nieve en invierno y seco en verano. Ese junco, a través de su movimiento, es capaz de componer una melodía. Una música de los días y las noches. De los silencios y penurias. De los rayos del sol que le enarbolan como el símbolo de la tenacidad de aquel que nunca se vence. Del ejemplo de la sobriedad sobre la belleza que acapara el resto del mundo.

Ángel Silvelo, tras La utopía del portero, con la que ganó en el año 2019 el Primer Premio de Novela Breve Carlos Matallanas convocado por AFE, publica La noche que Luis nos hizo hombres, una novela que recupera la cultura del esfuerzo y la superación como mejor fórmula de conseguir nuestras metas.

¿Existe el poder de lo imposible? Aquel que se aferra a nuestras vidas de una forma tan caprichosa como delatora. Ese poder que se transfiere de los muertos a los vivos y nos mantiene en una continua tensión bajo un abrazo imaginario que, sin embargo, da cuerpo a todo aquello que de trascendente o universal tiene lo que en verdad importa. ¿Qué es lo que en verdad importa, la vida o el sueño?

El eco de la culpa que nos consume. El eco de la culpa que obviamos nada más girar nuestra cabeza hacia el deseo. Hacia esa incontrolable necesidad de satisfacer nuestras más primarias necesidades.

Atrapar el tiempo, la luz o la vida a través de la mirada. Reflejo íntimo e infinito del alma. Matriz del hombre y su poder de ensoñación. Viaje interpuesto entre realidad y arte. Una distancia que se aminora en cada retrato de Eloy Morales (www.eloymorales.es), tras cada capa de su pintura, en el interior de los ojos que dibuja, y en el reflejo que éstos determinan en la mirada y en la memoria de quien los mira. Observar sin otro objetivo que el del disfrutar del arte.

El desaliento, la apatía, o el célebre desasosiego, fiel acompañante del poeta portugués Fernando Pessoa que le obligaba a caminar solo por el mundo son la cara oculta de una soledad que él remarcaba diciendo: «La literatura es mi forma de estar solo en el mundo».

El dolor que va más allá de los recuerdos y se incrusta como una lanza en el epicentro de nuestro corazón. Ahí es donde acaban las certezas y comienzan los miedos como una melodía de lo inhóspito y lo inesperado. ¿Cabe mayor proeza que la de rebelarse contra el mundo de los deseos? ¿Atacarlos con la firmeza del que anhela destruir la oscuridad en la que se refugian parte de sus miedos, para más tarde, rechazarlos con la certeza de la realidad?

Nadie nos enseña a mirar, como tampoco nadie nos enseña a amar o a encontrar el verdadero sentido de la vida, que para cada uno de nosotros representa nuestro particular deambular por el mundo.

El canto del colibrí se cuela por nuestras ventanas a primera hora de la mañana. Alegre. Travieso. Bucólico, pero no inocente. Lo hace por el mero hecho que sus sonatas son como universos simbólicos no aptos para hipócritas. El colibrí no miente, si acaso se acerca al muro donde la metáfora es pura gloria. Infinita y perversa. Caleidoscópica y mundana. Por lo de «no me toques que te que te». O porque se parece a ese dicho popular de: «no me toques las palmas que me conozco».

Fluir. Dejarse llevar. Caer atrapado en la necesidad de evitar el vacío. Con el sexo. A través del sexo. Después del sexo. Fluir sin mirar al entorno. Gris. Gigantesco en sus edificaciones. Incómodo en su plasmación interior. Desdibujado. Lleno de goteras. Y, tras ello, la sensación de andar perdido. Elementos de un decorado que se reafirman a cada momento en esta película sobre el vacío y los amores líquidos en la generación Tinder.

«Roma, 27 de febrero de 1821

Ya no existe; murió con la más perfecta tranquilidad… parecía entrar en el sueño. El día 23, hacia las cuatro, la cercanía de su muerte se manifestó. “Severn… yo… levántame… me estoy muriendo… moriré fácilmente… no te asustes… sé firme… y da gracias a Dios porque esto ha llegado…”

De lo minúsculo a lo mayúsculo. De lo singular a lo múltiple. De la incertidumbre a la certeza. Del blanco al color. Etapas de creación y reflexión que cubren el proceso del exceso del mundo en el que vivimos y mal habitamos. Un proceso y un exceso que, Irene Cuadrado en su exposición en Casa de Vacas de Madrid, nos los plantea a través de la magia del color.

Hacer de la mirada un arte hasta no distinguir la realidad del sueño, la verdad de la ficción, la nube de la lluvia, el horizonte de la tierra. Y, de esa forma, desplazarnos en una línea recta que nos atraviesa el corazón, explora el mundo de lo incierto, y adivina todo aquello que es inasequible al continuo movimiento que nos condena a no expiar el poder de la mirada sobre el paisaje.

Las trampas del tiempo con la ayuda de los archivos de la televisión hacen posible recuperar el pasado, nuestro pasado. Y, al hacerlo, se vuelcan sobre nosotros de una forma inquietante por ese carácter entre desafiante y veraz que poseen, al ser los testigos de una vida y una verdad que ya no forman parte de nosotros.

Todo ser material o inmaterial tiene su contrario. O el reflejo que nos sorprende cuando somos capaces de verlo. Algo parecido es lo que nos muestra Chema Madoz en las 73 fotografías que, bajo el título de Crueldad, nos muestra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Ese nuevo espacio creativo que nos propone, es el que transcurre entre la belleza de lo insólito y la perplejidad que nos produce el miedo.