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HILARIO J. RODRÍGUEZ, "EL ARTE DE VIAJAR SIN MOVERSE DEL SITIO": EL VIAJE COMO DESEO E IMAGINACIÓN

29/09/2026@11:11:00

Siempre me gustaron los mapas. Incluso dibujé alguno en ocasiones inesperadas. Sus líneas rojas, las batimétricas azules del mar, o las verdes de los enclaves próximos a grandes montañas fueron parte de un reto y un deseo: llegar. Sin olvidar, por supuesto, los nombres que en ellos aparecían en letra romanilla o heráldica. Los mapas, entonces, eran lo más parecido a un juego. Un juego en el que volcar deseo e imaginación.

VÍCTOR COLDEN, "VENTICINCO DE HACE VEINTICINCO": MELODÍAS DE LOS DÍAS Y SUS NOCHES

La melancolía que envuelve a la nostalgia del pasado es una fuerza centrípeta que nos obliga a dar vueltas y vueltas sobre la incertidumbre que engendra a nuestras vidas. De esa forma nacen las melodías de los días y sus noches que, como los ecos infinitos de las canciones que una vez nos obsesionaron, nos susurran al oído aquello que fuimos y ya no volveremos a ser. Y nacen igual que cuando alguien intenta atrapar la luz, como si eso fuera posible con tan solo estirar el brazo y cerrar el puño sin darse cuenta que el paso del tiempo es un animal salvaje, a veces herido y otras inescrutable, porque su materia prima es la de los recuerdos que por mucho que los hagamos presentes nunca llegarán a ser fieles a lo que vivimos por esa intrínseca manía de nuestra memoria de ser selectiva y, sobre todo, caprichosa.

"Las gratitudes", dirigida por Juan Carlos Fisher, en el Teatro de la Abadía: las palabras y el silencio

Las palabras navegan por nuestra mente como si fueran barcos surcando un mar infinito. Sin embargo, un día el agua se transforma en tierra y el barco se hunde. Y, las palabras, dejan paso al silencio. Como nos dicen en esta obra de teatro: «Hay que hablar cuando todavía quedan palabras». Esa orden o deseo es, sin duda, la mejor forma de convertirnos en seres vivos, porque el lenguaje es el instrumento que nos permite transmitir pensamientos y sensaciones que nos acercan al otro, por más que nos digan también que: «Las palabras duelen, dejan huella».

Paolo Sorrentino, "La Grazia": la belleza de la duda

Hay algo que trasciende a la naturaleza del poder y lo convierte en un juego extraño entre la melancolía y la ironía. Una fuerza extraña que transforma la necesidad ciudadana (que no entiende más que de algoritmos numéricos) en un debate extraño e íntimo: el de la conciencia. La de aquel que tiene la última palabra y que, es sabedor que cuando suena su teléfono ya no tiene a quien acudir. Torturador o asesino, no caben más alternativas.

Estela Sanchis, "Hasta aquí todo va bien": la memoria de la cicatriz

¿Dónde nace el proceso creativo que más tarde se transforma en arte? ¿Cuál es la huella que nos identifica y, al mismo tiempo, significa el inicio del cambio que ni uno mismo es capaz de ver? El arte y la vida son fragmentarios porque siempre parten de una ausencia, o de ese hueco que deja aquello que cobra vida en otro lugar, quizá, en otro mundo.

Joachim Trier, "Valor sentimental": el peso de amor sobre el arte

Una casa y sus grietas. El tiempo y su eco. Un padre y sus hijas. Y, el cine, dentro del cine. Con esos elementos de partida el director noruego Joachim Trier expía, por un lado, el pasado y sus consecuencias, y explora, por otro, el peso del amor de una familia. El peso que ese amor tiene sobre el arte. Al hacerlo a través de una compostura meta cinematográfica dota a la narración de la película de un valor añadido: las grietas con las que todo artista vive su propia pesadilla.

Miriam Reyes, "La edad infinita": ¿Alguna vez fuimos lo que quisimos ser?

Transitar por el camino que separa el cuerpo de la mente y, a partir de ahí, afrontar el desdoblamiento de la propia identidad, porque ¿alguna vez fuimos lo que quisimos ser? Esa frontera entre el yo y el tú es la que vigila la niña que primero mira y luego se relaciona y, en la que Miriam Reyes se ha detenido para tratar de dar un sentido a la globalidad de una vida que se resiente a cada paso atrás que da.

KOR’SIA, SIMULACRO, EN EL CENTRO CONDE DUQUE DE MADRID: FRAGMENTOS ENCERRADOS EN UN CÍRCULO

Algo da vueltas en nuestra cabeza. Primero es una música martilleante que nos pone sobre aviso. Emergencias sin luces de auxilio, pero que sí nos hablan de una catástrofe: el fin del mundo. Como un Sísifo que empuja su piedra una y otra vez, un hombre se debate contra un paracaídas como si en ello le fuera la vida. Esa es la primera metáfora que nos propone Simulacro: la del Hombre frente a la adversidad de un mundo enloquecido. Mundo-burbuja que, a modo de rotonda, no nos ofrece la posibilidad de avanzar, sino la de darnos constantemente frente a una barrera invisible que no nos permite salir de los fragmentos que representan nuestras vidas. Vidas encerradas en círculos.

"LA ODISEA" DE CHRISTOPHER NOLAN: UN HOMBRE, UNA IDEA, UN ENGAÑO

La Odisea como símbolo de un hombre y su destino. Del enigma que engendra ideas, sueños y engaños. Como fuerza que envuelve a la melancolía del ser humano en su deseo por regresar a casa. Y, como narración, en la que ningún contratiempo es lo suficientemente adverso para detener a la íntima necesidad de una persona a la hora de reencontrarse con los suyos y la tierra que le vio nacer. Una vuelta a los orígenes a la que Homero dotó de una épica incontestable.

"Panorama desde el puente", de Arthur Miller, en el teatro Fernando Fernán Gómez bajo la dirección de Javier Molina: la frontera que existe entre la ley y la moral

Las convulsiones del corazón en determinadas ocasiones nos llevan a la destemplanza de la sinrazón. Viaje convulso el que va de un externo a otro de la existencia humana que, tras la persecución de los sueños en forma de deseo, nos llevan a la más clásica de las tragedias griegas. Arthur Miller estrenó Panorama desde el puente en septiembre de 1955 basándose en una conversación que escuchó cuando trabajaba en los astilleros de Brooklyn.

"El jardín de los cerezos" dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente: la realiad que se sumerge bajo las aguas de la vida

La melancolía que atrapa a la felicidad perdida y compone una música de los días y las noches, la volatilidad de los sueños, y el afán por regresar al lugar donde una vez fuimos felices se dan la mano en esta magnífica obra de Antón Chéjov que representa como pocas la lucha del hombre contra el mundo. Desde su infancia en Taganrog hasta la última etapa de su vida en Yalta, el escritor ruso supo convivir con el ruido de la existencia ajena y refugiarse en un postergado e imaginario jardín de los cerezos en el que escribir sobre todo aquello que fuese cercano al alma humana. Hijo de tendero, el designio turbulento de su vida comenzó muy pronto en su miserable infancia en Taganrog rodeado de hermanos —era el tercero de seis—, de la violencia de su padre, o del sacrificio de su madre —una milagrosa cuenta-cuentos—.

Stefan Zweig, "Miedo": el precio de la libertad

Ahora que la lucha por la libertad conlleva en muchos casos perder la vida, no resulta baladí acudir a este principio para valorar aquello que tenemos, más si cabe, cuando nuestra existencia pende de un fino hilo, por más que no seamos conscientes de ello. La rutina, la falta de nuevas expectativas, o el aburrimiento, nos sumergen en las aguas tranquilas de un aburguesamiento oscuro hasta que, de repente, la llama de la pasión se enciende y nos conduce a terrenos peligrosos sin la más mínima precaución. Ese estado de beatitud pasajera es el que juega con la parte invisible que nos trastorna y nos posee e, incluso a veces, nos alienta: la otra vida. Esa que nos anuncia que nos puede llevar a muchos destinos.

TEATRO TRIBUEÑE, "LA GAVIOTA" DE ANTÓN CHÉJOV DIRIGIDA POR IRINA KOUBERSKAYA: LA VERDAD DEL ARTE SOBRE LAS EMOCIONES

El margen de libertad creativa, por un lado, y de juicio de una época que va en contra de lo establecido, por otro, tan presentes en esta obra de teatro fueron, quizá, dos de los inconvenientes que llevaron al fracaso a su primera representación en el Teatro Aleksandrinski de San Petersburgo el 17 de octubre de 1896, donde llegó a ser abucheada por los espectadores. Un hecho que marcó tanto a Antón Chéjov como para no querer volver a escribir ninguna obra dramática más, lo que no ocurriría gracias a que Konstantin Stanislavski la dirigió en el Teatro de Arte de Moscú dos años más tarde y la reconvirtió en un clamoroso éxito.

Tomás Sánchez Santiago, "El que menos sabe": el alma y sus debilidades

Nos dice Tomás Sánchez Santiago en Almanaque desconcertado (I): «Me confundí de madre. Entre una bolsa y otra bolsa/ supe para siempre lo que era caer en las aguas heladas/ del desamparo. Unos segundos, unos cuantos segundos/ nada más. De bolsa en bolsa. Pero fue suficiente. No pude/ soportar a solas el aullido del mundo». De ese aullido y de ese desamparo surgen muchos de los poemas de El que menos sabe.

SÁNDOR MÁRAI, "EL MATARIFE": UN RETRATO ATEMPORAL Y LÚCIDO DE LAS MÁS OSCURAS MISERIAS HUMANAS

La literatura centroeuropea de principios del s. XX está copada por grandes escritores. De Stefan Zweig a Thomas Mann, o de Walter Benjamin a Sándor Márai, sólo por poner unos ejemplos. Todos ellos representan esa desazón que se hiso dueña del paso del s. XIX al s. XX. Un quiebro del destino de los que la literatura ha dejado muchas huellas en las que buscar los porqués de los cambios políticos, económicos y sociales que ocurrieron en esos años. Y del destrozo que causó una inconclusa Primera Guerra Mundial que conllevó la no menos fratricida Segunda Guerra y determinaron y marcaron, sin duda, el alma creativa de los artistas que las sufrieron y vivieron.