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Ángel Silvelo

Entre gauloises y cronopios; escuelas, institutos y universidades; jardines y soledades; guerras y claroscuros; viajes y trenes; humos y leyendas. Todo ello, adornado por viñetas: grandes, pequeñas; coloridas o en blanco y negro; sugerentes o explícitas; aterradoras o esperanzadoras; limitadoras y sin límites.

“La literatura es un espacio para soñar”

El juego de los deseos” es la segunda novela del escritor abulense Ángel Silvelo que ahora publica Premium Editorial. Después de la celebrada “Los últimos pasos de John Keats”, regresa con una novela profundamente actual, muy arriesgada tanto en la forma como en el fondo. El autor es una persona acostumbrada a plantearse retos y asumir una novela en primera persona con tres voces femeninas era envite literario de hondo calado.

El silencio que se sobrepone a la lujuria, el miedo que explora territorios donde siempre reina la derrota, o el poder de concentración de las miradas perdidas que expresan a la vez anhelo de venganza y determinación perversa a la hora de buscar con ansia una libertad engendrada por el deseo tan poderosa en sí misma que se nos muestra incapaz de ser aplastada, son, cada una de ellas, una buena aproximación al universo fílmico que nos propone el hasta ahora director teatral William Oldroyd a la hora de provocar a nuestros sentidos con esta versión de la novela “Lady Macbeth de Mtsennsk” del escritor ruso Nikolai Leskov.

Arthur Miller retrató como nadie esa impostura de felicidad con la revestimos a nuestras vidas, lo que le hizo alejarse de una forma consciente del way of life o sueño americano. Quizá, tenga que ver en todo ello, la amargura vital que le visitó en diferentes etapas de su existencia, lo que le obligó a alejarse de sus sinsabores a través de lo que los creadores llaman como otra vida; otra vida que derramó en las conciencias de sus personajes.

Leer los cuentos de "Relatos tempranos" es sentir el desprecio nauseabundo que sólo los tuyos te pueden proporcionar y, desde ese averno cruel y sentimental, encaramarnos a una atalaya desde la que poder divisar otro mundo. Un mundo imaginado por un niño que quiso ser escritor a los ochos años (Truman Capote); una determinación que él llevó a cabo enfrentando, a ese abandono materno y paterno, con la necesidad del reconocimiento ajeno; un reconocimiento que el escritor forjó con su inexcusable brillantez, y con la que consiguió burlar (en parte) a la crueldad del destino.

Los relatos de James Salter son como retratos de atardeceres, donde la interposición de los reflejos del sol sobre la proximidad de la noche no hacen otra cosa si no anunciarnos la cercanía de la penumbra, una penumbra que nos lleva a visualizar el fracaso, pero también la desnudez de aquello que nunca llegamos a ser.

Fanny Keats (hermana pequeña del poeta romántico inglés John Keats) vino a España en agosto de 1833, tras la muerte de Fernando VII. Llegó desde Londres vía Francia junto a su marido, el vallisoletano Valentín Llanos y dos de sus hijos. En la frontera, por culpa de una forma institucionalizada de bandolerismo, se «incautan» de su equipaje. Se sabe, por una carta de Fanny a su amiga, la Srta. Brawne que, entre las pertenencías sustraídas, estaban las primeras ediciones de los libros de su hermano, con dedicatorias de su puño y letra. Afortunadamente, las cartas que le había escrito John cuando ella era adolescente, las llevaba escondidas en su bolso de mano —uno de aquellos indispensables que las señoras victorianas solían portar consigo—, y por suerte se salvaron del atropello.

Quizá no exista en el mundo nada más inútil que la búsqueda de la belleza, porque, entre otras cosas, quizá nunca sepamos en verdad qué significa esa utopía de la que sólo entienden los sentidos. Esa incertidumbre en la que se mueve aquello que, en principio no se ve y sólo se siente, es en la que se sustenta una buena parte de la civilización que hoy conocemos, pues el sentido de la inutilidad —incluso dentro de los hallazgos tecnológicos más importantes— ha estado muy presente en todo aquello que nos han proporcionado algo de luz a lo largo de los siglos.

La caseta número 242 de Premium Editorial, acogerá las firmas de Ángel Silvelo Gabriel, autor de la novela El juego de los deseos

El jueves 1 de junio de 20:00 a 21:00 horas (después de la presentación de la novela en la Biblioteca Eugenio Trías de Madrid); y el sábado 3 de junio de 18:00 a 20:00, son las citas previstas para que todos aquellos que quieran hacerse con un ejemplar dedicado por su autor de esta novela que aborda de una forma novedosa dentro del panorama literario español la presencia de las mujeres en la Fuerzas Armadas Españolas. En la misma, se pone en valor el papel de nuestros militares en las Misiones de Paz en las que participan y se rinde homenaje a todos aquellos que han dado sus vidas en la lucha por la libertad.

Ángel Silvelo es colaborador de TodoLiteratura

¿Qué lleva a Laura, Adela y Galiana a dar salida sus frustraciones alistándose en las Fuerzas Armadas? Pues ahí, al menos, es donde Ángel Silvelo sitúa a las tres protagonistas de su novela "El juego de los deseos" (Premium Editorial, 2017), para abordar, de una forma novedosa y muy real, el devenir de estas tres mujeres militares que tendrán que hacer frente a situaciones que nunca creyeron que vivirían. En este sentido, la novela parte de una prolepsis o flashforward a partir del cual se va construyendo una historia narrada a tres voces que nos llevará desde Qala-i-Naw en Afganistán a Ayamonte en Huelva, pasando por la Academia de Infantería de Toledo, en un periplo de misterio e intriga que nos depositará en un desenlace abierto e inesperado.

Hay que tener valor para afrontar la realidad —la del día a día—, ésa que no es como nos la imaginamos de pequeños ni como la que sale en las películas o en los anuncios de la televisión. Sin embargo, la verdadera encrucijada no es ésa, sino las opciones a tomar ante la situación a la que sin darnos cuenta nos vemos abocados.

Hay espacios en nuestras vidas que son como cámaras oscuras y vacías, donde no hay más vida que la de unos iconos imaginarios que se difuminan de una forma silenciosa en nuestro interior, sin que por ello, seamos capaces de quitarnos de encima la inadaptación y la desmesura que llevamos pegada al cuerpo desde el triste momento que nos cambia la voz.

«Como un barco impulsado por la negra tormenta va mi alma, no sé hacia adónde…», nos dice el padre del protagonista, Laurent Daguerne, casi al inicio de la novela, cuando hace referencia a unos versos de sus queridos poetas isabelinos.

No hay nada más inabarcable en este mundo que intentar satisfacer a la propia insatisfacción y, a través de ella, ordenar todo aquello que desaparece una vez que lo hemos conseguido, por muy nimia que sea la meta, y, con ello, tratar de calmar esa llama que no para de arder y atormentar a nuestro espíritu. Llama infinita que sólo conoce el consuelo de la creación cuando se vuelca en una hoja en blanco; un espacio, en el que, por cierto, Emily Dickinson se rebeló contra la oscuridad del universo.

El arrebato como forma de ser y estar en el mundo tiene sus complicaciones, pues a pesar de que en la sociedad en la que vivimos, quizá, nada sea tan inútil como lo es la poesía (si tomamos a ésta como una de las expresiones de la pasión —en este caso literaria— llevada al infinito), no es menos cierto que todo aquello que sobrepasa ciertos límites, acaba volviéndose en contra de uno mismo.