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La duda

Hay un proverbio italiano que dice “Pastor que halaga al lobo no ama a las ovejas”. Traigo a colación el mismo porque en estos días negros en que transitamos, en donde la ciudadanía de España y del mundo está amenazada por una pandemia que deja un incalculable reguero de muertos, además de a millones de ciudadanos que ven peligrar su sustento o de empresarios que tendrán que cerrar sus empresas.

Tal vez por aquello de que a la fuerza ahorcan, nos hemos habituado a calificar nuestra actualidad mediática con términos teatrales que oscilan desde la tragicomedia al esperpento. Pero, en realidad, la prefiguración de este escenario de la temperatura nacional, donde la vida parece cualquier cosa menos un sueño, se estrenó hace cuatro siglos de la mano de un implacable clérigo, paladín de furia integrista de la Contrarreforma y sin embargo padre de un hijo ilegítimo, portavoz de una multinacional llamada Monarquía Hispánica y víctima de su propia ortodoxia.

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De Lichtenberg, ese gran aforista (¿o habría que decir, quizás, moralista?; ¿tal vez esteta, un esteta vital? ¿No podrían ser éstos algunos de los alegatos adjetivados que se podrían esgrimir en favor del aforista, del solitario aforista?), se ha dicho muchas veces que, de hecho, carece de una obra literaria propia. He aquí, sin embargo, que, teniendo como único bagaje literario sus cuadernos de aforismos, puede decirse que ha aportado al mundo de la creación mayor peso especifico y mayor influencia en sus contemporáneos como ningún otro había conseguido.