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"El Bajo Imperio romano (284-430 d. de .C.)", de Averil Cameron

Ed. Encuentro. 2001
martes 20 de enero de 2026, 21:20h
El Bajo Imperio romano (284-430 d. de C.)
El Bajo Imperio romano (284-430 d. de C.)

La historiadora Averil Millicent Cameron (Leek, 8 de febrero de 1940) ha sido catedrática de Historia Tardoantigua y Bizantina en la Universidad de Oxford, y es la autora de esta magnífica obra sobre el período del Bajo Imperio del SPQR; sobre la que deseo indicar, a priori, que es una obra muy completa y definitoria de la época a narrar.

La época que se estudia, pormenorizadamente, en este libro, abarca desde el momento del acceso al trono del emperador Diocleciano, justo en el año 284 d.C. hasta la muerte del emperador hispano Teodosio I “el Grande” en el año 395 d.C., que fue cuando dividió el Imperio romano entre sus dos hijos, Honorio para la parte occidental o Imperio Romano de Occidente, y Arcadio para las tierras de Oriente. En el centro de esta historia romana se encuentra el emperador Constantino I “el Grande/Flavio Valerio Constantino, desde el año 306 d.C., hasta su muerte/Nicomedia en 337 d.C. Es muy probable que el emperador citado adoptase como religión oficial el cristianismo-católico, por el obvio declive moral del paganismo.

Todos estos puntos de vista han sido y son aún ampliamente sostenidos por los historiadores y se traslucen en buena parte de lo escrito sobre este período. Enseguida quedará claro que este libro adopta un enfoque distinto. Las concepciones previas, y sobre todo los juicios de valor, no se pueden evitar por completo en la historia, pero no ayudan desde luego ni al historiador ni al estudiante. Además, es mucho menos probable que hoy día, teniendo en cuenta el desafío a los valores tradicionales que se ha registrado en nuestra sociedad, nos ciñamos al Principado como encarnación del ideal clásico y se asuma que cualquier desviación respecto al mismo debe representar necesariamente la decadencia. Por último, hay acaso más cautela que en anteriores generaciones de historiadores ante el poder y los peligros de la retórica y nos sentimos menos inclinados a tomar prima facie la retórica imperial del Bajo Imperio romano. Al período que arranca con Diocleciano se le denomina a veces el ‘Dominatum’, puesto que el emperador recibía el tratamiento de ‘dominus’ (‘señor’), mientras que en el Alto Imperio (el llamado ‘Principado’) se le había tratado de forma muy distinta: simplemente como prínceps (‘primer ciudadano’). Pero el término dominus no era en modo alguno nuevo; además, lo que los emperadores del siglo IV quisieran -así como la forma bajo la que deseaban aparecer- era una cosa y otra muy distinta qué clase de sociedad era el Imperio en su conjunto”.

Lo que es muy diferente en relación con el paradójico y paradigmático emperador Diocleciano, no tiene la más mínima relación con el nuevo sistema político inventado por el emperador ilírico, y que estribaba en ser la Tetrarquía. Y lo que se planteó como un sistema para tratar de perfeccionar la política de Roma, existiendo dos emperadores o Augustos y dos césares correlativos, no tuvo un fin positivo, ya que los seres humanos desearon el poder como fuese y sensu stricto, llegando hasta el magnicidio y la guerra civil. Por todo lo que antecede, se puede colegir, como postulado más que atractivo, que los ciudadanos del SPQR se volviesen hacia aquella nueva religión, que presentaba un sentido de la ética muy diferente. Aunque, también existían acres críticas al sistema impositivo de los gobernantes imperiales, y existen críticas amplias a los recaudadores de impuestos o publicanos. El momento del período crítico comienza ya en el siglo III d.C. con el asesinato de Alejandro Severo, esto ocurrido en el año 235 d.C. Este período crítico tiene una relación directa con el número ingente de emperadores que se suceden en el trono capitolino, la mayor parte de ellos solo gobernarán durante unos pocos meses, y serán asesinados por el influjo o la mano empuñando un puñal de la guardia pretoriana, o incluso de los propios legionarios.

Galiano (253-268) fue el que más permaneció en el poder de todos ellos, mientras que Aureliano (270-275) fue el que tuvo más éxito, pues consiguió derrotar al régimen independiente que la reina Zenobia había establecido en Palmira (Siria) tras la muerte de su esposo Odenato. Pero Valeriano (253-260) fue capturado por Sapor I, rey de la poderosa dinastía de los Sasánidas, que habían sucedido a los partos como gobernantes de Persia en el año 224, mientras que desde el año 258 al 274 Póstumo y sus sucesores gobernaron de forma casi independiente en la Galia (en el llamado Imperio galo’)”.

Es muy difícil seguir una línea sucesoria entre los que pueden y deben ser cualificados de emperadores, de forma prístina, y los que solo son usurpadores, ya que ambos títulos tienen una relación directa con la crisis política que está provocada por el constante estado de guerra, lo que incrementaría la preeminencia de la milicia y de sus soldados legionarios en la conquista del poder por uno u otro de sus generales. Durante más de trescientos años los persas-sasánidas serían la máxima amenaza para la Roma de Oriente, hasta su derrota inapelable en el año 628 d.C. por las fuerzas bizantinas del emperador Heraclio. Pero, asimismo, al norte y al oeste de la Roma de Occidente los pueblos germanos siguen presionando las fronteras del SPQR. Decio ya habría sido derrotado por los godos en el año 251. No se conoce, de modo y manera fehaciente, las causas de este comportamiento, quizás una de ellas pueda ser la fortísima presión realizada por los pueblos de las estepas de Rusia, verbigracia los hunos. Estas incursiones del siglo III fueron el precedente insoslayable de lo que ocurriría ya en el Bajo Imperio. Además, el ejército ya tenía una gran importancia incluso en la evolución política de Roma, como resultado de las reformas más que necesarias, y realizadas por el gran emperador cartaginés de Roma, Septimio Severo, casado con Julia Domna y padre de Caracalla y Geta. No puede sorprender que las provincias propusieran un candidato para el título de emperador, y luego si no era de su agrado y satisfacción, lo eliminasen de modo y manera totalmente inmisericorde. El Senado nunca había podido controlar a las legiones, que siempre dependían del mando de sus respectivos cónsules o pretores. Siguiendo con el análisis evolutivo del Bajo Imperio, se puede indicar, taxativamente que: a partir del siglo IV las dificultades económicas de los municipios son una de las causas esenciales para los problemas de este sistema político.

En las ciudades que se consideraban que estaban inermes frente a las posibilidades de invasiones enemigas o incluso de alguna guerra civil, lo que hacían sus habitantes era dedicarse a la supervivencia o a la restauración de sus defensas muradas. Verbigracia, Antioquía y Atenas fueron atacadas sañudamente por los persas-sasánidas y por los germanos-hérulos respectivamente. No obstante, el esfuerzo ciudadano conllevó que les fuese posible recuperarse de los destrozos bélicos padecidos. En el Bajo Imperio, las ciudades están concienciadas de que para poderse defender es preciso poseer unas recias murallas. Junto a estos problemas militares existieron, también, problemas patológicos de difícil solución, como por ejemplo la epidemia de peste-bubónica que asoló al imperio en el reinado de Marco Aurelio. Aunque entre un emperador de la categoría de Diocleciano, considerado erróneamente como un ‘déspota oriental’, y un Constantino autoritario pero convertido al cristianismo, sí es verdad que existen los mismos fines, aparentemente, pero los medios son diversos. Aunque ambos a dos realizaron tales reformas, que poco a poco, consiguieron estabilizar la situación.

«Acosado por invasiones, guerras civiles y dificultades internas durante todo un siglo, el Imperio Romano que hereda Diocleciano el año 284 estaba desesperadamente necesitado de la dirección que imprimió este emperador a la administración y al ejército. Su sucesor, Constantino, consiguió la consolidación del poder imperial por medio de la adopción de una nueva y vibrante religión, el cristianismo, que podía unir un imperio inclinado naturalmente hacia la diversidad y la divergencia. El siglo IV fue un período decisivo, cuyos numerosos cambios y amplia diversidad cultural quedaron reflejados en la obra de su principal historiador, Amiano Marcelino, y en la aparición de figuras tan diferentes como Juliano el Apóstata y san Agustín, con quien precisamente acaba el libro. Averil Cameron pone de manifiesto el papel esencial desde el punto de vista teológico e histórico de Agustín de Hipona, con sus ‘Confesiones’, la primera autobiografía psicológica que conocemos, y con ‘La ciudad de Dios’, respuesta al saqueo de Roma por parte de Alarico en el año 410, y su madura reflexión sobre el papel de Dios en la historia». Estamos, por lo tanto, ante una obra muy interesante, y más que necesaria para el conocimiento del Bajo Imperio del Senatus Populusque Romanus, que crearía las condiciones precisas para la nacencia del Medioevo. ¡Importante y obvia! «Libidines ad potiudum incitantur. ET. Dei providentia hominum confusione. ET. O puer, qui omnia nomini debes».

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