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Nuestro poema de cada día
Foto (coloreada) de Antonio Machado y su familia en la terraza del chalet Villa Amparo, en Rocafort (Valencia), donde estuvo alojada desde noviembre de 1936 hasta su traslado a Barcelona en abril de 1938. De derecha a izquierda: José Luis, reportero de la revista Fragua Social; el poeta Antonio Machado; su madre, Ana Ruiz; su cuñada, Matea Monedero; una de sus sobrinas, posiblemente María, y su hermano José.
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Foto (coloreada) de Antonio Machado y su familia en la terraza del chalet Villa Amparo, en Rocafort (Valencia), donde estuvo alojada desde noviembre de 1936 hasta su traslado a Barcelona en abril de 1938. De derecha a izquierda: José Luis, reportero de la revista Fragua Social; el poeta Antonio Machado; su madre, Ana Ruiz; su cuñada, Matea Monedero; una de sus sobrinas, posiblemente María, y su hermano José.

Antonio Machado: De la España “vieja y tahúr, zaragatera y triste”, a la “España del cincel y de la maza”, “de la rabia y de la idea”

Antonio Machado, en su poema "El mañana efímero", critica el tradicionalismo y la decadencia de España, describiéndola como una nación estancada y vacía. Sin embargo, anhela una nueva España, joven y redentora, que surja del pasado y rechace el inmovilismo para abrazar la renovación y el progreso.

CXXXV

El mañana efímero
A Roberto Castrovido
[Periodista y político republicano]
La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y de alma quieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su poeta.
En vano ayer engendrará un mañana
vacío y por ventura pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero,
a la moda de Francia realista
un poco al uso de París pagano
y al estilo de España especialista
en el vicio al alcance de la mano.
Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero;
el vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.

Antonio Machado: Campos de Castilla. En Poesías completas. Madrid, Espasa Libros,
1988, 13.ª edición. Colección Austral, A-33. Manuel Alvar, editor literario.

Este poema está escrito a finales de 1913; y aunque Campos de Castilla -al que temáticamente pertenece- se publicó en 1912, fue incluido en las ediciones posteriores de esta obra; y si bien en ella predomina el poeta de lírica intimista, figura también el poeta comprometido con la realidad histórica que le ha tocado vivir. Machado utiliza una combinación libre de versos endecasílabos y heptasílabos, tanto en su número y distribución a lo largo del poema, como en la combinación de rimas consonantes: una forma métrica esta que maneja con excepcional maestría

Este poema puede inscribirse en el ámbito de una poesía social que denuncia el atraso en que vive sumida España como consecuencia de ese secular tradicionalismo al que se aferra, y que conlleva una decadencia en todos los órdenes -incluidos, por tanto, el moral e intelectual-. Es esa “España de charanga y pandereta, / cerrado y sacristía, / devota de Frascuelo [una de las grandes figuras de la tauromaquia de finales del XIX] y de María [la madre de Jesús], / de espíritu burlón y de alma quieta” (versos 1-4) que tanto asquea a Antonio Machado.

En este sentido, Antonio Machado se alinea con la sensibilidad del grupo de escritores de la generación del 98 que denuncian amargamente el clima político y social dominante en la España de la Restauración, y que se podría resumir en dos palabras: insatisfacción y desaliento colectivos. En efecto, ya Ángel Ganivet hablaba de “abulia” (falta de voluntad); a Unamuno le angustiaba el “marasmo” (suspensión o paralización absoluta de la actividad; inmovilismo); Azorín señalaba la “depresión enorme de la vida”; Y Machado, en su poema, ofrece una visión de España “vieja y tahúr [vertajista y tramposa], zaragatera [empalagosa, que causa hastío] y triste” (verso 16 en el que la serie de cuatro adjetivos le sirven a Machado para diagnosticar un aletargamiento insoportable). Es “esa España inferior que ora y embiste, / cuando se digna usar la cabeza” (versos 17-18).

Y frente a esa España descrita hasta el verso 34 (de la que también forma parte un paisaje putrefacto, acorde con su paisanaje, tal y como se describe en los versos 30-32: “Como la náusea de un borracho ahíto de vino malo, un rojo sol corona / de heces turbias las cumbres de granito”), el poeta clama por una “España implacable y redentora” (verso 38, con dos adjetivos que se cargan de sugerentes valores connotativos). Es la “España que alborea” (verso 40, expresión de unos anhelos que más adelante encarnará en su poesía Blas de Otero); “la España del cincel y de la maza” (verso 36, que define una juventud trabajadora y entusiasta); la “España de la rabia y de la idea” (verso 42 con el que se cierra el poema en plena ascensión climática). Y es el “hacha en la mano vengadora” (verso 41) la dura metáfora con la que Machado, consciente de que “En vano ayer engendrará un mañana / vacío y por ventura pasajero” (versos 7-8, 25-26), de que “el vacuo ayer dará un mañana huero” (verso 29), expresa su convencimiento de un “mañana nada efímero”, sustentado en “esa eterna juventud que se hace / del pasado macizo de la raza” (versos 37-38). Y, de esta forma, se superará esa España que “aún tendrá luengo parto de varones / amantes de sagradas tradiciones / y de sagradas formas y maneras; / florecerán las barbas apostólicas, / y otras calvas en otras calaveras / brillarán, venerables y católicas” (versos 19-24).

Y tal vez no estaría de más recordar aquí y ahora otros versos de Antonio Machado que alertan sobre un drama español que venimos arrastrando sin solución de continuidad:

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

Proverbios y cantares, LIII
(En Campos de Castilla).

**********

Como también podemos recordar, por lo variado de su información para poder adentrarse en el pensamiento de Antonio Machado, la carta que le envía a David Vigodsky, escrita en Rocafort (Valencia) el 20 de febrero de 1937, y publicada en “Hora de España” (Valencia, abril, 1937, págs. 5-10).

[David Vigodsky fue un hispanista ruso que gozó de cierto prestigio como lingüista y traductor].

Mi querido y lejano amigo:

Con algún retraso me llega su amable carta del 23 de enero, que habría contestado a vuelta de correo, si mis achaques habituales no se hubiesen complicado con una enfermedad de los ojos, que me ha impedido escribir durante varios días.

En efecto, soy viejo y enfermo, aunque usted por su mucha bondad no quiera creerlo: viejo, porque paso de los sesenta, que son muchos años para un español; enfermo, porque las vísceras más importantes de mi organismo se han puesto de acuerdo para no cumplir exactamente su función. Pienso, sin embargo, que hay algo en mí todavía poco solidario de mi ruina fisiológica, y que parece implicar salud y juventud de espíritu, si no es ello también otro signo de senilidad, de regreso a la feliz creencia en la dualidad de sustancias.

De todos modos, mi querido Vigodsky, me tiene usted del lado de la España joven y sana, de todo corazón al lado del pueblo, de todo corazón también enfrente de esas fuerzas negras –¡y tan negras!– a que usted alude en su carta.

En España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos –nuestros barinas– invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva. En España, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo. La demofilia es entre nosotros un deber elementalísimo de gratitud.

He visto con profunda satisfacción la intensa corriente de simpatía hacia Rusia que ha surgido en España. Esta corriente es, acaso, más honda de lo que muchos creen. Porque ella no se explica totalmente por las circunstancias históricas en que se produce, como una coincidencia en Carlos Marx y en la experiencia comunista, que es hoy el gran hecho mundial. No. Por debajo y por encima y a través del marxismo, España ama a Rusia, se siente atraída por el alma rusa. Lo tengo dicho hace ya más de quince años, en una fiesta que celebramos en Segovia, para recaudar fondos que enviar a los niños rusos. «Rusia y España, se encontrarán un día como dos pueblos hondamente cristianos, cuando los dos sacudan el yugo de la iglesia que los separa.»

Leyendo hace unos meses «El Adolescente», de Dostoïevski -vuestro gran DostoIevski- encontré algunas páginas, en mi opinión proféticas, que me afirman en la idea que tuve siempre del alma rusa. Un personaje de esta novela, Versilov -cito y resumo de memoria, porque mis libros se han quedado en Madrid-, dice, conversando con su hijo, que llegará un día en que los hombres vivan sin Dios. Y cuando se haya agotado esa gran fuente de energía que les prestaba calor y nutría sus almas, los hombres se sentirán solitarios y huérfanos. Pero añade -y esto es a mi juicio lo específicamente ruso- que él no ha podido nunca imaginar a los hombres como seres ingratos y embrutecidos. Los hombres entonces se abrazarán más estrecha y amorosamente que nunca, se darán la mano con emoción insólita, comprendiendo que, en lo sucesivo, serán ya los unos para los otros. La idea y el sentimiento de la inmortalidad serán suplidos por el sentido fraterno del amor. Claramente se ve cómo Dostoïevski es un alma tan impregnada de Cristianismo, que ni en los días de mayor orfandad y más negro ateísmo que él imagina, puede concebir la ausencia del sentimiento específicamente cristiano. Y expresamente lo dice Versilov, al fin de su discurso, en estas o parecidas palabras: Entre los hombres huérfanos y solitarios veo al Cristo tendiéndoles los brazos y gritándoles: ¿cómo habéis podido olvidarme?

Como maestra de cristianismo, el alma rusa, que ha sabido captar lo específicamente cristiano -el sentido fraterno del amor, emancipado de los vínculos de sangre- encontrará un eco profundo en el alma española, no en la calderoniana, barroca y eclesiástica, sino en la cervantina, la de nuestro generoso hidalgo Don Quijote, que es a mi juicio, la genuinamente popular, nada católica, en el sentido sectario de la palabra, sino humana y universalmente cristina.

Uno de los más grandes bienes que espero del triunfo popular en nuestro mayor acercamiento a Rusia, la mayor difusión de su lengua y de su gran literatura, poco y mal conocida aún entre nosotros y que, no obstante, ha dejado ya muy honda huella en España.

Con toda el alma agradezco a usted como español la labor de hispanista a que usted ahora se consagra. Por nuestro amigo Rafael Alberti tenía de ella la mejor noticia. Ahora me anuncia usted su traducción de «El Mágico Prodigioso», el magnífico drama de Calderón de la Barca. El teatro calderoniano es a mi juicio la gran catedral estilo jesuita de nuestro barroco literario. Su traducción a la lengua rusa llenará de orgullo y satisfacción a todos los amantes de nuestra literatura.

Sobre la tragedia de Unamuno, que es tragedia de España, publiqué una nota en el primer cuaderno de la Casa de la Cultura. Se la copio, levemente retocada para subsanar una errata importante de su texto. Dice así: «A la muerte de don Miguel de Unamuno, hubiera dicho Juan de Mairena: de todos los grandes pensadores, que hicieron de la muerte tema esencial de sus meditaciones, fue Unamuno quien menos habló de resignarse a ella. Tal fue la nota antisenequista -original y españolísima, no obstante- de este incansable poeta de la angustia española. Porque fue Unamuno todo, menos un estoico, es decir, todo antes que un maestro de resignación a la fatalidad del morirse, le negaron muchos el don filosófico, que poseía en sumo grado. La crítica, sin embargo, debe señalar que, coincidiendo con los últimos años de Unamuno, florece en Europa toda una metafísica existencialista, profundamente humana, que tiene a Unamuno, no sólo entre sus adeptos, sino también -digámoslo sin rebozo- entre sus precursores. De ello hablaremos largamente otro día. Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en guerra. ¿Contra quién? Quizás contra sí mismo; acaso también, aunque muchos no lo crean, contra los hombres que han vendido a España y traicionado a su pueblo ¿Contra el pueblo mismo? No lo he creído nunca ni lo creeré jamás.»

La muerte de García Lorca me ha entristecido mucho. Era Federico uno de los dos grandes poetas jóvenes andaluces. El otro es Rafael Alberti. Ambos, a mi juicio, se complementaban como expresión de dos aspectos de la patria andaluza: la oriental y la atlántica. Lorca, más lastrado de folklore y de campo, era genuina y esencialmente granadino. Alberti, hijo de un finis terra, la planicie gaditana, donde el paisaje se borra y se acentúa el perfil humano sobre un fondo de mar o de salinas, es un poeta más universal, pero no menos, a su manera, andaluza. Un crimen estúpido apagó para siempre la voz de Federico. Rafael visita los frentes de combate y, acompañado de su brava esposa María Teresa León, se expone a los más graves riesgos.

Releyendo, cosa rara en mí, los versos que dediqué a García Lorca, encuentro en ellos la expresión poco estéticamente elaborada de un pesar auténtico, y además, por influjo de lo subsconciente sine qua non de toda poesía, un sentimiento de amarga queja, que implica una acusación a Granada. Y es que Granada, pienso yo, una de las ciudades más bellas del mundo y cuna de españoles ilustres, es también -todo hay que decirlo- una de las ciudades más beocias de España, más entontecidas por su aislamiento y por la influencia de su aristocracia degradada y ociosa, de su burguesía irremediablemente provinciana. ¿Pudo Granada defender a su poeta? Creo que sí. Fácil le hubiera sido probar a los verdugos del fascio que Lorca era políticamente innocuo, y que el pueblo que Federico amaba y cuyas canciones recogía no era precisamente el que canta la Internacional.

En Madrid libertado o en Leningrado libre, yo también tendría sumo placer en estrechar su mano. Por de pronto me tiene usted en Valencia (Rocafort) al lado del Gobierno cien veces legítimo de la gloriosa República española y sin otra aspiración que la de no cerrar los ojos antes de ver el triunfo definitivo de la causa popular, que es -como usted dice muy bien- la causa común a toda la humanidad progresiva.

En fin, querido Vigodsky, no quiero distraer más su atención. Mis afectos a su hijo, el joven bautista de sus canarios con nombres de ríos españoles. Dígale que me ha conmovido mucho su gentil homenaje a la memoria del poeta querido.

Y usted disponga de su buen amigo,

Antonio Machado.

Bibliografía.

Marisa Sotelo Vázquez: “Las colaboraciones de Antonio Machado en Hora de España”. (Edición digital a partir de Antonio Machado, el poeta y su doble. Barcelona, Universitat de Barcelona, 1989, pp. 227-247).

https://www.cervantesvirtual.com/obra/las-colaboraciones-de-antonio-machado-en-hora-de-espana-1210700/

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