El libro —traducido a múltiples idiomas y con una notable circulación internacional— se presenta como una guía de acompañamiento emocional en la que conviven reflexión y herramienta. A lo largo de sus páginas, Montemayor recorre un itinerario reconocible dentro del género: la identificación del dolor, la toma de conciencia, el establecimiento de límites y, finalmente, la posibilidad de reconstrucción personal. En ese trayecto, introduce prácticas como la respiración consciente, el mindfulness o la escritura terapéutica, que funcionan como dispositivos concretos para sostener ese proceso de cambio.
Hay, sin embargo, un elemento interesante en la forma en que el libro insiste en redefinir la idea de “soltar”. Frente a una lectura superficial —tan frecuente en este tipo de literatura— que asocia el desapego con una suerte de olvido voluntarista, Montemayor subraya la dimensión más incómoda y menos inmediata del proceso: aceptar, comprender, atravesar. En esa insistencia se juega buena parte de la ambición del libro, que busca posicionarse no solo como un manual de alivio, sino como una invitación —más o menos lograda— a habitar el conflicto emocional sin simplificarlo del todo.
El volumen está estructurado como un recorrido progresivo que combina reflexión, ejemplos personales y ejercicios prácticos, y recurre a un lenguaje deliberadamente cercano, apoyándose en nociones de psicología divulgativa y referencias a la neurociencia, para construir un discurso accesible que interpela directamente al lector. La idea de fondo es clara: no se trata de cambiar quién se es, sino de desactivar aquello que impide una relación más amable con uno mismo.
A lo largo de sus capítulos, aparecen temas recurrentes como el establecimiento de límites, la gestión del apego, la relación con el pasado y la construcción del amor propio. Todo ello articulado bajo una premisa que atraviesa el libro: que el bienestar no es un estado inmediato ni una meta fija, sino un proceso que exige tiempo, conciencia y, sobre todo, disposición a incomodarse.
En un mercado saturado de libros de desarrollo personal, ¿qué conciencia tuviste al escribir Soltar para sanar de estar dialogando —o discutiendo— con ese género?
Sí, la tuve muy presente. No me interesaba pararme por fuera del género con superioridad, porque sé que ese tipo de libros han acompañado a mucha gente. Pero sí quería dialogar desde dentro con ciertas formas muy instaladas de hablar del dolor: la promesa rápida, la receta emocional, la idea de que todo dolor puede resolverse con voluntad y frases correctas. Sabía que estaba entrando en un territorio muy transitado, y por eso me importaba no sumarme al ruido, sino devolverle profundidad humana a la conversación. Mi apuesta fue escribir un libro cercano, sí, pero no complaciente…accesible, pero sin negar la complejidad de lo que una herida deja en una vida. Más que ofrecer un manual de certezas, quería acompañar desde un lugar honesto.
Tu escritura apuesta por la claridad y la cercanía. ¿Te preocupa que esa transparencia pueda ser leída como simplificación en un campo tan complejo como el dolor emocional?
El riesgo existe, pero no creo que oscurecer el lenguaje vuelva más profundo un tema. De hecho, escribir claro sobre algo complejo exige más rigor, no menos. Se confunde complejidad con opacidad, y yo quería hacer lo contrario: escribir con claridad sin traicionar la densidad del dolor emocional. Para mí, la verdadera simplificación no está en usar un lenguaje cercano, sino en prometer salidas limpias para procesos que son contradictorios, lentos y muchas veces incómodos. Por eso el libro insiste tanto en las recaídas, en los matices y en la necesidad de acompañamiento real cuando hace falta. La claridad, en ese sentido, no reduce el dolor: lo vuelve nombrable sin alejar al lector de sí mismo.
El libro propone “soltar” como camino, pero ¿cómo se escribe sobre el desapego sin caer en fórmulas o consignas repetidas?
La palabra “soltar” ya viene muy gastada, y justo por eso había que devolverle verdad. La única manera de no caer en la frase hecha era escribir desde la experiencia humana y no desde el eslogan. Para mí, soltar no es hacer como que nada dolió, ni pensar en positivo, ni cerrar rápido una herida. Es atravesar el duelo, reconocer el apego, aceptar lo que no controlamos y dejar de vivir marcados por una herida. Cuando uno nombra el proceso con esa precisión, el desapego deja de sonar a fórmula y recupera su dimensión real: una práctica lenta, incómoda a ratos, pero profundamente liberadora.
Hay una tensión interesante entre lo íntimo y lo universal en tu obra. ¿Cómo trabajas ese equilibrio sin que lo personal se vuelva una lección?
Creo que lo universal no aparece cuando uno generaliza, sino cuando afina. Mientras más precisa y honesta es una experiencia, más posibilidades tiene de ser reconocida por otro. Por eso no me interesa usar lo personal como ejemplo ni como moraleja, sino como materia humana de trabajo. Escribo desde zonas muy concretas, el apego, la culpa, la ansiedad, el duelo, pero sin clausurar su sentido con una enseñanza. Mi experiencia no busca dictar una respuesta, sino abrir una conversación. Ahí es donde lo íntimo, sin dejar de ser íntimo, puede tocar algo universal.
Muchos lectores buscan en estos libros respuestas inmediatas. ¿Escribes contra esa expectativa o, en algún punto, dialogas con ella?
No escribí contra esa expectativa, pero tampoco para obedecerla. Entiendo que mucha gente llega a estos libros cansada, confundida, necesitando alivio, y sería insensible ignorar esa urgencia. Pero otra cosa muy distinta es reforzar la fantasía de que existe una solución inmediata y sin costo interior. El libro busca acompañar esa necesidad sin volverla una exigencia de resultado rápido: ofrece herramientas, preguntas, cierta orientación, pero también insiste en que sanar no es un trámite exprés. En el fondo, más que discutir con el lector, quise cuestionar la lógica que le hace sentir que, si no mejora rápido, está fallando.
¿Hasta qué punto sientes que la escritura de este libro responde también a una lógica editorial y de mercado que hoy demanda relatos de sanación?
Un libro nunca se escribe en el vacío. Claro que hay una época y una lógica editorial que hoy favorecen los relatos de sanación, y sería ingenuo negarlo. Pero responder a una necesidad de época no invalida un libro; escribir solo para aprovecharla sí puede vaciarlo. Para mí, la pregunta era qué hacer dentro de ese marco. Se puede repetir la fórmula y volver el dolor una mercancía inspiracional, o se puede usar ese espacio para introducir más verdad, más humanidad y más responsabilidad. Mi intención fue esa. No me interesaba hacer del sufrimiento un espectáculo amable o rentable, sino sostener una conversación seria, cercana y humana sobre lo que nos duele. El mercado existe, lo importante es no dejar que decida toda la profundidad del texto.
En tus páginas aparece una crítica implícita a la cultura de la productividad emocional. ¿Te interesa que tu libro sea leído también como un gesto político, más allá de lo individual?
Sí, aunque no en un sentido partidista ni programático. Me interesa esa lectura porque lo emocional nunca ocurre fuera de lo colectivo. La manera en que hoy vivimos el dolor, el cansancio o la ansiedad está atravesada por una cultura del rendimiento que también organiza nuestros vínculos, nuestro tiempo y nuestra idea de valor personal. Entonces, cuando un libro cuestiona la exigencia de sanar rápido, de estar bien para seguir funcionando, también está formulando una pregunta política. No desde la consigna, sino desde la pregunta por el tipo de vida que estamos normalizando.
Después de escribir este libro, ¿te resulta más difícil o más honesto seguir escribiendo sobre el dolor sin convertirlo en un relato “consumible”?
Diría que me resulta más honesto, y justamente por eso más exigente. Después de escribir este libro, ya no puedo mirar el dolor con la misma inocencia, porque veo con más claridad cómo muchas veces se lo convierte en relato bonito, en superación rápida o en consumo emocional. Eso me volvió más cuidadosa frente a la tentación de suavizar la herida para hacerla más aceptable o más vendible. Hoy me interesa escribir de un modo que acompañe sin explotar, que nombre sin volver más fácil lo que duele y que no le quite profundidad a la experiencia solo para hacerla más consumible. Prefiero un texto menos complaciente, pero más verdadero.
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