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Nuestro poema de cada día
Gerardo Diego
Gerardo Diego (Foto: Muller)

Gerardo Diego. Viacrucis: Tercera y cuarta estación del Vía Crucis

Poesía de Semana Santa, III.
Lunes Santo (30 de marzo de 2026)

Evangelio de San Juan, 1:19..

«El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo. Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua».

Tercera estación: Jesús cae por primera vez.

A tan bárbara congoja
y pesadumbre declinas,
y tus rodillas divinas
se hincan en la tierra roja.
Y no hay nadie que te acoja.
En vano un auxilio imploras.
Vibra en ráfagas sonoras
el látigo del blasfemo.
Y en un esfuerzo supremo
lentamente te incorporas.

La primera décima de la tercera estación, escrita en segunda persona, presenta a Jesús avanzando a duras penas por la Calle de la Amargura -o Vía Dolorosa-, camino del Calvario; pero el peso de la cruz le hace caer («tus divinas rodillas / se hincan en la tierra roja»), y nadie la auxilia («Y no hay nadie que te acoja»), y vuelve a a ponerse en pie mientras recibe fuertes latigazos a manos de sus verdugos («el látigo del blasfemo»). Tal vez lo más impresionante de la décima, más que la propia caída de Jesús, sea la fuerza plástica con que se describen los latigazos que recibe, metafóricamente convertidos en «ráfagas sonoras», expresión con ribetes sinestésicos, en la que pueden escucharse los chasquidos del látigo sacudido en el aire que golpea el torso de Jesús. Cinco oraciones simples conforman la décima, a razón de dos versos por oración, separadas por un punto que coincide con la pausa versal. Sin embargo, el poeta ha recurrido al continuo hipérbaton para poder solventar el problemas que plantea la distribución de rimas consonantes, en un verdadero ejercicio de maestría versificatoria. De los cinco adjetivos empleados, cuatro están en posición final de verso («rodillas divinas», «tierra roja», «ráfagas sonoras» y «esfuerzo supremo»). Algo similar ocurre con los verbos: de los cinco empleados, cuatro están a final de verso, lo cual es poco frecuente («declinas», «te acongoja», «imploras», «incorporas»). Y, de esta manera, «cuadra» a la perfección el esquema tímbrico de la rima consonante que exige la décima: a (/-ója/) b (/-ínas/) b (/-ínas/) a (/-ója/) / a (/-ója/) c (/-óras/) / c (/-óras/) d (/-éno/) d (/-éno/) c (/-óras/).

**********

Como el cordero que viera
Juan, el dulce evangelista,
así estás ante mi vista
tendido con tu bandera.
Tu mansedumbre a una fiera
venciera y humillaría.
Ya el Cordero se ofrecía
por el mundo y sus pecados.
Con mis pies atropellados
como a un estorbo le hería.

Diego se sirve de esta segunda estrofa para recordar, parafraseando a Juan el Bautista, que quien está caído en el suelo por el peso de la cruz -aludida con el nombre «bandera»- con la que carga es precisamente «el Cordero de Dios», que le ha encomendado quitar los pecados del mundo «Ya el Cordero se ofrecía / por el mundo y sus pecados»). Y tal es su «mansedumbre» -su humildad y dulzura- que «a una fiera venciera y humillaría» (suponemos que el vocablo «fiera» tiene en el contexto el significado de «persona cruel o de carácter malo y violento»). Y resulta altamente eficaz desde un punto de vista gramatical y estilístico la combinación de dos verbos cuyos tiempos y modos implican eventualidad: el imperfecto de subjuntivo «venciera» y el condicional «humillaría», ambos unidos por la copula «y». La disminución de adjetivos (tan asolo dos tres: «dulce» -que forma parte de la aposición explicativa «el dulce evangelista», referida a Juan-, el predicativo «tendido» y el participio con valor adjetival «atropellados») se debe al mayor dinamismo de la estrofa. Por lo demás, la décima no ofrece grandes dificultades para lograr la consonancia de las rimas, aun cuando se haya recurrido a formas verbales: a (/-éra/) b (/-ísta/) b (/-ísta/) a (/-éra/) / a (/-éra/) c (/-ía/) / c (/-ía/) d (/-ádos/) d (/-ádos/) c (/-ía/).

Rafael Sanzio: Caída en el camino del Calvario (o El pasmo
de Sicilia). 1515 o 1517. Óleo sobre madera pasado a lienzo.
318 X 229 cm. Museo del Prado.
El Pasmo de Sicilia: estudio técnico y restauración.
Conferencia de Ana González Pozo y Rafael Alonso Alonso,
del Área de Restauración (17 de febrero de 2015).

https://www.youtube.com/watch?v=jDOhlo--qYE

Viacrucis: Cuarta estación.

La cuarta estación del Viacrucis no aparece explícitamente en el Evangelio de San Juan ni en otros textos del Nuevo Testamento como un hecho ocurrido durante el camino al Calvario, si bien San Juan, en su Evangelio (19: 25-27) menciona que la Virgen María estaba presente “junto a la cruz” en la crucifixión. No obstante, la tradición cristiana ha incorporado este episodio en el Viacrucis, basándose en la profecía de Simeón, que constituye el primero de los Siete Dolores de la Virgen (presentación del Niño en el templo), relatado por San Lucas en su Evangelio (2: 22-35): una espada de dolor atravesaría su alma por los sufrimientos de Jesús; lo que es una forma de anticipar que la participación de la Virgen María en la Redención sería a base de dolor.

Cuarta estación: Jesús encuentra a su Madre María.

Se ha abierto paso en las filas

una doliente Mujer.

Tu Madre te quiere ver

retratado en sus pupilas.

Lento, tu mirar destilas

y le hablas y la consuelas.

¡Cómo se rasgan las telas

de ese doble corazón!

¡Quién medirá la pasión

de esas dos almas gemelas!

Apenas se ha levantado Jesús de su primera caída, cuando encuentra a su Madre, «una doliente Mujer», en la Calle de la Amargura. Y el poeta sigue poetizando los hechos hablándole directamente a Jesús, lo que hace más emotivo dicho encuentro: «Tu Madre te quiere ver / retratado en sus pupilas». Y es el propio Jesús quien la consuela. Y a partir de aquí, Diego recurre a las oraciones exclamativas, de tal manera que el clímax poético, paralelo a la acción dramática, se desborda: ese «doble corazón», esas «dos almas gemelas» explicitan el cruce de unas miradas teñidas de aflicción. De hecho, el poeta recurre a una locución verbal en la que ha cambiado «vestiduras» por «telas» («¡Cómo se rasgan las telas…!»), que entre los hebreos es una forma de manifestar un profundo dolor. Llama la atención el elevado número de palabras -ya sean nombres, adjetivos o verbos- en las que está presente el fonema consonántico lateral alveolar /l/ («las filas», «doliente», «pupilas», ”lento”, «destilas», «le hablas», «la consuelas», «las telas», «doble». «almas», «gemelas»); algo que va a facilitar la rima consonante, pues para lograr la combinación de rimas de la décima se han empleado seis palabras con el fonema /l/: «filas/pupilas/destilas» y «consuelas/telas/gemelas»; las dos rimas restantes son agudas, con palabras terminadas en /-ér/ («Mujer/ver») y en /-ón/ («corazón/pasión»).

**********

¿Cuándo en el mundo se ha visto

tal escena de agonía?

Cristo llora por María.

María llora por Cristo.

¿Y yo, firme, lo resisto?

¿Mi alma ha de quedar ajena?

Nazareno, Nazarena,

dadme siquiera una poca

de esa doble pena loca,

que quiero penar mi pena.

El poeta recurre ahora a tres interrogaciones retóricas: en la primera clama por una injusticia de dimensión universal: «¿Cuándo en el mundo se ha visto / tal escena de agonía?»; y en la segunda y tercera se interroga a sí mismo, que es una manera retórica de expresar su disconformidad implicándose directamente como si fuera un espectador más de una tragedia que se representa ante tus ojos: «¿Y yo, firme, lo resisto? / ¿Mi alma ha de quedar ajena?» Porque lo que el poeta contempla es a Cristo y a María llorando el uno por la otra y viceversa; y es la estructura paralelística invertida semánticamente la que, a modo de retruécano, le da al texto una profunda trabazón interna, según el esquema siguiente:

Nombre (A1)+verbo (B1)+complemento nominal (C1):

“Cristo llora por María”.

Nombre (A2)+verbo (B2)+complemento nominal (C2):

María llora por Cristo”.

En los versos finales de la décima, el poeta se dirige a ambos («Nazareno, Nazarena») suplicándoles que le permitan compartir su pena -la de los dos: «esa doble pena loca»-; y se cierra con un original verso en el que la aliteración del fonema bilabial oclusivo sordo /p/ ayuda a sugerir el carácter agresivo de la pena que a todos aflige, en una oración enunciativa en la que el presente de indicativo adquiere un carácter performativo, en tanto en cuanto las palabras del poeta tienen consecuencias reales: «que quiero penar mi pena». La décima vuelve a presentar una perfecta estructura con rimas que facilitan la andadura rítmica de los octosílabos: a (/-ísto/) b (/-ía/) b (/-ía/), a (/-ísto/) / a (/-ísto/) c (/-éna/) / c (/-éna/) d (/-óca/) d (/-óca/) c (/-éna/).

Vicente López y Gamborino: Una representación clásica de la "Estación IV. Encuentro de Jesús con su Madre" es el grabado del valenciano Miguel Gamborino (siglos XVIII-XIX), basado en dibujos de Vicente López.

Felipe Diricksen: “Cristo con la cruz a cuestas contemplado
por María y el alma cristiana”. Entre 1630 y 1650. Óleo
sobre tabla. 124 x 185 cm. Museo del Prado.

https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/cristo-con-la-cruz-a-cuestas-contemplado-por/c0a984a3-698d-4e59-828b-e7fc6b190e7a

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