En su magnífica obra Una buena vida, el tiempo ordinario deja de ser una medida útil para convertirse por completo en un tiempo infinito. Es un desierto de horas suspendidas y días idénticos donde el alma, despojada de certezas, simplemente aguarda. Nos reconocemos de inmediato en esa intemperie emocional, nada más entrar en la sala y que nos dé la impresión de que estamos en la habitación de un hospital, completamente desarmados ante la frialdad de esos centros, esos no-lugares hostiles de paredes grises, luces blancas fluorescentes y un silencio herido donde la soledad que se siente, se vuelve un muro espeso, pesado y asfixiante. Es allí donde el desamparo al que nos vemos sometidos nos recuerda, con una realidad desgarradora e implacable, que somos apenas un leve suspiro frente a la inmensidad de la desdicha corporal.
La memoria colectiva regresa súbitamente, como una ventisca helada que sacude los cimientos de la escena. El texto evoca los periodos terribles y extraordinarios de la pandemia y Filomena, aquella gran nevada, un doble aislamiento histórico sepultado bajo el frío manto de la nieve real y el miedo constante a un virus invisible que nos arrebataba el aire. Es el fiel retrato de una comunidad sitiada por la tormenta y la incertidumbre, un paisaje desolado que, sin embargo, hace brotar con una urgencia absoluta y vital la necesidad de compañía, el hambre desesperada del abrazo ajeno.
En mitad de ese drama cotidiano, tres personajes excepcionales hacen florecer el milagro de la resiliencia. El cuidado de los enfermos se alza majestuoso como un acto profundamente necesario, una actividad silenciosa de manos generosas que detienen la caída libre del cuerpo y habitan la comprensión del dolor ajeno con la reverencia de quien pisa tierra acogedora. Este viaje emocional adquiere su verdad carnal gracias a un trío actoral en perfecta comunión escénica. La propia Carolina África se desdobla en escena para interpretar con una vivacidad desbordante y llena de encanto a esa madre atrapada en la incertidumbre del reingreso hospitalario. A su lado, la actriz Ahimsa dota a la anciana Teresa de una mezcla sobrecogedora de humanidad, desvalimiento y una ternura poética que cala en el espectador como una lluvia fina. Sosteniendo este frágil ecosistema, Jorge Kent contornea con una precisión milimétrica a ese enfermero de la sanidad pública cuya empatía infinita, entrega absoluta y cariño impagable nos devuelven la fe en lo humano.
La obra alza un grito poético y firme de resistencia política: el valor de la sanidad pública como un derecho inalienable, un escudo indispensable de dignidad humana que debe brillar, hoy más que nunca, por encima de los intereses económicos. No existe espacio para la derrota definitiva en esta lucha por la sanidad para todos.
Entre las curas de las heridas abiertas, los actores siembran con paciencia el ánimo imprescindible para volver a respirar sin necesidad de oxígeno añadido. Y cuando el dolor amenaza con saturar el aire, emerge triunfante la vía de escape del humor: una risa limpia, cómplice y profundamente inteligente que desafía con valentía a las sombras circundantes. No se trata de una evasión frívola, sino de un auténtico salvavidas de ternura indomable.
Una buena vida nos demuestra que, mientras nos cuidemos los unos a los otros, esa vida encontrará siempre su brote verde entre la nieve y los pájaros encontrarán quién les dé de comer.
INFORMACIÓN
UNA BUENA VIDA
Texto y dirección: Carolina África
Elenco: Carolina África, Ahimsa y Jorge Kent
Voz en off: Pilar Manso, Sergio Provencio e Irene Provencio
Escenografía y vestuario: Pablo Menor Palomo
Producción: Centro Dramático Nacional
Teatro María Guerrero – Sala de la Princesa