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"Bizancio. Los primeros años", de John Julius Norwich

martes 21 de julio de 2026, 21:43h
Bizancio. Los primeros siglos
Bizancio. Los primeros siglos

Cuando el emperador Constantino I “el Grande” se encargó de buscar el lugar donde debería estar el nuevo Imperio de Roma en Oriente, el emplazamiento escogido ya era claramente soberbio, ya que se encontraba situado en el mismo umbral de Asia, continente muy peligroso y en plena efervescencia. El historiador sobre Bizancio que es un auténtico especialista, llamado John Julius Norwich, nacido en el año de 1929 y muerto en 2018, fue un genio sobre la historia de Bizancio.

El título de ‘Grande’ para el emperador citado es sumamente merecido; la causa estriba en dos decisiones esenciales para la evolución de la Europa del momento histórico, y que mutaron la evolución de los tiempos. En primer lugar, decidió, de forma muy inteligente como era justo y necesario colocar al cristianismo en el centro religioso de Roma; aunque es necesario no olvidar que este comportamiento religioso, como religión verdadera sensu stricto, ocurrió tras haber sufrido múltiples y sangrientas persecuciones, es ahora cuando el emperador deseaba su propia conversión, para transformarla en la religión oficial del Imperio de Roma. La segunda causa se centrará en trasladar la capital de la caduca y corrupta Roma, valetudinaria hasta límites insospechados, y ahora hasta la novísima, que será la ciudad de Constantino “el Grande”, es decir Constantinopla. Estos dos actos transformarán la historia, y el emperador se transmutará en el más importante de la Historia Antigua. Flavio Valerio Constantino nació en Naissus/Nis/Serbia Superior.

Resulta muy típico de nuestro conocimiento fragmentario del Bajo Imperio romano el hecho de que, aunque podemos afirmar con seguridad que Constantino nació en Naisso, en la provincia romana de Dacia -la actual ciudad serbia de Nis- el 27 de febrero, no estamos seguros del año. De manera histórica, se ha determinado en el 274, pero también podría haber sido uno o dos años más tarde. Constancio I, su padre -apodado Chlorus, ‘Cloro’-, ya en la época del nacimiento de su hijo, era uno de los generales más brillantes y prestigiosos del Imperio. Helena, su madre, no era la hija de Coel Hen, mítico fundador de Colchester y el viejo rey Cole de la canción infantil -tal como nos quiere hacer creer Godofredo de Monmouth, historiador del siglo XII-, sino la humilde hija de un posadero de Bitinia. Algunos historiadores han puesto en duda que Constancio y ella estuvieran casados; otros, paganos y, por tanto, hostiles a la familia, han ido aún más lejos y sugerido que, de niña, Helena habría sido uno de los servicios complementarios que ofrecía el establecimiento de su padre, que estaba a disposición de sus clientes de manera regular por un pequeño suplemento. No se erigió como la mujer más venerada del Imperio hasta más adelante en su vida, cuando su hijo ya había accedido al poder supremo. No fue hasta el 327, con más de setenta años, cuando esta cristiana conversa de entusiasmo apasionado realizó su célebre peregrinación a Tierra Santa y, allí, desenterró milagrosamente la Vera Cruz y, gracias a ello, se ganó un lugar de honor en el santoral”.

Es de rigor citar a su madre canonizada por la Iglesia Católica como Santa Helena, la cual sería honrada en el Imperio con toda solemnidad por su ética fuera de toda duda. Hasta tal punto es así el hecho que, en el año 327, ya en la tercera edad de su vida realizó, con el fervor y la ilusión de una cristiana conversa, una notoria peregrinación a Tierra Santa, para seguir de cerca los lugares que pisó el Hijo de Dios, y sería en Jerusalén donde desenterraría la Vera Cruz, lo que le supuso la canonización católica. En el año 286 d.C., el complicado emperador de Roma, Gayo Aurelio Valerio Diocleciano Augusto había llegado a la convicción de que aquel Imperio romano necesitaba otra estructura diferente a la que existía, que ya estaba demasiado anquilosada y rodeada de múltiples enemigos, lo que le impedía la más mínima eficacia en forma de monarquía; por lo tanto, ascendió al puesto de Augusto o de Emperador a un compañero y amigo de armas, su nombre sería el de Marco Aurelio Valerio Maximiano. Diocleciano asentó su poder en y desde Nicomedia, mientras que Maximiano lo hacía desde Occidente, pero no en una Roma sin estructura política que la sostuviera, sino en la lombarda capital de Mediolanum, la futura Milán de la Lombardía. Al poco tiempo, el inquieto y autoritario Diocleciano decidió fragmentar más si cabe el trono, creando dos césares o generales para que el Imperio de Roma, que se derrumbaba a pedazos, pudiese ser apuntalado y para ello serían los dos subalternos nacidos del generalato romano, y se les denominaría como Césares. Uno sería Gayo Galerio Valerio Maximiano desde los Balcanes, ya que era un recio y eficaz tracio, y el segundo estaría en las Galias y se llamaría Constancio Cloro, incluyendo el imperium y la auctoritas sobre la propia y más que rebelde Britania.

Incluso en aquella época, los inconvenientes de semejante arreglo debían de ser obvios. Por mucho que Diocleciano insistiera en que el Imperio seguía siendo único e indiviso, con una única ley y estructura de mando, era inevitable que, tarde o temprano, sus sucesores o él mismo se encontrarán con cuatro Imperios en lugar de uno, cada uno de ellos enfrentado con el resto. Y esto, tal como resultaron las cosas, fue justo lo que ocurrió. Durante algunos años, todo transcurrió con bastante normalidad, periodo que el joven Constantino pasó en la corte de Diocleciano, posiblemente en cierto modo como rehén para garantizar el buen comportamiento de su padre (puesto que ninguno de los cuatro tetrarcas confiaba del todo en sus colegas), pero también como miembro destacado del séquito imperial”.

En la campaña militar realizada en Egipto, entre los años 295 a 296 pasó por la ciudad, creada al efecto para loar al emperador Tiberio por Herodes “el Grande”, y llamada Cesarea Marítima, y fue donde provocó el interés de un joven erudito cristiano llamado Eusebio de Cesarea, quien muy a posteriori se convertiría en el prelado de dicha ciudad y en el primer biógrafo del joven cuando llegase a ser Constantino I “el Grande”. Y de esta forma y en esa obra relataba a la posteridad como era el citado emperador: “[…] suscitaba la admiración de todos los que lo contemplaban por los indicios que daba, ya entonces, de grandeza imperial. Porque nadie podía compararse con él en gracia y belleza de formas ni en estatura; mientras que, en fuerza física, superaba tanto a sus contemporáneos que los llenaba de terror”.

En el año 305 d.C., se producirá un hecho sin parangón en toda la historia de Roma, y que consiste en que el emperador Diocleciano harto del poder y de lo complicado que resultaba gobernar a aquella estructura del SPQR tan enrevesada, presenta su abdicación voluntaria. No obstante, también obligó a Maximiano a irse políticamente con él. Como Constancio Cloro había abandonado a Helena y se había matrimoniado con Flavia Maximiana Teodora, hijastra adoptiva de Maximiano, Constantino comenzó a temer que su vida corría peligro, ya que el otro Augusto (Galerio), reinante e imperante en Nicomedia, le tenía bastante ojeriza, por lo que se reunió con su padre en Boulogne-sur-Mer. Tras la invasión de Britania, el Augusto muere en Eboracum/York, y su hijo es proclamado Augusto por los legionarios, alzándolo sobre los escudos y vitoreándolo. Ya tenemos a Constantino “el Grande” como Augusto. Y comienza su actuación vivencial, que tan importante será para la Europa del momento. Desde su conversión, más o menos sincera, al cristianismo católico, hasta la celebración del Concilio de Nicea donde se creó el canon religioso de la Iglesia Católica definitivo, sin olvidar el traslado de la capital a la nueva ciudad, Constantinopla, todo está incluido en este libro preclaro que contiene todo tipo de textos historiográficos.

«El ascenso del Imperio bizantino desde Constantino a Carlomagno. Cuando en el año 476 Odoacro depuso a Rómulo Augústulo, a Roma todavía le quedaba un milenio de vida. Con su magnífica capital, Constantinopla, el Imperio romano de Oriente -o Bizancio- tendría una vibrante historia y sería una potencia cultural y política de primer orden. En este brillante ensayo histórico, John Julius Norwich cuenta la historia del Imperio bizantino desde sus inicios hasta la aparición de su único rival europeo, el Sacro Imperio Romano Germánico, con la coronación de Carlomagno el día de Navidad del año 800 d.C. Esos cinco primeros siglos estuvieron marcados por cambios y dramas extraordinarios: la adopción del cristianismo en el mundo grecorromano; la caída de Roma; los reinados de Constantino, Teodosio el Grande y Justiniano, las guerras de Belisario y las intrigas de emperatrices como Eudoxia y Teodora. Fueron siglos de derramamiento de sangre, en los que el imperio defendió su existencia en incontables batallas; siglos de controversia, en los que se discutió apasionadamente sobre la naturaleza de Cristo y de su Iglesia; siglos de erudición, en los que la cultura del mundo antiguo se mantuvo viva y se preservó, y siglos de creatividad, en los que el genio bizantino creó un arte y una arquitectura inspirados e impregnados de una profunda espiritualidad sin parangón en ninguna otra época. Bizancio. Los primeros siglos evocan el misterio y la magia de este extraordinario imperio».

Constantino no es el primer emperador que se fijó en Bizancio; en el año 73 d.C. el emperador Tito Flavio Vespasiano lo incorporaría al poder del SPQR. No obstante, la ciudad se equivocó de bando en la lucha por el poder del gran emperador nacido en Cartago, Lucio Septimio Severo, y este emperador mantuvo el cerco de la ciudad de Santa Sofía durante tres años, y la demolió de forma inmisericorde. Pero, no obstante, el complejo de culpa lo embargó y decidió reconstruirla piedra a piedra. Esta magnífica urbe sería la que heredaría el primer emperador cristiano, Constantino I “el Grande”. El año del 324 d.C., sería el año en el que decidió transformarla en la nueva capital del Imperio de Roma, siendo la metrópoli más esplendorosa de la historia del Medioevo. El cénit de esta primera fase de Bizancio será la época del gran emperador o Magnus Basileus llamado Justiniano I y la emperatriz Teodora. ¡Libro apasionante, veraz y esclarecedor sensu stricto! «Corcillum est quod homines facit, cetera quisquilia omnia. ET. Sic transit gloria mundi memento mori».

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