Luego se transformó en el tango-canción o tango melancólico, con temáticas como el hombre que llora porque lo dejó una mujer, el lamento por la vejez o la pérdida de dinero. Apasionado melómano, Cortázar definía el tango como una seña de identidad indivisible del ser porteño y una reserva sentimental inseparable del recuerdo y la nostalgia; y el propio poeta y compositor tanguero Enrique Santos Discépolo –autor del famosísimo tango “Cambalache”: "Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé.../En el quinientos seis y en el dos mil también./Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos,/contentos y amargaos, valores y dublé...”- decía que "El tango es un pensamiento triste que se baila."
A la sombra de los tangos (2025) del poeta valenciano Vicente Barberá Albalat participa de esa reserva sentimental a la que se refería Cortázar y también al tono afligido de Santos Discépolo. Como dice en el magnífico prólogo Alejandro Font A. de Mora, sintoniza con aspectos esenciales de nuestra vida: nostalgia de lo perdido, angustia existencial, sueños imposibles, avatares del amor, los celos, la pena, la añoranza, el amor a la madre… Poesía y existencia unidas de consuno por este arte que nos va inundando con su música. Ya desde el primer verso (“Cómo invaden mi mente los recuerdos”) se percibe esta añoranza cuando recuerda la casa en Barcelona, el órgano o la pequeña caniche, la familia o el roble, y ese aire taciturno se apodera de su voz cuando se ve como “vacía soledad/ aspirante al olvido permanente”.
Ha logrado desde el primer poema conducirnos por ese camino al que se referían Cortázar y Santos Discépolo, pero lejos del que más admiraba Borges que, como dice en su poema “El tango”, apostaba más por “Una mitología de puñales/ lentamente se anula en el olvido;/ una canción de gesta se ha perdido/en sórdidas noticias policiales”.
Es otro tono el de Vicente Barberá, que prefiere el camino de la emancipación de un tiempo que pasó y “valió la pena”. En estos 48 poemas surgen todas esas temáticas que refería Font de Mora, desde el bello poema “Ay, madre, que a morir viniste”, donde rememora sus besos y el silencio último hasta la tristeza final de “Y sigo entristecido sin ver el horizonte”, donde la soledad se adueña del poema en un ambiente muy machadiano con campos, ribazos, rocas y romeros, vuelo de milanos, y la imperturbable soledad: “Estoy solo, muy solo./ Ya no quedan plegarias. Se acabaron los versos”. También en otro momento, “Me dejaste aquel día”, recordará a su madre con estos emotivos versos: “Viniste a morir, madre,/ aquella tibia tarde de tormento.// Ya no encuentro tu risa y tu calor:/se fueron con tu luz hacia el olvido”.
Es una poesía que siente, que rezuma vida y dolor, y desesperanza, como en el poema “Todo el dolor del mundo”, con el que se crea una atmósfera en la que poco a poco va sumergiéndose: “Nunca tuve un jardín con rosa”, si bien hubo momentos de esperanza ante aquella joven de ojos de pétalos y blancas manos.
Existe en esta poesía también un proceso de aprendizaje de la vida (“Aprendí lo que pude, no fue mucho”) y una constante rememoración histórica del ser en movimiento, una diacronía del sentimiento, y una necesidad de conectar de nuevo con esa pérdida, con esos seres del pasado que vienen una y otra vez en los poemas para presentarnos sus cartas credenciales llenos de vitalidad, a través del símil “éramos como pájaros/ volando entre nubes/ de todo el universo”.
Pero al mismo tiempo que el pasado se haya presente como una historia del sentimiento que se rememora, no olvida el futuro, algo que se percibe como un imaginario, algo que permite quizá restañar heridas de otro tiempo; y, siempre, como un hilo conductor permanente la historia del corazón, la verdad gozosa, si bien envuelta casi siempre en un aire doliente: “Te fuiste siempre/ y se quedó una lágrima/ de sal, de mar, de viento”.
Vicente Barberá necesita profundizar en los estadios del alma, hacerla cercana y comprensiva cuando apuesta por esa profunda vida vivida y el amor como referente permanente. Son muchos los poemas en los que este se halla presente a través de un vocativo que lo invade: “Ven, vente conmigo, ven, vente conmigo/ para ver cómo el día nos saluda”. Hay como una sombra permanente que perturba, y el poeta necesita profundizar en esa herida, hacerla visible, que supure para así poder liberarse de ella. En el tango existe ese proceso de construcción liberadora.
De hecho, el concepto del tango como un proceso de construcción liberadora abarca dimensiones psicológicas, sociales, corporales y existenciales. Lejos de ser solo un baile de salón o una expresión lírica de la nostalgia, el tango funciona como un espacio de emancipación y reconfiguración del sujeto en varios niveles. En Barberá el tango es liberador, manumisor, produce una catarsis existencial, desde esa prisión que el dolor ha creado. A medida que el poeta va escribiendo de esas heridas abiertas, que se manifiestan ante nosotros, se está redimiendo y profundizando en el efecto también liberador que conlleva ese ansiado amor: “Todo se consumió en el olvido/ salvo el perfil risueño de su cara/ cuando el venero azul de su sonrisa/ era azul remanso de agua clara”. Se van asociando, pues, estos estados del alma donde la pérdida se alía con los espacios y los lugares en que fueron o no felices, consciente de que el tiempo nunca suturará la herida aunque se desee permanentemente.
Hay un estado presente que no se acepta y solo la mirada atrás reconforta, a pesar de que en ocasiones es la herida la que vuelve una y otra vez: “Con el paso del tiempo solo encuentro/ el cautivo vacío de mis horas/ El tango, como rey entre tus brazos,/ envolvía el beber de tus miradas”.
En definitiva, este sentimental, profundo y nostálgico poemario lleva en su esencia el fondo profundo de los tangos y sobre todo logra, como dice, Font de Mora, “conmovernos hondamente, remover las aguas profundas de nuestro sentimiento”, sin renunciar a lo que define la esencia última de la poesía.
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