Entrar al Teatro Maravillas esperando una comedia burguesa es el primer síntoma de una deliciosa, absoluta e imperdonable irresponsabilidad. Bajo la dirección égida y milimétrica de Marta Poveda, Las irresponsables de Javier Daulte se despliega no como una función teatral, sino como una noche igniscente en un espacio ajeno y desconocido. Es un territorio comanche donde el juicio se suspende y los perros de la cordura, literalmente, se cagan en los distribuidores de la inconsciencia. La premisa, que parece escaparse de las manos desde el primer minuto, es un caligrama poético de paisaje desestructurado. Tres mujeres deciden pasar un fin de semana fuera de la urbe, un retiro que muta rápidamente en un manicomio de alta fidelidad. Los cuerpos se enervan por culpa de los sentimientos; el carácter se amustia perdiendo la dinámica de la reflexión y cediendo el testigo al histerismo más puro, ese que nace tras la pérdida de la pareja y el desmoronamiento del ego. Aquí no hay espacio para la mesura. Crepitan las malas conciencias de los engaños y de lo que se cuenta a medias, sumergiendo al patio de butacas en una atmósfera embriagada de malentendidos. El trío interpretativo es una hidra de tres cabezas que devora el escenario con una voracidad casi kamikaze. Eva Ugarte, Angy Fernández y la propia Marta Poveda ejecutan tres interpretaciones voluptuosas, magnéticas, desprovistas por completo del placer de la tranquilidad. Es un fin de semana alterado de equívocos, falsas muertes y una avidez de noticias que roza la coprofagia emocional. Observarlas es asistir a un ballet del colapso: se contorsionan las malas decisiones y brotan interrogantes humorísticos que, bajo su superficie de carcajada limpia, duelen y acaban convirtiéndose en auténticas tragedias. Rítmicamente, la propuesta está muy bien medida. Hay una armonía conjunta de las tres actrices que funciona con la precisión de un engranaje perfecto acelerado al borde del colapso. Marta Poveda, en su doble rol de capitana y tripulante, modula el caos para que nunca deje de ser música. Las actrices no hablan: disparan. No se mueven: se desarticulan ante la neurosis del desamor. Al final, como espectadores, nos abandonamos de buen grado a su bendita locura, guiados por la estridulante voz de quien no sabe lo que quiere, pero lo exige a gritos. Vayan conscientemente despistados al Teatro Maravillas a contagiarse de esta bellísima imprudencia. Salgan de allí siendo un poco más libres, un poco más rotos y, sobre todo, maravillosa y totalmente irresponsables. INFORMACIÓNLAS IRRESPONSABLES Autor: Javier Daulte Noticias relacionadas+ 0 comentarios
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