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Juan Ignacio Villarías
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Entrevista Juan Ignacio Villarías, autor de “Bula de difuntos”

“La sociedad de hoy está dominada por el relativismo, el hedonismo, el agnosticismo”

domingo 07 de agosto de 2016, 11:01h
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Juan Ignacio Villarías es un escritor leonés afincado en Cantabria. Desde esas tierras cántabras escribe novelas realmente inclasificables. “Bula de difuntos” es su séptima novela que ahora publica en la editorial madrileña Atlantis. El protagonista, Juvenal Acebedo, es una persona privilegiada, rico, joven, propietario y sin necesidad de trabajar vive una vida ociosa que viene a romper la joven y enigmática Minerva.

Bula de difuntos
Bula de difuntos

Con mucho sentido del humor y un poco de acidez, el escritor se enfrenta a una historia que tiene mucho de enigma e intriga. La búsqueda de una realidad oculta dirige sus pasos a una investigación para dar con el misterio de los sucesos que se dan en su casa. En la entrevista, Juan Ignacio Villarías nos desvela sus motivaciones para escribir esta novela y el juego literario que nos propone.

¿Cómo se le ocurrió la trama de la novela?
Las ideas me vienen, o me dejan de venir, sin yo buscarlas. ¿Cómo se me han ocurrido? No sabría decirlo.

La imaginación es la capacidad humana de combinar imágenes. No de crearlas, pues la mente humana no es capaz de crear nada, sino tan sólo de percibir lo creado y recomponerlo con más gracia o con menos.

El titulo, Bula de difuntos, nos retrotrae a tiempos pretéritos, sin embargo, la novela es muy actual. ¿Por qué ha querido jugar con esos dos tiempos?
Una bula de difuntos era, ya no se dan, un documento firmado por el ordinario de la diócesis en nombre del Santo Padre, y se extendía en sufragio del alma de un difunto. En la trama de la novela aparece una, muy enigmática. Un enigma que se aclarará en el desenlace final.

La acción de la novela, por muy actual que sea, está condicionada por acontecimientos pasados y misteriosos.

La novela tiene mucha crítica social, emigrantes, sindicatos, empresarios, burbuja inmobiliaria. ¿Cree que los políticos no se enfrentan debidamente a estos problemas?
Muchos de los problemas que nos afligen hoy en España, los políticos no sólo no tratan de solucionarlos, sino que incluso los propician. Verbigracia, la inmigración y todo lo que de ahí se deriva.

¿Cómo considera que es nuestra sociedad actual?
Peor que nunca. La sociedad de hoy está dominada por el relativismo, el hedonismo, el agnosticismo. “¿Qué más da?” O bien, “¿y por qué no?” Ésa es la filosofía del español de hoy. Todo vale. Se tolera lo más intolerable. Todo se tolera menos la intolerancia. No se tolera que no se tolere lo que no se quiera tolerar.

El protagonista, Juvenal, es un joven holgazán con demasiado tiempo libre. ¿Cree que el ocio entumece las neuronas?
En principio el protagonista se encuentra en un estado a primera vista envidiable. Rico, joven, sin problemas, dueño de una casa magnífica, sin necesidad de trabajar. ¿Quién no quisiera verse así? Pero más adelante se va dando cuenta de que eso no es vida. No se puede vivir así, ocioso y despreocupado. La vida es anhelo, es éxito, es fracaso. Y llega a la conclusión de que su problema consiste en no tener problemas.

La crisis inmobiliaria no ha querido dejar de tratarla. ¿La avaricia rompió el saco de los especuladores?
No, no es eso. Un empresario tiene derecho, obligación más bien, a buscar beneficios. Eso no es avaricia. A unos protagonistas les coge la crisis de la construcción, como a tantos otros. Pero no por su culpa.

¿El ocio produce melancolía?
La ociosidad, siempre se ha dicho, es la madre de todos los vicios. Melancolía y apatía también trae consigo la ociosidad. Por el contrario, se dice que oficio quita vicio. Yo creo que el ocioso no vive con alegría e intensidad. Se pierden las ganas de vivir.

El país que pinta está totalmente deshumanizado. ¿Nos estamos enfrentando adecuadamente al presente?
El país de la novela no es otro sino el nuestro, aunque no tenga todo el texto ninguna referencia geográfica. ¿Que si nos estamos deshumanizando? ¡Quién supiera contestar!

Su novela podríamos describirla como gótica. ¿Le gustan los escritores clásicos de este estilo?
Los escritores clásicos en cualquier estilo creo que no hace falta decir que me gustan. Me encantan más bien, me privan. Los maestros de la novela gótica son los ingleses de los dos últimos siglos. Tuvieron en su día muchos seguidores, hoy poco menos que olvidados. A todos les pasa.

¿Cómo definiría usted a su novela?
El mismo autor, al menos en mi caso, es el peor crítico de su propia obra. ¿Cómo la definiría? Yo creo que no encaja bien en ninguna casilla. Es a un tiempo gótica, de intriga, de misterio, de terror incluso, urbana, de actualidad... Con toques sociales e incluso costumbristas. Me gustaría que algún crítico me dijera lo que yo no sé: qué clase de novela es.

Otra de las características de su estilo es su sentido del humor. ¿Se puede vivir sin humor?
Lo que se dice poder, supongo que sí se podrá vivir sin humor. Pero, ¿qué vida sería ésa?

¿Echa en falta novelas con más humor?
Yo no creo que el humor sea un género de novela en sí mismo, sino que una novela cualquiera, aun tratando de temas de lo más serio, no tiene por qué prescindir, antes al contrario, de toques de humor. Tal como el caso presente.

En la novela juega con los muertos cómo si fuese algo cotidiano. ¿Realmente usted lo percibe así?
Desde luego que no, nadie lo percibe así. Los difuntos, que en su santa gloria estén, y que nosotros tardemos lo más posible en estar allí. Y los vivos, en este mundo de nuestros pecados hasta que Dios nos llame a su presencia.

En la novela se producen hechos o situaciones de lo más extraño, pero nunca aparece una alma en pena con categoría de personaje.

¿Cree que esos acontecimientos que describe se pueden llegar a dar?
Desde luego que no. Fenómenos paranormales sí se dan, todos lo sabemos, pero lo ocurrido en la novela en su conjunto resultaría del todo inverosímil. ¿O no? A saber...

¿O todo ha sido un juego literario?
Un juego literario, claro que sí. Pero los juegos son reales, y a veces un juego no se distingue de una ocurrencia real.

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