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El Gran Gyoming y su editora Ángeles Aguilera
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El Gran Gyoming y su editora Ángeles Aguilera (Foto: Javier Oliaga)

El Gran Wyoming publica el primer volumen de sus memorias

“Nosotros, con los europeos no tenemos nada que ver”

miércoles 19 de octubre de 2016, 08:27h
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¡De rodillas, Monzón!” es el título del primer volumen de las memorias del presentador y músico José Miguel Monzón conocido por mal nombre como El Gran Wyoming desde que sus compañeros de la tuna universitaria le pusiesen dicho apodo. “Este libro es una maniobra de rescate como las que se llevan ahora a diario en el mar Mediterráneo. Una crónica, una descripción del mundo que yo vi, tal cual lo vi”, dice el presentador más laureado de nuestra televisión en una comida de prensa en uno de los restaurantes de su barrio de toda la vida, La Prospe.


  • Wyoming explicando cómo era su barrio

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El Gran Wyoming
El Gran Wyoming (Foto: Javier Oliaga)

La Prosperidad, en aquellos años sesenta cuando era un infante Wyoming, era un “barrio de gente humilde absolutamente autosuficiente”, así lo define a estrella mediática de la Sexta. “He querido que el lector vea que detrás de una gran estrella, hay también un ser humano”, afirma todo serio pero un deje de recochineo tan característico en él. “Y emprendo ahora la labor antes de que el cerebro me juegue una mala pasada y se me olviden cosas”, señala.

Para Wyoming el cerebro es muy perfeccionista tanto que “a veces se rellena con hechos de verdad y otros con hechos fingidos, ¡vaya! lo que se denominan falsos recuerdos. El cerebro tiene una especia de trituradora que borra los recuerdos que no nos interesa. Me he dado cuenta que ya me van faltando recuerdos por eso he escrito este libro para dejárselo como legado a mis hijos”, dice ufano haciendo gala de conocimientos científicos que debió aprender en la Facultad de Medicina los días que asistía.

“Mi padre quiso dejarnos sus recuerdos pero, al final, no lo hizo. Yo tambiénm he querido dejar mis recuerdos a mis hijos y por eso he escrito el libro”, expresa con voz profunda y gutural. “Pertenezco a una generación que conoció los campos de Castilla tal y como los vio el Cid camino del destierro. Cuando yo era pequeño, la luz eléctrica no había llegado a todos los rincones de España y el agua todavía se sacaba de los pozos”, recuerda el cantante que pasaba los veranos y algo más en el pueblo conquense de La Puebla del Salvador. “Nos sentíamos bastante orgullosos de nosotros mismo”, remacha.

En el libro, que rememora la frase que un cura de su colegio le decía todas las mañanas en cuanto le veía aparecer por la puerta del aula en sus días de escuela, llega hasta los 18 años, lo que hoy viene siendo la mayoría de edad, pero en sus tiempos esa mayoría de edad estaba en los 21. “Quiero escribir mis recuerdos de verdad porque lo que recuerda la gente no siempre es verdad”, señala categórico y da muchos ejemplos realmente divertidos de cómo nuestros recuerdos nos hacen malas pasadas.

En su opinión, el país donde vivimos es realmente único. “Nosotros, con los europeos no tenemos nada que ver”, afirma rotundo. África empezaba en los Pirineos, se dió cuenta de ello cuando con su hermano y otro amigo se fueron a poner una pica en Flandes, como ya habían hecho los Tercios españoles en el siglo XVI. “Aquello fue un viaje iniciático. Cambió mi vida y me hizo abrazar ideas que han guiado mis pasos para siempre. Vi lo gratificante que era hacer uso de la libertad”, recuerda y no esa libertad que vendía Fraga a los españoles por la televisión".

Parte de su infancia estuvo marcada por la enfermedad mental de su madre y que hizo que él y sus hermanos crecieran con su ausencia. “No creo que la ironía y el humor sean cualidades innatas a mi persona, en realidad soy más bien serio, tiendo a trascender y a obsesionarme. No me tomo las cosas en broma. La lectura humorística de la realidad no es natural, es estratégica, una herramienta eficaz para superar una vida caracterizada por esa carencia afectiva que me ha condicionado”, reflexiona en voz alta ante un auditorio atento a sus disquisiciones. Pese a eso, proclama que “he tenido una infancia realmente feliz, ya que vivía prácticamente en la calle”. Y no, como los niños de ahora.

“Las dos Españas no se han movido ni un milímetro”
El Gran Wyoming colecciona tanto seguidores como detractores. “Para mí, son más problemáticos los admiradores que los detractores. Los seguidores no me dejan en paz y me piden constantemente que me haga fotos con ellos, algo que detesto profundamente”, dice, pero que su educación no hace que se le note. “He tenido problemas con algunos detractores que se inventan cosas sobre mí. Eso de las dos Españas no se ha movido ni un milímetro”, señala.

“La tan celebrada Transición fue una adaptación de la dictadura a la democracia”, sostiene Wyoming y añade “estuvo tutelada por el fascismo, y si entonces se hizo lo que se pudo, ahora toca revisar lo que no se pudo. Y que nunca como ahora la libertad ha estado tan en boca de sus enemigos.

Como conclusión a su libro nos dice: “Nunca debemos olvidar de dónde venimos y a dónde vamos. Yo no lo olvido”. Y está claro que no lo olvida porque ha hecho un ejercido de memoria realmente impresionante. ¡Hasta se acordaba que en los sesenta los yogures se vendían en las farmacias! Claro que su padre tenía una en la Prospe.

Puedes comprar el libro en:

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