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Ser madre
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Madres y Shinigamis

Ser madre es un estado no una condición. Es aprender para siempre la diferencia entre antiinflamatorio, antiséptico, antidiurético y antihistamínico. Cocinar aburrido. Cambiar las botas molonas, las de punta de acero y piel, por unas zapatillas de deporte con cámara de aire. Lavarte el pelo una vez a la semana y enjuagártelo una vez al mes. Leer un libro al año y hacerlo por párrafos, no por hojas. Olvidarte de la nouvelle vague, el neorrealismo italiano y, por supuesto, olvidarte de ir a ver la última película de Haneke.

Ahora debes ser fiel a Tetsurō Arakiy y aprenderte de memoria qué puede y no puede hacer un Shinigami. Ser madre es detenerse siempre en el segundo Gin Tonic, hasta que un día cualquiera descubres que tomarte cuatro tequilas con tus amigas es tu recién llegado paraíso. Ser madre es salir de trabajar molida y, a las nueve de la noche, aporrear la puerta de la tienda de la esquina para comprar tres tipos diferentes de galletas. Ser madre es regresar corriendo del concierto un viernes, de ese retorave que organiza tu ex, ese que no es padre ni piensa serlo. Ser madre es enseñarles lo que es un vinilo, engancharles con Neil Young, Bowie, Dylan, The Clash, Aretha Franklin o Velvet Underground para que aprendan inglés, salvarles el alma, mostrarles la esencia y que el reggaeton nunca vampirice sus vidas ni acabe con la tuya.

Ser madre es hablar poco, para evitar el eco y evitar también sentir miedo al equivocarte y que te llamen por enésima vez ignorante. Ser madre es defender al padre, que no se entiende con nueveaños, se enfrenta a gritos con treceaños y ha echado a diecisieteaños de casa después de pillarla en sujetador el día que se olvidó de la maldita reunión del colegio. Ser madre es pensar, mientras intentas sentirte bajo las sábanas, en el programa del fin de semana, las vacaciones, las complicadas navidades y dónde está todo lo que los demás han perdido. Siempre está en su sitio.

Ser madre es buscar en internet lo que significa bulimia, anorexia, arrancar de cuajo el móvil de sus garras, quedarte con la bola de costo, la pastilla azul, desenchufar la consola, amordazarles para que coman fruta, verdura y aprendan a distinguir los cuatro venenos blancos, ¿o son cinco? Ser madre es explicarles que el sillón no les hará libres pero la literatura quizá sí. Que leer los periódicos es una buena costumbre y visitar a sus abuelos es entrañable. Ser madre es desear cada día que crezcan y les aguante su novia, su novio y te dejen leer una novela de un tirón, trabajar sin agobios, cocinar ceviche, pasar un fin de semana con un tío desconocido haciendo Kayak en un hotel rural, asistir por las noches a un taller de Rubaiyats o ver durante el puente toda la filmografía de Bergman sin oír una voz ronca, algo violenta, que te diga: mamá, quita eso.

Ser madre sigue siendo, hoy en día, renunciar a casi todo, sin que se note, claro; sin saber por qué los quieres más que a ti misma. Una inevitable e invariable contradicción, un estado, una lucha permanente entre lo que sientes, crees que sientes, eres y quieres volver a ser. No sé si me explico...¡Mujeres! No se precipiten.

Eva Losada Casanova es autora de "El sol de las contradiciones" y directora de La plaza de Poe.

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