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Isabel Alamar y sus "Cantos al camino"

Isabel Alamar
Isabel Alamar

El agua está presente en el primer poema del libro: Y al pasear / en medio de la llovizna del bosque; pero también en el último: Bajo las nubes / y sobre las extensas aguas... Y no sería tan importante este hecho de no ser porque este cuaderno de notas del viajero nos propone eso mismo, ser agua.

El agua es vida, empuja a la vida y puede provocar la muerte. Es, por tanto, un elemento ambivalente. Nuestros sentidos, en la poesía de Isabel Alamar, deben aspirar a ese estado de humedad que todo absorbe y por todo es absorbida. Lo inefable se manifiesta a aquel que en la inefabilidad abre sus poros. Hay en esta propuesta reglas místicas, puras, del hacedor de versos entregado a la contemplación.

Estas 202 composiciones beben de la cultura oriental, es la fascinación hecha palabra aquello que, sin buscarlo, encuentra la trascendencia. Esa aproximación a la emoción que representa el haiku japonés es aquí una versión libre, un tanto occidentalizada, entre otras cosas, por la continua presencia de un yo que aspira a expresarse, además, en los poemas.

Pero estos poemas no buscan el análisis de quien los lee, tampoco su misión es ceñirse a ningún canon formal o servidumbre, su poética huye del corsé para ser libre en la expresión de las emociones, no atañen al intelecto, sino a la experimentación.

Isabel Alamar es una poeta generosa. Como ella mismo ha manifestado en alguna ocasión: todos los días cuelgo en las redes sociales un pequeño poema nuevo, un pedazo de mí. De esa necesidad, o debería decir, de esas necesidades: transformar en literatura sus vivencias, y también compartirlas, florece este ejemplar editado por Playa de Ákaba. Los poemas de Cantos al camino proponen una poesía con la que no estamos familiarizados, su mirada encuentra una realidad que aparentemente nos envuelve, y a la cual ignoramos, que exige no solo nuestra desnudez, sino la voluntad de renunciar al ego. La naturaleza no es el dios, es el altar sobre el que nuestra conciencia, al entregarse a ella, estará lo más cerca posible de aquello que cree inalcanzable.

La poesía de Isabel Alamar refleja una feminidad implícita. Su sensibilidad escoge motivos de aparente dulzura, en sus versos se encuentra el optimismo, en sus palabras hay pasión, sorpresa y agradecimiento.

Este libro se encuentra dividido en tres episodios que tratan de emular tres momentos importantes en una bien resuelta crisis de identidad. “En busca del yo” representa el conflicto psicológico en el que uno mismo admite desconocerse y por tanto, ignora las respuestas a las preguntas más importantes de su vida: ¿quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Hacia dónde voy?

En dicho bloque encontramos versos como estos: Camina, / algún día encontrarás sentido a tus pasos / y puede que también al de los demás.

Es de destacar el hecho de que Jaime Siles escribe unas palabras liminares a esta obra. En su prólogo, además de remitir al lector a su estudio Poesía y traducción. Cuestiones de detalle (2005), advierte el carácter de diario lírico de este libro (yo), así como una entregada y voluntariosa búsqueda del interior en el exterior, como bien indica, menos relacionada con la parte morfológica de la lírica oriental y sí con su espíritu.

“El yo con la naturaleza” es el título de una segunda parte en la que persona y naturaleza se fusionan en un ente único, aquí se culmina esa aspiración mística de abandonar el cuerpo, la luz ya nos traspasa y no tocamos, somos aquello que describíamos y ahora debemos aprender a ser: Mirar el cielo, / mirar los pájaros, / contemplar las olas / y en las alas del mar / ser gaviota o mariposa.

Como hemos dicho, Cantos al camino remite a la pulsión itinerante de Kerouac, pionero de la generación Beat, que tanto y tan bien frecuentó el haiku en las montañas, todavía referente en nuestros días. Camino y canto, movimiento y música a nuestro encuentro con la luz que quizá no buscamos, pero sí nos busca: En ocasiones de la tierra / cuarteada, y cuando no te lo / esperas, mana agua salvaje. Es necesario que el lenguaje empleado por la autora, dada su apuesta, sea sencillo. Ningún poema posee título y la extensión de los poemas oscila entre los dos y dieciséis versos.

En cambio, en “La naturaleza a solas”, última parte del libro y la más breve, como el propio epígrafe indica, nos encontramos ante el parlamento de la naturaleza —aunque no de forma subjetiva ni utilizando la primera persona— dirigido a nosotros. Aquí los restos humanos de esa mirada fundida con el todo parecen traslucirse por su forma de describir los poemas, se intuye ajeno el orador, describe su entorno, eso sí, el yo desaparece y continúa el iniciático rito de una muerte a la vida: Para liberar / la semilla, la tierra a todas horas / sangra y llora.

Cantos al camino es un viaje al corazón de nosotros mismo y, por tanto, de las cosas. La poeta vislumbra una música nunca escuchada y decide abandonarse al sueño de buscarla. Aquí, el camino es la vida, y esa meta anhelada por aquel que vive y se pregunta en ella, no es más que el fluir de ese camino en nosotros, una tácita resolución que comprendemos quizás en el ocaso de nuestra existencia.

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