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América va sobre ruedas

jueves 01 de noviembre de 2018, 13:25h
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Quizás por el efecto Hollywood, a veces nos pensamos que, en América, la mayoría de los sexagenarios ya han echado raíces en casa pagada, los hijos se les han casado y probablemente haya nietos de por medio. Y que tampoco les falta una hucha bien abultada, gracias a un interés medio anual aproximado de un 6% que les devuelve la bolsa.

Nomadland: Surviving America In The Twenty-First Century
Nomadland: Surviving America In The Twenty-First Century

Pero Jessica Bruder, en su libro Nomadland: Surviving America In The Twenty-First Century (Tierra de Nómadas: Sobreviendo en la América del Siglo Veintiuno), enseguida nos demuestra lo contrario. El bien raíz es un lujo que no está al alcance de todos. De hecho, para evadir la pobreza, algunos mayores han hecho de la carretera su hogar. Esta nueva raza abarca principalmente a los que están en edades comprendidas entre los cincuenta y cinco y los setenta y cuatro, los más difíciles de colocar en el mercado, aunque también los hay más jóvenes y los que superan estos techos. Son gentes que, para recortar gastos, no han tenido más remedio que echarse a la carretera a bordo de rancheras o casas rodantes de segunda mano, muchas veces en estado lamentable, comidas por el moho y la humedad o quemadas de sol. Con el fin de hacerlas habitables y poder reducir así los costos que una vida enraizada da, estos nómadas han aprendido de todo para vivir en la carretera: instalar y saber ocultar paneles solares, (la ley no los permite sin el certificado correspondiente), no es ningún secreto para ellos. Como tampoco lo es encontrar alojamiento en un lugar que no llame la atención o dar en plena noche con la cadena de gimnasios a la que están suscritos para así poder disfrutar de una ducha.

Y aunque en los foros encuentran la camaradería y los trucos que necesitan para subsistir suelen viajar solos. Como mucho un perro o un par de gatos. La algarabía les abruma y prefieren la soledad. Y no es que no se alegren de ver a otros y no gusten de charlas al amor del fuego. También tienen sus celebraciones. Quartzsite, en Arizona, es uno de los lugares en los que se reúnen. De vez en cuando, eso sí, se recargan y necesitan alejarse de los otros, meterse en la soledad de su caravana reformada en la que nunca faltan materiales para atrapar la luz y aislar el vehículo.

Algunos son malabaristas de la economía y lo hacen con 250 dólares al mes. Con los trabajos temporales a duras penas reponen lo que gastan. Y no se andan con miramientos a la hora de elegir faena. Todo les vale: desde rascar inodoros en los parque nacionales hasta hacer de animadores en parques de atracciones. Amazon y su programa CamperForce es de sobra conocido entre esta generación motorizada. Por unos 11 dólares a la hora, uno puede pasar el humillante calor veraniego en un almacén sin apenas ventilación en turno de mañana, tarde o noche, haciendo horas extras que no suelen pagarse.

Y aunque a estos nómadas les agravian las condiciones en las que los tienen, lógicamente preferirían no tener que estar expuestos a lipotimias y accidentes laborales que, de producirse, correrían de su cuenta, (las empresas que los contratan no aseguran a estos trabajadores a tiempo parcial), siguen adelante. Según la autora, el puñetazo del 2008 a la economía tuvo mucho que ver con la aparición de esta estirpe. En la mayoría de los casos la pérdida del valor inmobiliario fue la causa de su desgracia. Para estos expropietarios, divorciados pasando pensión a los hijos, solteros, viudos, gentes con adicciones, parados, y otras condiciones que dejo en el tintero, con mínima capacidad de ahorro, el desastre era insalvable.

Para seguir los pasos de estos nómadas que van de camping en camping buscando trabajo, Bruder se entrena a fondo. Y lo hace como lo haría un Christopher Hitchens; metida hasta los ijares en lo que experimenta el otro. Bruder no se depila a lo brasileño o participa en un simulacro de asfixia para tener una cata de primera mano de los métodos interrogatorios que se gasta el gobierno estadounidense, sino que su periodismo es una carrera de larga distancia, mucho más parecido al de Barbara Ehrenreich, un periodismo de inmersión. Durante más de tres años Bruder sigue fielmente por la piel estadounidense la trayectoria de unos cincuenta nómadas, que, la mayoría de las veces, no tienen reservas en identificarse. Solo en contadas ocasiones prefieren no dar su nombre. La reinserción al mundo del 8 a 6 y el miedo a las represalias se lo impide. No cabe duda de que, con esta nueva generación tan a lo Steinbeck, Bruder nos levanta otra falla en el romanticismo de la carretera americana.

Puedes comprar el libro en su versión inglesa en:

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