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Paco Carreño
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Entrevista a Paco Carreño: "Escribir también es descubrir que existen muchas vidas en esta"

Autor de "La segunda vida"

miércoles 09 de octubre de 2019, 10:23h
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Paco Carreño (Madrid, 1965), vivió en Murcia antes de volver a la ciudad que lo vio nacer. En su vida profesional ha hecho un poco de todo: lector de español, corrector editorial, guía cultural y turístico, profesor de secundaria, bibliotecario… Es poeta, ensayista, ha comisariado la exposición Madrid puerto de mar y realizado varias piezas cinematográficas.
La segunda vida
La segunda vida

Ahora presenta su primera novela, "La segunda vida", una historia que parece transparente pero en la que nada es lo que aparenta y en la que reivindica la importancia de tener una segunda vida no ya válvula de escape, sino como factor potenciador de nuestro vivir cada día.

Primera novela sobre la segunda vida. ¿Escribir no es eso, inventarse una segunda (y una tercera, y una cuarta…) vida?

Sí, totalmente de acuerdo. Escribir también es descubrir que existen muchas vidas en esta. Es un esfuerzo por atender a la complejidad de la existencia, de todas las vidas que nos rodean, de la nuestra, llena de matices que muchas veces, si no es a través de la literatura, no conseguimos experimentar. Es una manera también de ordenar nuestros sueños, de dar forma a esa parte inconsciente que no deja de brotar en nuestro interior, de convertir en palabras ese murmullo permanente que nos atraviesa. Sirve también para dar voz a toda esa parte muda de la realidad (casas, árboles, coches, cuchillos, flores) que vive una segunda vida en nuestro pensamiento.

El protagonista es un periodista metido a biógrafo. ¿Un personaje instrumental o algo más?

El protagonista no es solo un personaje instrumental. Tiene una función narrativa como eje de la acción y voz principal de la novela, pero es el personaje más denso, el más redondo, el más complejo. En principio, está obligado a contar la vida de los demás, a ser un simple testigo de experiencias ajenas. Poco a poco va metiendo la pata aquí y allá, impulsado por una imperiosa fatalidad. De vez en cuando se deja llevar por un destino absurdo. Es impertinente. Se resiste a quedarse callado y mirar. En realidad, nos está contando su propia historia en el espejo de los demás. Necesita, como ellos, ser alguien. Vive una segunda vida y tiene continuamente la tentación de la primera, entrevista siempre con dudas, entre gestos exagerados. Según Ignacio Castro, su soledad es tan grande que no hay espectáculo que la aplaque. Su presencia incita a todo el mundo a compartir con él la propia soledad, para bien o para mal.

El periodismo no sale muy bien parado…

El periodismo es una pieza más en el engranaje narrativo, como la eutanasia o algunas otras causas u ocupaciones. El protagonista es expulsado del periódico en el que empieza trabajando y esto desencadena en él una crisis vital que lo va a llevar a aceptar el trabajo con los Tordesillas. De repente, descubre la importancia que tiene la manera de contar los hechos, que no hay en ningún caso neutralidad y que la objetividad es solo una subjetividad imperante.

Se da cuenta de que la ética no es objetiva, de que hay que atreverse a ser uno mismo y a defender con valor un punto de vista. A partir de ahí empieza a verlo todo con otros ojos. Esto es para él un descubrimiento feliz. Su mirada se despeja, se hace más apasionada, más atenta, más receptiva.

El título remite a esa ilusión on line que fue Second Life, el entretenimiento al que recurren los Tordesillas. ¿Todos necesitamos una segunda vida?

Algunos Tordesillas dan soluciones virtuales a sus problemas, a sus conflictos. También están enganchados a los videojuegos o se exhiben en las redes sociales. A otros les da por coleccionar lavadoras viejas o comprar parcelas en la luna a todos los que le ofrezcan un título de propiedad. Cada uno es un mundo. El título remite a muchas cosas. La segunda vida es la que «viven» unos huesos exhumados por un rayo en el panteón familiar, la de un programa de televisión que te ofrece la oportunidad de vivir durante un día la vida de otra persona, la del inmigrante que ha llegado en patera, la del protagonista cuando salva el pellejo en diferentes ocasiones, la de los árboles en la conciencia. Es el nombre de una empresa dedicada a ayudar a morir a la gente.

El periodismo es una pieza más en el engranaje narrativo, como la eutanasia o algunas otras causas u ocupaciones

Es una cita muy usada: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». Y los Tordesillas son muy suyos…

Los Tordesillas se sienten diferentes. La felicidad es para ellos algo deseado por demasiada gente. Prefieren mil veces la melancolía familiar. Llevan a gala cierto tremendismo al actuar ante los demás. Les horroriza no ser únicos. Tampoco les gusta parecerse entre ellos. Eso los puede llevar a sobreactuar. Quizá sea la conciencia de su final como estirpe la que los lleva a contratar al cronista. Será él el encargado de levantar acta de lo que parece su última función en este mundo. Alrededor de ellos hay cierta expectación, sobre todo por su exagerada manera de despedirse. Algunos están esperando verlos caer para ocupar ese lugar que parece regido por extrañas ceremonias. Y sí, son tan suyos que terminan cediendo al cronista el contacto con la realidad.

¿Consuela saber que los ricos también lloran?

La segunda vida no va a consolar a nadie de no ser lo que no es, de no tener lo que no tiene. No es una sátira de una familia en decadencia, ni siquiera de los que pretenden ocupar su puesto al precio que sea. Para mí es más bien una fiesta desenfadada de la imaginación. En todo caso, esta novela debería contribuir a hacer de nuestro destino algo que fuese más allá de una biografía. En la novela, creo, están también los márgenes raramente nombrados de una vida cualquiera: una chica con una rosa en la mano, un vagabundo, unos muebles en una terraza. El narrador habla también de eso. Si hay algo que se critica en la novela es que no tengamos ojos ni tiempo para mirar todo lo insignificante que nos rodea.

Leo que la novela fue finalista del Premio Planeta. ¿Por qué te presentaste? ¿Cómo ha sido la experiencia?

Creo que hay que aclarar que se llama finalista al que obtiene el segundo premio cada año. Los otros, hasta que es fallado el premio, también son finalistas. Yo quedé el cuarto. ¿Por qué no apostar? En el jurado había escritores a los que respeto, como Blecua, Gimferrer o Eslava Galán. Además, pensé que la maquinaria de un premio tan importante contaría con un riguroso equipo de lectores y quizá mi novela podría obtener un buen informe. Creo que ese año se presentaron seiscientas. Para mí fue un gesto de reconocimiento. Y luego la gala. Es una ceremonia curiosa. Interrumpen la cena cada poco tiempo para comunicar las deliberaciones. En la mesa donde me senté todos parecían tan emocionados como yo cuando veían mejorar la posición de mi novela comunicado tras comunicado. Me apoyaron mucho.

¿Qué fantasmas de Paco Carreño se han colado en la novela?

Muchísimos. Por ejemplo, siempre que el protagonista, solo o con la familia, tiene que huir, lo hace de peligros con los que yo me he enfrentado en algún momento, en la realidad o en la imaginación. Esos fantasmas se han encarnado. Supongo que les he cedido parte de mi conciencia para que dejasen de perseguirme.

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