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María Pérez Herrero
María Pérez Herrero (Foto: Javier Velasco Oliaga)

AMOR CONSTANTE

Relatos incluido en el libro LAS MUJERES DE ALCOBENDAS CUENTAN
jueves 24 de septiembre de 2020, 15:00h
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Desde esta ventana, la que me conecta con el exterior, la que me inunda de sonidos y sensaciones fácilmente identificables, vivo. Por las mañanas mi cuerpo ajado recibe los cálidos rayos del sol, cuando hay, y antes, mucho antes, todavía puedo oír el trinar de los pájaros y aún distingo el jilguero, el hambriento gorrión y la ladrona picaraza con su graznar antipático.

Hay otras sensaciones que también comparto con el oído: pongo mis manos ávidas de tacto en el cristal y siento ese rocío de primavera que me transporta al campo en mis días de infancia cuando corría con los pies descalzos. Y así, hora tras hora rememoro imágenes que tengo guardadas en los pliegues de mi memoria, sonriendo débilmente. Luego, despacio, casi saboreando, destapo con cuidado las emociones y los sentimientos que se fueron depositando allí a lo largo de los años.

Empiezo siempre por el título de aquél libro que leí, LAS CIEN MEJORES POESÍAS DE LA LENGUA CASTELLANA, pasando las páginas mentalmente, hasta que llego al soneto de Quevedo.

Aquí me detengo, y cierro los ojos. Con ayuda de mis dedos vacilantes que acarician unas gotas de agua dibujo el caño de la fuente, y entonces oigo caer el chorro constante de agua fresca, veo los cántaros esperando ser llenados, con su boca tapada con primorosos tapetes de algodón, y es entonces, en ese preciso momento cuando la siento, a ella. Acude diariamente a su cita, cantando, sonriendo, hablando a gritos, casi chillando, para hacer más presente, si cabe, su presencia infinita, de carnes prietas, sonrosadas casi rojas, manos gruesas que llena de líquido abundante y traga glotonamente, y se vuelve y me ofrece, a mi, que hago coincidir todas las mañanas su llegada con la mía. Yo que mudo, absorbo su luz, su sonido y su cuerpo generoso..... bebiendo, día tras día de su cántaro: Amor. Brebaje constante para mas allá de la muerte.

Retengo durante unos minutos la imagen, y yo, ¡pobre anciano enamorado!, todavía me deleito con ella. Ralentizo mis pulsaciones y la fijo en mi retina, quedando estáticos, allí, solos, el agua, ella y yo.

Continúo casi sin aliento. Despacio, rememoro los primeros versos...

cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día
pero tengo que volver a la imagen, porque, ¡ah! ¡traidora memoria! me abandonas cuando mas te necesito...

De nuevo mentalmente, abro el libro, las páginas, el soneto a la izquierda, y leo el título “AMOR CONSTANTE MAS ALLÁ DE LA MUERTE”. Pienso en ella, y recuerdo otra vez los primeros versos...

cerrar podrá mis ojos la postrera.
................
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera
¡Don Cosme, don Cosme!, ¡esa baba!, reaccione que se queda usted pasmado, deje de tocar tanto ese cristal está húmedo y frío. ¡Dios mío! este hombre, es que se queda alelado oyendo llover, no para de tocar esa ventana con la de polvo que tiene...

¡Polvo!, eso es. Mi pensamiento vuelve a verla, ahora ya para siempre juntos, pues mi alma abandona su cuerpo gastado mientras dicta el verso final.

su cuerpo dejará, no su cuidado
serán ceniza, mas tendrá sentido
polvo serán mas polvo enamorado

Don Cosme, DON COSME!.... no se me enfade, usted ahora, venga, despierte, ¡RESPIRE!... , ¡DON COSME! ¡DON COSME!. ¡Dios mío!

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