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Concepción Arenal
Concepción Arenal (Foto: Archivo)

ADMIRANDO A CONCEPCIÓN ARENAL

Releo la Historia y no dejo de asombrarme
Por María Pérez Herrero
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mariaperezherrerogmailcom/17/17/23
domingo 07 de marzo de 2021, 00:55h

Leo y aplaudo con entusiasmo el magnífico libro de Ana Caballé Concepción Arenal, La caminante y su sombra, (Taurus), con el que tanto aprendo, no ya solo por su biografía precisa, documentada y analizada, ganadora merecidísima de Premio Nacional de Historia 2019, sino por la lección de historia tan amena y fiel que nos narra de ese siglo español tan convulso y complicado.

Es imposible calificar a Concepción Arenal (1820-1893) con un solo adjetivo pues como escritora ya recoge poesía, ensayo, artículos periodísticos, relatos, edición de su revista La Voz de la Caridad y obras de dramaturgia. Además de pensadora, más aún filósofa con definidas líneas de pensamiento en todos los ámbitos expone los derechos de la mujer, abolición de la esclavitud, derechos de los presos, y un largo etc que concreta en sus numerosos ensayos: Cartas a un obrero, Cartas a un señor, Cartas a los delincuentes, El visitador del preso... Asienta en sus escritos el concepto de organización y justicia social y la obligación del Estado al que tanto recriminó hablando de la filantropía, la caridad, la beneficencia… Todo lo describe con claridad: el pensamiento, el humanismo, el sufrimiento, el dolor de sus semejantes, derechos, deberes, estudios penitenciarios e incluso la especificación para la edificación ideal de cárcel (Modelo) que para su decepción se construyó sin seguir sus consejos. No hay aquí espacio suficiente para elogiar y detallar todo su trabajo y su legado, que aunque sí fue reconocido internacionalmente ella misma lo nombra “voz que nadie escucha”. No obstante aplaudo la estupenda exposición que ahora se está mostrando en la Biblioteca Nacional (Madrid) hasta el 4 de abril y que visité con su tataranieta Angela García Arenal.

Son sus escritos Cuadros de la Guerra Carlista vivas estampas cotidianas tiernas y estremecedoras del soldado con su destino, hambre y tristeza (“hace bien en llorar, porque difícil es que vuelva a ver a su madre”) su sufrimiento, la sed, las injusticias… Relatos que abarcan no solo al soldado (“La Ley le pagó el viaje cuando sano le sacó de su casa; ahora le permite volver a ella moribundo: nada le da para que vuelva”), sino a la anciana llorosa o a la madre muerta (“un niño dormido sobre el pecho de la madre muerta”), o incluso al correo (“cosa triste también la valija del correo, mientras dure la guerra no miréis el correo sin afligiros…”). Releo las cruentas guerras Carlista de 1874 donde ya aparece la Cruz Roja como organización apolítica y aconfesional ofreciendo sus servicios médicos a heridos de uno y otro bando, como bien escribirá en sus artículos la pacifista Arenal.

En esta Tercera Guerra Carlista ella participó al lado de la Cruz Roja pues siendo secretaria de su Sección de Señoras encargó en París dos ambulancias “de ruedas” indispensables para el efectivo traslado de enfermos, mejorando claramente sus condiciones. Concepción Arenal se responsabilizó del Hospital de sangre además de la enfermería de Miranda de Ebro donde se recrudecía el enfrentamiento, atendiendo a los heridos no solo médicamente sino humanamente: “Para cada herido que llega tenemos cama limpia, caldo de gallina, jamón, vino generoso y ropas interiores”. Una Cruz Roja que va a sufrir los ataques de los carlistas reaccionarios, pues propagan que ese nuevo emblema humanitario aconfesional esconde un sesgo masón, resultando agresiones constantes que motivaron que las ambulancias tuvieran que ser escoltadas para evitar los daños que les causaban los fanáticos de la sección más ultraconservadora católica. Ella escribe “¿Qué significan estos hechos? Que es absolutamente imposible, de imposibilidad material, que nuestra ambulancia funcione, porque la bandera de la Cruz Roja, lejos de ser una garantía, aquí es un peligro”[1].

Ahora, más de 150 años después, en nuestra particular guerra COVID, leo los ataques a un hospital de Madrid, daños físicos, boicot y sabotajes premeditados. Mientras tanto, el enfermo en uno y otro caso está ahí, en su camilla, anhelando esa ayuda médica y agradeciendo, seguro, esa mano de ayuda, de alivio, de consuelo. ¿Entiende el enfermo que haya alguien que pueda creer que esa destrucción de un servicio médico es lícita?

La maldad e ignorancia produce monstruos y es igualmente innata y dañina en cualquier siglo o tendencia política. Sigo leyendo sus palabras: “La indiferencia para los males de nuestros semejantes no revela ya solo dureza en el corazón sino extravío de la inteligencia”.

[1] Concepción Arenal. La caminante y su sombra. Anna Caballé (Taurus). Pág. 260

María Pérez Herrero, marzo 2021

https://www.planetadelibros.com/libro-ni-locas-ni-tontas/303439

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