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"Corsarios españoles", de Agustín R. Rodríguez González

Editorial EDAF
Por José María Manuel García-Osuna Rodríguez
martes 08 de junio de 2021, 16:00h
Corsarios españoles
Corsarios españoles
Estamos ante un libro de interés preferente, y sorprendente; ya que existe un enorme desconocimiento sobre el que hubiesen existido corsarios, entre los hispanos que servían a las católicas majestades. Estos corsarios españoles tienen reconocida su existencia, entre los siglos XVI (Carlos V y Felipe II) y los inicios del siglo XIX. Y muchos de ellos tuvieron un éxito importante en su vida a través de los mares.

Conviene aclarar que un corsario era algo muy diferente de un pirata: el corsario se trataba de un particular que, por las razones que fuesen, había obtenido una ‘patente’ o permiso del rey para atacar y apresar embarcaciones de países enemigos, tras haber depositado previamente una fianza y comprometiéndose a cumplir una serie de normas tanto en lo que se refiere a quien podría atacar, al comportamiento con los vencidos, al reparto del botín apresado, etc…”. Aunque resulta sorprendente que unos seres humanos, como los hispanos, inventores o creadores de las guerras de guerrillas, tuviesen tantos escrúpulos para realizar la misma tarea bélica en los mares. Se puede indicar que el latrocinio paradigmático de los piratas podía repugnar las conciencias de los marinos de monarcas como Felipe II o Felipe IV, entre otros de mayor o menos enjundia.

Indicare, taxativamente, que en la página-15 se cita los nombres de corona unida de Castilla Y Aragón, lo que ya es el desideratum de lo inexistente. Nunca jamás ha existido la malhadada Corona de Castilla, ridícula y absurda Unión de Reinos, salvo que Isabel I “la Católica” cuando se definía como REYNA DE CASTILLA Y DE LEÓN estuviese bajo los efectos de la sarcástica ambrosía castellanista. No es Castilla, por inexistente y falsa, la que se alía con Francia, SINO LOS REINOS DE CASTILLA Y DE LEÓN. Los corsarios españoles están muy controlados, ya que no dejan de ser unos importantes ingresos para las arcas, casi siempre exhaustas, de la Corona Española, sobre todo de los derrochadores y belicistas Habsburgos. Los corsarios españoles poseían un fenotipo muy diferente, y más distinguido y orlado, que el de sus homónimos británicos; era una actividad plena de legalidad regulada por la monarquía española; asimismo ayudaban, en múltiples ocasiones, a las operaciones regulares de las escuadras militares españolas. Verbigracia, en la Junta general de Azpeitia, del 15 de octubre de 1555, se vieron obligados a declarar, ante veedores del rey Felipe II, capitanes y armadores, en número de 14, que fueron conminados a explicitar todas sus acciones de patente de corso.

Concretamente las naves corsarias guipuzcoanas habían conseguido apresar alrededor de 1400 navíos enemigos, con 15.000 prisioneros. Un personaje de lo más destacado, y que ha dado nombre al lugar de su nacencia, ‘la Villa del Adelantado’, es nada más y nada menos que Pedro Menéndez de Avilés, fundador de la primera ciudad en los Estados Unidos de América, concretamente me refiero a San Agustín de La Florida. Fue el creador de la primera escuadra de protección de los convoyes que iban a Las Indias, a los que denominó como los Doce Apóstoles. Su preclara inteligencia le permitió diseñar nuevos barcos de guerra. Era tal su amistad con Felipe II, que consiguió que el monarca visitara esta villa marinera, nacida de la villa romana de un tal Abilio; de ello existe orgullo en la ciudad de Avilés, donde moro desde hace decenios. Tras vender su herencia, adquirió un modesto patache o velero muy pequeño, para poder navegar. En 1539 comenzó su fama en la ría de Vigo: “Navegaba en esas aguas en compañía de otros dos pataches, estos regulares o de Armada, cuando se topó con una flotilla corsaria francesa compuesta de una nao y tres zabras (pesqueros de altura, de dos palos generalmente) que acababan de apresar tres pequeñas embarcaciones españolas y en ellas a no menos de sesenta personas. Sorprendentemente se trataba de un cortejo nupcial, el de una novia que, con parientes y amigos, se trasladaba a la ciudad para la ceremonia…”. En años posteriores estuvo combatiendo y navegando de continuo. Tras su actuación sobresaliente en la batalla de Muros, 25 de julio de 1543, donde la victoria sería aplastante: más de tres mil muertos y heridos franceses, por trescientos españoles, aparte de más de quinientos heridos graves. Aunque si la batalla continuaba en tierra, los soldados españoles eran los mejores del mundo.

Entre 1550 y 1551 tuvo otra patente de corso para las rutas de Las Indias. Un memorial sobre las malas y traicioneras acciones de los franceses motivó que Felipe II, entusiasmado con el estudio, le nombrase capitán general de la Armada y Flotas de la Carrera de Indias en 1554. Se citan en este magnífico libro el nombre de otros estupendos corsarios, llenos de patriotismo hacia la corona, como el bolivariano Pedro de Zubiaur, encargado por Felipe II de llevar las pagas para los Tercios de Flandes del duque de Alba. Incluso, en 1581, fue comisionado por el soberano español a reclamar daños y perjuicios a la reina Isabel I Tudor por las depredaciones del pirata Sir Francis Drake. “Como se habrá podido demostrar, era el mejor método para que quienes habían escogido el mar como vía de promoción personal se distinguieran y llegaran a los más altos destinos y recompensas, al no tener otras vías de enaltecimiento en todos los sentidos, por carecer de alta cuna o de influencias en la corte”. También se hace el corso en el siglo XVI, asimismo en el Mare Nostrum. Otra función de los corsarios era la de rescatar prisioneros del enemigo. Se cita a Juan Felipe Romano, 23 de mayo de 1595, para rescatar a españoles presos en Argel. En suma, esta micropincelada pretende aumentar el interés por la lectura de este magnífico libro, que merece todo tipo de parabienes.Alea Iacta Est. ET, Veni, Vidi, Vici”.

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