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La cuarta bestia
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La cuarta bestia

“La Cuarta Bestia”, de Luis Miguel Sánchez Tostado (autor) y Elena Ortega Yáñez (ilustraciones)

lunes 10 de enero de 2022, 18:00h

Esta es la cuarta novela del jiennense Luis Miguel Sánchez Tostado (1962), por más señas historiador, criminólogo y escritor, y enumero esa triple acreditación por orden de importancia, dados el rigor histórico, la precisión del estilo y la exactitud en la documentación que despliega en todas sus obras y que lo han hecho merecedor de una veintena de galardones por sus obras tanto de ficción como de no ficción. Entre ellas se cuentan relatos, varios libros de cuentos, y más de veinte ensayos de no ficción sobre temas desde la Guerra Civil hasta la Transición, pasando por el tráfico de drogas y una Historia de las prisiones de Jaén que abarca la friolera de 500 años.

Acompañan a la novela las ilustraciones en blanco y negro de la artista Elena Ortega Yáñez, cuya formación y experiencia profesional en el entorno cinematográfico y periodístico se vierte en imágenes impactantes y elocuentes: su labor complementa y realza tan bien esta novela, que su nombre merecería figurar en la cubierta junto al del autor, o inmediatamente debajo.

“La Cuarta Bestia” (Editorial Almuzara, publicada en agosto de 2021) resulta difícil de catalogar, pues aúna el género histórico – la novela se basa en hechos reales a finales del siglo XIX – y el detectivesco, al ahondar en el “crimen de Pedernales”, pero con importantes tintes sicológicos y elementos que rozan lo fantástico del imaginario popular: no sin motivo, el asesino (dicho en singular genérico, para no arruinarle las sorpresas que descubrirá el lector) mereció el sobrenombre mítico de “monstruo de Locubín”.

Narrada en primera persona por el alter ego del autor (forense y detective como él), que presenta el misterio visto desde el presente para zambullirse inmediatamente en los hechos del pasado (narrado desde una perspectiva impersonal y omnisciente), la verdadera historia arranca con el descubrimiento del cadáver de un desconocido masacrado con saña en el Jaén rural en 1898, año aciago para España en tantos sentidos.

La trama del crimen y su resolución está puntuadas por escenas en la época actual, cuando el forense reconstruye los sucesos del pasado y poco a poco, como en un caleidoscopio, recoloca las piezas movedizas de los hechos, los personajes ambiguos y los motivos escurridizos, confiriéndoles una interpretación mucho más exacta y matizada de la que probablemente se le dio en su época. Presente y pasado se entrelazan con frecuencia, en capítulos de apenas una o dos páginas, lo que agiliza sobremanera la lectura sin que se pierda nunca el hilo conductor. La acción se desliza incluso en las descripciones de los personajes, que son memorables:

“Me saludó con afabilidad sardónica y estreché su mano fina, de buena crianza, aunque gélida y sarmentosa. Olía a after shave mentolado y a naftalina. La impresión fue la de un fantasma meditabundo que se aferraba con desgana a un pasado de tristeza muda.”

Esta novela funciona como el engranaje de un reloj: todos sus componentes encajan a la perfección, desde el estilo sobrio y desprovisto de florituras, donde basta una pincelada poética para describir un paisaje que, a su vez, refleja el estado de ánimo de los personajes, el ritmo pausado pero sostenido como un metrónomo, la revelación en cadena de los hechos objetivos que, a su vez, arroja luz sobre el “crimen detrás del crimen” y el culpable tras los culpables y con ello, a su vez, traza una radiografia despiadada de las desigualdades, injusticias y abusos enquistados en el conjunto de la sociedad a partir de la disección de una aldea cualquiera de la España profunda.

“Por entonces, los librepensadores y el proletariado empezaron a organizarse en defensa de la clase trabajadora (…) Los caciques explotaban a los obreros y asfixiaban a los pequeños propietarios usando malas artes (…) La Iglesia (…) mediaba para que los señores lograsen sus propósitos. Le digo esto porque, tal vez, y es solo una hipótesis, pudo ser este uno de los motivos por los que el monstruo desató su ira.”

“Pueblo chico, infierno grande”, reza el dicho, y así lo plasma certeramente el autor, con una economía de palabras y medios que refuerza sus múltiples mensajes implícitos, en vez de debilitarlos:

“En los pueblos pequeños la vida cotidiana es plana, diáfana, inamovible como la línea del horizonte; cuesta asumir los sobresaltos de un destino que, en ocasiones, como inesperados seísmos, cubre de cielos oscuros el día a día de las gentes de bien.”

Pese al entorno remoto y humilde, la intrascendencia de la víctima y su verdugo, y la aparente vulgaridad del crimen, el caso causó tal sensación en todo el país, que hasta el Consejo de Ministros de Sagasta se ocupó del tema, y la escritora Emilia Pardo Bazán, ya célebre por entonces, lo incluyó en una de sus obras.

Cabría suponer que, al tener solo 264 páginas, es una historieta sencilla, lineal y sin más pretensión que entretener con una anécdota tan violenta como estrambótica: nada más lejos de la realidad. Desde la primera escena, se invita al lector-espectador que acompaña al forense en sus pesquisas a que lea entre líneas y descifre gestos, expresiones y silencios tanto o más que las pruebas físicas y los escasos artículos de prensa que se conservan de los sucesos:

"Aquel día descubrí a un ser humano excepcional. Bajo una crisálida de amargura que emponzoñaba un corazón picado por el estigma de la soledad, había un ser entrañable, sarcástico, socarrón y, sobre todo, sabio”

El caso es tan complejo como lleno de contrasentidos, vías muertas y pistas falsas que confunden tanto a los investigadores de la época como al forense de nuestros tiempos, los verdaderos móviles no se esclarecen hasta bien avanzada la novela, y nada resulta lo que aparentaba ser:

“Es un caso inaudito (…) Falsificar las cartas, inculpar a X, borrar los rasgos identificativos de la víctima, cambiarle la ropa, meterle en los bolsillos dinero falso y documentación manipulada…”

Si lo macabro del asesinato (que recuerda bastante a la de Rasputín, e insinúa que los muertos siempre tienen la última palabra) supera la ficción más calenturienta de cualquier reportero, la fusión de realidad y leyendas locales es una combinación tan potente como el contraste entre lucidez y locura, raciocinio e intuición, coraje y terror, realidad sórdida y exaltación religiosa:

“Al miedo no se le confina en una celda, vaga libre por las conciencias de cada vecino.”

El autor juega con la capacidad del lector de atar los cabos entre la dimensión real y la onírica, presentando hechos con una fuerte carga simbólica que esconden indicios clave (como las cuatro armas (cinco, en realidad) empleadas para perpetrar el crimen, que recuerdan a los cuatro palos de la baraja española: la copa del veneno, la espada en forma de cuchillo y bala, el basto representado por el palo, y el oro, poderoso caballero corruptor, omnipotente y decisivo en esta tragedia):

“Detrás del caso se escondía uno de los siete pecados capitales: la avaricia (…) ¿La avaricia de quién? pregunté. De todos, sentenció: La avaricia vuelve al hombre cabal en perverso, y al perverso en asesino.”

No deseo adelantar el desenlace, sorprendente y a la vez original, para que el lector pueda saborearlo tal y como es la intención del autor-protagonista, que respeta escrupulosamente la cronología pasada y presente. Pero sí uno de los mensajes más impresionantes de este crimen casi olvidado con todas las características de las mejores fábulas universales: entonces y ahora, el mal es invisible pero tangible, su índole es humana y metafísica a la vez, por lo que se puede juzgar y destruir una o varias de sus manifestaciones temporales pero siempre se reencarnará en otra, resucitando una y otra vez en una especie de karma nihilista, al igual que el “monstruo de Locubín”, quien resulta ser tan real como metafórico: y esta lección que encierra la novela, entre otras, es la que le confiere una actualidad tan escalofriante como genial.

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