Pero la literatura ha formulado una pregunta distinta. No cómo vencer al azar, sino qué significa existir bajo su dominio. Y esa pregunta tiene al menos veinticinco siglos de historia.
Moira y Tyche: dos caras de lo ingobernable
Los griegos distinguían entre dos fuerzas que escapaban al control humano. Por un lado, las Moiras —Cloto, Láquesis y Átropos— hilaban, medían y cortaban el hilo de cada vida mortal. Su nombre deriva de moira: porción, parte asignada. El destino, para ellas, era reparto; cada existencia recibía lo que le correspondía según un orden anterior a los propios dioses.
Por otro lado estaba Tyche, divinidad del azar puro, de lo que simplemente ocurre sin plan ni propósito. Esquilo la invoca en Agamenón como "Tyche salvadora", la suerte que preservó las naves griegas de la tormenta. Tyche no teje: lanza. Su símbolo era la esfera, objeto que rueda en cualquier dirección.
La tragedia griega habitó la tensión entre ambas fuerzas. Edipo cumple su destino precisamente al intentar evitarlo —territorio de las Moiras—, pero los accidentes que lo conducen a Tebas pertenecen al dominio de Tyche. Sófocles no resuelve la paradoja; la expone.
Boecio y la rueda que no se detiene
En el año 523, esperando ejecución en una celda, el filósofo romano Boecio escribió La consolación de la filosofía. Allí, la Dama Filosofía le recuerda una verdad incómoda:
«La inconstancia es mi esencia misma; es el juego que nunca dejo de jugar mientras giro mi rueda en su círculo siempre cambiante, llena de alegría al llevar la cima al fondo y el fondo a la cima.»
La Rueda de la Fortuna se convirtió en la imagen dominante del Medioevo. Dante la menciona en la Divina Comedia; Chaucer la emplea en El cuento del caballero; Boccaccio estructura tragedias enteras sobre su giro. La metáfora funcionaba porque capturaba algo que la experiencia confirmaba: reyes caían, mendigos ascendían, y nadie podía reclamar permanencia.
Boecio, sin embargo, no se limitó a describir. Propuso una respuesta: si la fortuna da y quita sin criterio, entonces la felicidad no puede depender de lo que ella otorga. El sabio construye una ciudadela interior, inmune al giro de la rueda.
Borges: cuando el azar se vuelve sistema
En 1941, Jorge Luis Borges publicó "La lotería en Babilonia", un relato donde una ciudad entera organiza su existencia alrededor del sorteo. Lo que comenzó como juego de premios menores fue expandiéndose hasta gobernar ascensos, castigos, muertes. La Compañía que administra la lotería se vuelve omnipresente e invisible. El narrador concluye:
«Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.»
Borges llevó la pregunta griega a su extremo lógico. Si todo es azar, ¿existe diferencia entre fortuna y destino? Si cada evento resulta de un sorteo, ¿importa que haya o no una Compañía detrás? El cuento no responde; multiplica las hipótesis hasta que colapsan en paradoja.
- Algunas sectas sostienen que la Compañía nunca existió
- Otras afirman que es eterna y durará hasta la última noche
- Una tercera posición declara que es indiferente afirmar o negar su realidad
La genialidad del relato reside en que estas posiciones —ateísmo, teísmo, agnosticismo— resultan funcionalmente idénticas cuando el azar lo gobierna todo.
Lo que la literatura sigue preguntando
Desde las Moiras hasta Borges, la literatura ha resistido la tentación de ofrecer sistemas para vencer al azar. Ha preferido otra tarea: nombrar la experiencia de vivir bajo su sombra. Boecio buscó consuelo en la razón; Sófocles expuso la trampa del destino; Borges disolvió la distinción entre orden y caos.
Ninguno prometió control. Todos ofrecieron algo distinto: la posibilidad de pensar lo que no puede dominarse. Esa sigue siendo la apuesta de la literatura —no contra el azar, sino sobre él.