La última novela de la colombiana, que reside en Argentina, María del Mar Ramón, ha sido publicada en España por AdN Editorial (Grupo Anaya S.A.), y lleva por título "La memoria es un animal esquivo". Con una prosa hermosa, impecable y rica, la autora nos habla desde el corazón de un hombre atormentado que ha nutrido su vida de recuerdos dolorosos con los que alimenta un resentimiento que ni el arte, como refugio y tabla a la que asirse, consigue superar. Un hombre viejo que afirma “Yo soy mi memoria”, la memoria que él se ha contado, que va reconstruyendo, y que ha forjado su personalidad y construido su identidad cambiante. La búsqueda del amor de Juan Francisco ha sido el motor de su vida. Un amor esquivo que es incapaz de reconocer y que destruye cuando lo tiene cerca, porque nada es suficiente para sanar la herida que arrastra por el desprecio, que cree, recibió de un padre autoritario y severo y de un hermano mayor que le hizo daño y en el que nunca encontró refugio ni comprensión. Unas relaciones familiares rotas tras la temprana muerte de una madre con ojos tan tristes como los del protagonista, agotada, airada, por el hecho de cargar con tres hijos y un marido, y la mala suerte de haber nacido mujer en la tierra y el tiempo de los hombres que le obligaron a casarse con alguien que no quería. Una familia que no es refugio ni amor, sino transmisión de normas. Un hogar que no fue tal porque en esa casa impera el silencio y lo que más duele, son las cosas no dichas. Los abusos infantiles en el seminario también están presentes en la obra, no de manera explícita, sí como losa que lastra y que se une a la soledad por no compartir, la fragilidad de un niño y la falta de castigo a los culpables. El desarraigo de una persona no tiene por qué producirse, sólo, cuando se emigra a otro país, se puede sentir, incluso, desde la primera vez que se abandona la casa familiar siendo niño. Un sentimiento de no pertenencia cuando se ha conocido la maldad y la brutalidad humana que pueden albergar los adultos y el lugar al que vuelves no es ya tu hogar, sino una herida abierta en la que crece una maleza que se retuerce en el corazón y las entrañas. Juan Francisco será siempre un emigrante desde su primer exilio a los 9 años. También la migración está presente en esta novela. Los que se van, y los otros, que empiezan a invadirlo todo con su pobreza… para mí nada podría ser peor que llevarse a cuestas el lugar del que uno está huyendo. Como el protagonista, que carga con sus recuerdos y dolor allá donde va. María del Mar Ramón profundiza en los sentimientos y emociones de una vida que está rota antes de florecer, en traumas sin resolver porque lo que ha echado raíces es el silencio, un silencio insondable que le aleja de su familia y de su tierra porque lo que le mantiene en pie es el resentimiento y, por qué no, la culpa de saber que no ha sido capaz de estar cuando lo necesitaron, aunque nunca llegue a admitirlo. Excusas para huir y no plantar cara al infortunio del que se nutre. María del Mar Ramón es una escritora valiente en este libro que conmueve a la vez que desasosiega. Escribe en primera persona toda la novela, excepto un capítulo, que lo hace desde un narrador omnisciente porque habla de alguien que se enfrenta a la muerte. Es quizá, el capítulo más hermoso y desgarrador, no exento de tragedia y dramatismo para los que quedan, si pleno de terror y expectación para el que lo afronta, porque la muerte es algo solitario, aunque te rodeen los que te aman. No puede comunicarlo porque sabe que nadie entendería, que nadie sabe lo que siente, que nadie comprende las dimensiones de lo que tiene que asimilar…por fin entiende que nadie, ni su mujer, ni su hija, ni sus hermanos, ni todas las personas a las que ha amado en el pasado van a poder acompañarlo en este momento, porque va a morir solo, por más que todos estén ahí para darle la mano y prenderle la luz, por más que le digan que el amor lo guía y lo ilumina… se da cuenta de que nada de eso es cierto y de que la muerte es una sola soledad. La autora bucea en la fragilidad de los recuerdos que construyen el presente del protagonista; en su búsqueda incesante por construirse una identidad; en los mandatos que ha heredado; en las relaciones familiares que se destruyeron desde casi los inicios porque unos hermanos que deberían quererse se han odiado, y la figura del padre que acoge, protege y guía es una imagen que vive como amenaza en vez de un espejo en el que mirarse, un padre que aun estando presente, le hace pensar en la orfandad; en esos silencios que le pesan como losas, que le oprimen y de los que se siente heredero; en su vida destruida e infeliz porque, llegando a la vejez, todavía no sabe cómo y a quién amar; en ese miedo que le acompaña desde que murió su madre; porque la soledad le atenaza el alma; porque se siente impostor y el arte no lo libera tampoco de ese sentimiento. Porque necesita que lo amen. Arrastrará la culpa como castigo. Necesita que alguien le pida perdón para no convertirse también él en un ser miserable… no voy a permitir que te escondas en el sufrimiento al que el mundo te obligó para hacerle lo mismo a otras personas… eso te convertiría en un viejo que no aprendió nada de su propio dolor, que no fue capaz de ni de una mínima reflexión sobre su existencia y que solo se refugia en su pasado para ser cruel. Es posible que la memoria lastime y destruya. Sobre todo, cuando se olvida lo que nos hizo felices. Puedes comprar el libro en:
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