Francisco Villaespesa: Un poeta modernista entre la naturaleza y el anheloEl poema "Al pasar" de Francisco Villaespesa describe la contemplación de un paisaje agrícola desde un tren, evocando el deseo de ser labrador y vivir en armonía con la naturaleza. La obra refleja una transición emocional que va desde la observación del entorno hasta la expresión del anhelo por una vida sencilla y laboriosa.
Al pasar
Desde el tren, por la abierta ventanilla, en un valle de olivos, sombreado, contemplo un arador tras el arado, volcando en los surcos la semilla.
El áureo sol, como una hostia, brilla; un vuelo de campanas cruza el prado, y en la paz del remanso sosegado parece que la tarde se arrodilla.
¡Quién fuera labrador!... ¡Ay, quién tuviera una blanca casita en la ribera; yuntas, viña, un huerto de manzanos;
un olivar y tierra labrantía donde sembrar el pan de cada día con el diario esfuerzo de mis manos! Francisco Villaespesa: Caracol marino.Buenos Aires, editorial Tor, sin año de publicación; págs. 61-62.
Francisco Villaespesa Martín (Laujar de Andarax -Almería-, 1877-Madrid, 1936, y está enterrado en el Panteón de Varones Ilustres de la Sacramental de San Justo) fue un entusiasta escritor modernista -gran admirador de Rubén Darío que gozó en su época de enorme prestigio y popularidad, dentro y fuera de España, como novelista, dramaturgo y poeta lírico. Sin embargo, y a pesar de su importancia en el contexto literario del novecientos, su voluminosa obra ha llegado bastante oscurecida hasta la época actual, por no decir sepultada en el olvido. Escritor extraordinariamente prolijo, es autor de 51 libros de poemas -sin contar los versos de circunstancias y su gran faceta como sonetista-, veinticinco obras teatrales (“El alcázar de las perlas -1911-, Aben-Humeya -1913-, Doña María de Padilla -1913-…; un teatro fundamentalmente de tipo histórico, en el que muestra su gran dominio de la escenografía), y varias novelas cortas (El último Abderramán -1909-, La tela de Penélope -1913-…). “Lo profano y lo bohemio, lo sensual, lo triste, lo febril y el decaimiento, lo preciosista y lo moroso, tuvieron en este poeta andaluz un intérprete genial. En ocasiones, la mera sonoridad verbal le arrastró al amaneramiento. Poseyó la gracia voluptuosa y florida de los frondosos jardines árabes. Y, sin embargo, entre los miles y miles de sus poesías, pueden espigarse un centenar corrido de auténtica inspiración y belleza, dignas de las más admirables del parnaso español”. Cf. Portal “Poetas andaluces”. Véase una selección de su poesía (51 poemas): https://www.poetasandaluces.com/poemas/68/
El poema «Al pasar» es un buen ejemplo de la habilidad de Villaespesa para moverse en el difícil corsé métrico y rítmico del soneto. El poeta asiste en primera persona –«contemplo»– a un crepúsculo campesino, y el lector comprueba la sutil transición que va desde la observación del objeto literario (los dos cuartetos) a la manifestación del sentimiento poético, en un proceso de interiorización del paisaje, que da pie, sucesivamente, a la expresión exclamativa y al afán desiderativo (los dos tercetos), en una línea ascendente de sublimación de la realidad en la que la creatividad del poeta se muestra en toda su subjetividad más emotiva. Así pues, el poema tiene dos partes bien diferenciadas y que responden a la dualidad métrica de cuartetos y tercetos. En el primer cuarteto, el poeta contempla, desde la ventanilla de un tren en marcha, “un valle de olivos” (verso 2), así como la figura de un labrador en plena faena agrícola: “tras el arado, / volcando en los surcos la semilla” (versos 3-4). En el segundo cuarteto se incorpora al poema el paisaje, descrito con innegable emoción lírica. “El áureo sol… brilla” (verso 5: la intensidad luminosa del sol justifica el empleo del adjetivo “áureo” -de significación poética mayor a la del adjetivo “dorado”. Y, por otra parte, la comparación del “sol” con una “hostia” está fundamentada por su redondez; una comparación que, además, suscita innegables connotaciones espirituales. Y de las sensaciones cromáticas se pasa a las auditivas: el sonido de campanas (su ”vuelo”) se diluye (“cruza”) por el prado (verso 6) y difunde un halo de paz en ese “remando sosegado” [lugar o situación en que se disfruta de algo, en este caso, de un estado de gran apacibilidad]. Todo lo cual “prepara el verso 8: “parece que la tarde se arrodilla”; una metáfora de alta calidad literaria, en la que la caída de la tarde, entre gratas luces y sonidos, se asemeja a una genuflexión, y con la que culmina un proceso de espiritualización del ambiente. Contribuye a ello, además, el léxico seleccionado: “paz”, “remanso sosegado”, vocablos que insisten, semánticamente, en la idea de armoniosa placidez. La entrada de los tercetos implica un cambio de posición de la voz poética, al pasar de lo meramente descriptivo -por muy subjetiva e impresionista que sea la descripción- a lo desiderativo. Y de expresarlo lingüísticamente se encarga el verso 9 (un verso de sorprendente ritmo, con acentos en las sílabas 1.ª, 2.ª, 6.ª, 7.ª, 8.ª y 10.ª), con sus tintes exclamativos y el imperfecto de subjuntivo que adelanta la imposibilidad de cumplir los deseos que se van a manifestar en los versos siguientes: “¡Quién fuera labrador!... ¡Ay, quién tuviera”. Los puntos suspensivos ayudan a crear un intenso clima emocional; y, por otra parte, la interjección ay expresa, en este caso, aflicción por todo aquello que no se puede poseer: “una blanca casita en la ribera; / yuntas, viña, un huerto de manzanos;// un olivar y tierra labrantía” (versos 10-12, en los que las palabras están ubicadas de tal forma que se origina una gratísima eufonía que parece rebajar el grado de frustración de la voz poética). Y los versos 13-14 recogen el sentir último de la voz poética ante sus deseos frustrados. La finalidad de poseer una tierra labrantía se justifica así: “donde sembrar el pan de cada día / con el diario esfuerzo de mis manos”. Es decir que el “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Génesis, 3:19), lejos de ser una maldición bíblica, se convierte en un canto al esfuerzo en el trabajo diario. Y nos viene a la mente el poema de Gabriel y Galán ”Ara y canta” (de Campesinas, 1904) cuyas dos últimas estrofas parecen desentrañar los deseos últimos de Villaespesa:
Ara tranquilo, labriego,
y piensa que no tan ciego
fue tu destino contigo,
que el campo es un buen amigo
y es dulce miel su sosiego,
y es salud el puro día,
y estas bregas son vigor,
y este ambiente es armonía,
y esta luz es alegría…
¡Ara y canta, labrador!
Poema completo: https://www.poesi.as/jgg04007.htm Puedes comprar el libro en:
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